Alimentación y cultura: la historia detrás de lo que elegimos comer cada día
Nuestra manera de alimentarnos no depende solamente de las necesidades del organismo. Los alimentos que elegimos, preparamos y compartimos también están atravesados por la historia, las costumbres, la sociedad y la cultura de cada comunidad.
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Alimentarse no significa solamente ingerir nutrientes. La alimentación también es una expresión cultural: en cada alimento que elegimos, preparamos y compartimos existe una historia que, de manera consciente o inconsciente, permanece presente y se transmite de generación en generación.
A lo largo del tiempo, las distintas sociedades fueron construyendo sus propias formas de alimentarse y desarrollando alimentos característicos de cada región del mundo.
Como seres humanos, hemos vivido millones de años como cazadores-recolectores, no más de diez mil años como agricultores y apenas alrededor de 170 años produciendo alimentos de manera industrial. En otras palabras, nuestra alimentación actual está fuertemente determinada por lo que la sociedad produce y distribuye, pero también por aquello que nos ofrece, condiciona y presenta como deseable.
Lo que para nosotros, los argentinos, puede resultar apetitoso y habitual, para otras culturas puede ser extraño o incluso considerado no comestible.
Un ejemplo son los insectos. Se estima que forman parte de la alimentación de al menos 2.000 millones de personas en todo el mundo y que existen alrededor de 2.100 especies de insectos utilizadas actualmente como alimento.
Desde el punto de vista nutricional, los insectos pueden aportar proteínas, vitaminas y minerales, y en diferentes lugares del mundo incluso se desarrollan criaderos destinados al consumo humano.
Tailandia es uno de los países donde esta práctica tiene una presencia importante. Sin embargo, en Argentina comer insectos continúa siendo algo prácticamente impensado para la mayoría de la población.
Nuestro país también tiene una identidad alimentaria muy marcada. Las empanadas, el locro, los guisos y, por supuesto, el asado forman parte de nuestra tradición. A ellos se suman el mate y el alfajor, productos que trascendieron generaciones y se convirtieron en verdaderos símbolos de nuestra cultura.
Pero no todo lo que consideramos propio nació necesariamente en nuestro territorio. La inmigración también dejó una enorme huella en nuestra alimentación. La milanesa, la pizza, las pastas y la ensaimada, entre muchos otros alimentos, fueron incorporándose a nuestras costumbres hasta convertirse en parte de la cocina cotidiana argentina.
Nuestra alimentación suele estructurarse alrededor de carnes, huevos u otras fuentes de proteínas acompañadas de diferentes alimentos, como verduras y cereales. De esta manera, una comida puede combinar proteínas, grasas, hidratos de carbono, vitaminas y minerales.
La cultura, entonces, moldea nuestros gustos y preferencias alimentarias. Por eso es habitual que ciertos platos tradicionales de otros países no formen parte de nuestra alimentación cotidiana. Difícilmente un argentino promedio consuma con frecuencia feijoada, típica de Brasil; ceviche, característico de Perú; o hákarl, el tradicional tiburón fermentado de Islandia.
Al mismo tiempo, existen alimentos y productos que lograron trascender las fronteras culturales y formar parte de las costumbres de diferentes sociedades. Gaseosas, snacks, caldos, bebidas alcohólicas y harinas industrializadas son algunos ejemplos de productos que se expandieron globalmente.
Lo que una sociedad consume como alimento está influenciado por su historia, sus costumbres, las industrias alimentarias y la publicidad.
En la actualidad, incluso, la dificultad no radica en la falta de información sobre qué comer, sino en la enorme cantidad de mensajes y recomendaciones que recibimos constantemente. La sociedad actual no tiene una única norma sobre “el buen comer”: tiene demasiadas.
Por estos motivos, una alimentación adecuada no debería evaluarse únicamente desde el punto de vista calórico o nutricional, sino también teniendo en cuenta los aspectos culturales y sociales. Comer es una necesidad biológica, pero también es una práctica que nos conecta con nuestra historia, nuestras costumbres y las personas que nos rodean.
Elegir los alimentos de manera adecuada dentro de nuestra propia cultura, respetando las necesidades del organismo y buscando favorecer la salud y el rendimiento cotidiano, requiere también conocer las necesidades particulares de cada persona.
Para recibir información confiable y orientación personalizada, siempre es recomendable consultar con un licenciado en nutrición matriculado.
¿Tenés dudas sobre tu alimentación? Podés comunicarte con el licenciado en nutrición Juan Pablo Corleto al 3329 54 6318 y realizar una consulta personalizada porque cada persona es diferente y contar con el acompañamiento de un profesional es el mejor punto de partida.

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