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miércoles, diciembre 8, 2021
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Yanquetruz, el bohemio que volvió al pueblo para sus últimos días

Su nombre era Tito Sormani, hijo del pintor de los frescos del techo de la parroquia Socorro, pero el mundo lo conoció como Yanquetruz. Guitarrero y cantor, amigo de Pablo Neruda y de Nicolás Guillen, vivió en Chile y en Europa, hasta que regresó al país a mediados de los 80. El 25 de mayo, tras siete meses en el asilo de ancianos, dejó su guitarra huérfana.

 

Si como siempre que puede repite Lalo Mir, “todo pasa en San Pedro”, el fallecimiento del trovador Yanquetruz el domingo pasado puso la mira en la ciudad, al menos en los círculos que recuerdan a ese entrañable trovador que alguna vez supo representar al país en el mundo.
Tito Sormani, tal el nombre con que lo conocieron en San Pedro, llegó a esta ciudad en 1943, con siete años, desde su Arequito natal, junto a la familia que encabezaba Juan Sormani, el reconocido pintor que puso su arte en el interior de la Iglesia Socorro. El domingo pasado, tras siete meses en el asilo de ancianos, falleció.

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A caminar el universo
A los 18 años se fue a Buenos Aires a estudiar medicina. En sus dedos y su corazón quedaron las memorias de la música clásica que le llamó la atención de niño en la radio y de sus estudios de piano, que no pudo continuar en su momento porque, según contó décadas después, su padre pensaba que eran “cosas de puto”.
Llevaba consigo su admiración por Atahualpa Yupanqui y las palabras de su tío, que le dijo que si quería ser guitarrero como aquél, tenía que recorrer el país. No sólo hizo eso, también transitó Latinoamérica y el mundo.
Desde México hacia la Patagonia, se ganó la vida golpeando puertas y ofreciendo música argentina con su guitarra, “como quien vende libros o naranjas”, dijo en una de sus últimas entrevistas. Ya tenía como pseudónimo el nombre de su tatarabuelo materno, el cacique Yanquetruz –“que va lejos y rápido”, en mapuche– y vivía del canto.
En Chile conoció a Pablo Neruda y a su esposa, Matilde Urrutia, de quienes fue un gran amigo. Fue el inmenso poeta el que empezó a llamarlo “el trovador”. Gobernaba Allende y su simpatía ideológica con la izquierda hizo que se quedara allí a vivir esa experiencia.
Cuando llegó el Golpe de Estado, gracias a la intervención de la ONU pudo refugiarse en París, y desde allí recorrió Europa, siempre guitarra en mano. Destacado por diarios como Le Monde, su relación con intelectuales de la época lo llevó a tocar en Estados Unidos y Cuba. En tierras de Fidel tejió amistad con otro de los poetas fundamentales de América, Nicolás Guillén. De gira con Inti Llimani y Quilapayún, tocó en la universidad de la Sapienzia, en Roma, el día en que Jorge Luis Borges fue declarado Doctor Honoris Causa.

Siempre se vuelve
a Buenos Aires
Pasada la Dictadura argentina, a Yanquetruz se le ocurrió regresar al país. Pese a que tocaba en algunos sitios y hasta tuvo una gira por la Unión Soviética antes de la Perestroika, tuvo que dejar de lado la carrera de músico para mantenerse. Así, desarrolló el oficio de letrista de vidrieras, que decayó a mediados de los 90, con el advenimiento del ploteado.
Desde entonces, se lo podía ver en Capital, en algunos lugares estratégicos de las recorridas de extranjeros. Andaba con una carpeta que él mismo había confeccionado, donde tenía los recortes periodísticos sobre su vida y obra. Les mostraba eso a los turistas para venderles algún CD con grabaciones de sus conciertos en Europa, que es hoy por hoy lo poco que se conserva para escuchar.
En esa época vivía en un departamento que obtuvo gracias a su amistad con la histórica dirigente radical Elsa Kelly y merodeaba la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, donde lo conoció Mariano Echenique, comunicólogo especialista en Educación que encabezó el Primer Congreso Pedagógico el año pasado en San Pedro, impulsor de bizarros artistas como Willy Polvorón, autor del libro “Propuesta educativa neoliberal”, prologado por Adriana Puigrós, y de las fotos que ilustran esta nota.

Últimos días en San Pedro
En 2006, Yanquetruz enfermó. Algunos amigos lograron contactar a su hermano, Jorge Sormani, con quien hacía décadas que no se veía. El reencuentro fue difícil, porque al artista le costó reconocer a Jorge. Sin embargo, algo le recorría el cuerpo en ese momento y le daba una señal, hasta que se fundieron en el primer abrazo después de tanto tiempo.
El músico era diabético y poco propenso a cuidar su salud. Hace unos siete meses, su hermano decidió traerlo a San Pedro, al asilo de ancianos, para que tuviera mejores cuidados. Allí falleció el domingo 25 de mayo, a un mes y dos días de haber cumplido 78 años.
Yanquetruz vivió como cantaba, como tantos otros trovadores. En algunos ámbitos artísticos, académicos, bohemios y relacionados con la cultura de izquierda lo recuerdan a la perfección y lo guardan como uno de sus íconos.
Alguna vez, Carlos Blanco y el Centro Cultural Aníbal de Antón tuvieron la intención de que tocara en esta, después de todo, su ciudad. No pudo ser. Aun así, buena parte de su historia permanece en San Pedro, donde pasó sus últimos días.

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