No hay trabajo o no hay trabajadores: qué le pasa a una mujer de 41 años que busca empleo en San Pedro
Estefanía Marcón tiene un currículum de diez años, maneja caja, coordinó equipos y hace casi un año que deja antecedentes sin que la llamen. Micaela tiene 21 y le piden cinco años de experiencia para el primer trabajo. En el segundo capítulo de Dilemas en la era de la IA, el ciclo de Sin Galera, hablan las que están del otro lado del mostrador.
El capítulo anterior lo contestó un empleador. Mariano Fernández, de Cematic, dijo que lo que busca en alguien que golpea la puerta no son sus títulos, y que su mejor técnico tiene cuarto grado. Este capítulo lo contestan las que golpean la puerta.
Estefanía Marcón tiene 41 años. Vivió en Capital Federal, donde trabajó como operadora de monitoreo en una empresa de seguridad, y antes tuvo un negocio gastronómico en Córdoba. Renunció a su último trabajo pensando que le iba a costar poco volver a conseguir. Se quedó en casa con su bebé. "Pasó un mes, dos meses, tres meses, y ya estamos a casi un año."
Lo primero que aparece no es la falta de experiencia. Es la edad.
"Es una limitante tener 41", dice. Y cuando Lilí Berardi le pregunta qué se busca entonces, la respuesta es textual: "Buscan chicas menores. Hay un trabajo que abrieron hace poco de 18 a 25 años".
El currículum, leído al aire
Estefanía llevó el currículum al estudio y Lilí se lo leyó en voz alta, renglón por renglón. Más de diez años en atención al público, administración y gestión operativa. Manejo de caja, arqueos y cierres diarios. Cobranza, facturación, pagos a proveedores. Coordinación de equipos.
Ahí apareció el problema que ninguna de las dos esperaba decir en voz alta. "Yo lo leo y digo: yo a esta persona no le podría pagar", soltó Lilí. Sobrecalificada.
Estefanía ya lo había pensado. "Yo voy, hablo, pero siento que si no digo lo que sé, con la edad que tengo, van a decir: esta qué va a venir a hacer, va a tomar mate."
Lo incómodo es que no es una exageración. En el tramo siguiente Lilí le tomó examen de lo que figura en el papel, y Estefanía contestó todo: qué es un arqueo de caja, cómo se cobra una deuda de seis meses, cómo se coordina un equipo de cocina y salón un sábado a la noche. También contó que en un comercio de San Pedro armó planillas para reemplazar el cuadernito donde se anotaba todo, y que a los pocos meses volvieron al cuadernito.
Cuánto es un sueldo que alcanza
Cuando se le pregunta qué considera un pago razonable en una ciudad como San Pedro, el número es concreto: entre 700 y 800 mil pesos por mes. "Más o menos lo que gana un empleado municipal."
La cuenta que hay detrás tampoco es abstracta. Tiene un hijo en el jardín a la mañana y tendría que pagar guardería a la tarde.
"Si yo gano 400 mil por mes, ¿cómo hago? Si pago alquiler, ¿cómo hago la comida?"
Los 190 mil que nunca llegaron enteros
Micaela tiene 21 años y estudia para despachante de aduana. Hace dos años y medio que cursa y eligió esa carrera, dice, porque tenía salida laboral.
Su problema es el espejo exacto del de Estefanía. "En los trabajos te dicen: no, tenés que tener tres, cuatro o cinco años de experiencia, y recién ahí te tomamos. Nadie te quiere tomar si no tenés tantos años."
La única puerta que se le abrió fue una pasantía gestionada por la oficina de empleo. El esquema, según cuenta, era de 190 mil pesos del Ministerio de Trabajo más otros 190 mil a cargo del empleador. Le habían dicho un monto y terminó cobrando la mitad. La ropa de trabajo la compró ella. Viajaba por su cuenta hasta un lugar alejado.
Y la tarea no era la que figuraba en la postulación. "Me llamaron para administración y lo que menos hice fue administración." Describe también a los compañeros, que según su relato le hacían la vida difícil para que renunciara. Duró dos meses.
Hay una frase suya que explica por qué este tipo de cosas se sostienen: "Siempre va a haber alguien más necesitado que va a aceptar esos términos".
Lo que no se dice
En éste capítulo aparecen otros dos datos que no suelen llegar a ninguna estadística.
Uno es el supermercado. Micaela trabajó de cajera y describe jornadas de nueve horas con horario partido por la siesta, por alrededor de 140 mil pesos semanales, y horas que se quedaba de más y no se pagaban ni se reconocían.
El otro es el género. Cuando cuenta que fue a dejar currículum al depósito fiscal, lo resume así: "El trabajo acá es más para hombres". En logística, dice, no la toman porque suponen que hay tareas de fuerza que una mujer no puede hacer.
Y sobre todo eso hay una capa más: el silencio. "Nadie habla por miedo", dicen las dos. Si uno habla, lo señalan.
La fila de un kilómetro
El capítulo termina con una discusión que nos toca de cerca. Cuando existían los clasificados del diario, la gente sabía dónde buscar trabajo. Hoy un comercio publica la búsqueda en sus redes o la manda a un grupo de WhatsApp, y se presentan cuatro personas. No porque no haya interesados: porque no se enteran.
La prueba es el contraste. Cuando una búsqueda se publica con alcance real, pasa lo que Lili recordó al cierre: en la convocatoria de una empresa de agua se armó una fila de un kilómetro.
Las dos siguen buscando. Estefanía dejó su currículum en el estudio.
Los tres capítulos
Dilemas en la era de la IA se puede ver completo en la lista de reproducción del canal. Está el capítulo cero, el llamado a Beto Corripio, podador, donde nació la idea y donde él sostiene que en San Pedro nunca faltó el trabajo y que es cuestión de voluntad. Está el primero, con Mariano Fernández, de Cematic, que cuenta que su mejor técnico tiene cuarto grado y que lo primero que pide es que le digan buen día. Y está este.
Puestos uno detrás del otro, los tres discuten entre sí sin haberse escuchado nunca. Esa es la idea del ciclo: que el que da trabajo y el que lo busca digan en voz alta qué necesitan, a ver si en algún punto se encuentran.
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Dilemas en la era de la IA se emite dentro de Sin Galera, los sábados, por Sin Galera TV. Cada sábado se suma un capítulo nuevo.

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