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San Pedro
martes, septiembre 28, 2021
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Y más de cincuenta años después…

Quisiera volver, por un momento, hasta un día cualquiera de mi infancia; donde todo era posible, hasta lo ingenuo, y donde yo pude creer, sin importarme nada, que era verdad aquel mago de leyendas que ofrecía riquezas infinitas. Quisiera hallarme hoy frente a los ojos de aquel que prometía conceder lo que más de uno deseare. Yo sé que mi pedido sería este: Ayúdame a saber el por qué de tantas cosas, permíteme entender lo simple de la vida… ¿Qué no me entendería? Puede ser. Quizás tampoco el pudiera hablarme y explicarme el motivo de mi angustia. He debido decir angustia. No otra cosa. Una angustia que nace aquí, muy dentro, con el retorno del pichón al nido. Yo la sentí no hace mucho y en mi carne, en mi sangre corriendo enloquecida, desempeñándose bajo hasta los puños y quedándose como allí dormida ¿de qué valía gritar para decir lo que sentía? ¿Quién como yo podía comprenderme? Por eso me quedé como algo muerto, dejando que la vida transcurriera. No sé por qué llegué, tampoco cuando, ni siquiera decir que me rodeaba. Todo fue niebla hasta que, bajando mis ojos como tantas veces y creyendo encontrar lo mismo siempre, comprendí que no era todo igual ni era lo mismo porque estaba allí, estaba sola… Pude entonces, tranquila y desahogada, contemplar con cariño tus paredes, vi tu patio desnudo y solitario, los escalones que yo bajé corriendo en los que me senté como aturdida repasando o estudiando biografías. Las columnas que sostienen tu firmeza, no eran las mismas ni eran tales; me parecieron…colosos…;si…titanes capaces empero de engendrar tibieza… ¿Y tus ventanas? Quizás para el que mira desde afuera son sólo eso: maderas y bisagras…para mí fueron bocas descubiertas hablándome en sonrisas esperadas; y también me fueron manos amigas y leales, como esperando que yo las apretase para infundirme un poco, todavía de aquel calor que yo encontré en tus aulas. Un no se que de tenue y delicado me llegó al corazón cuando yo estaba, mirando como una alucinada, desde la puerta del salón los bancos. Estaban allí, mudos y quietos como si les faltase vida – y la tenían -; como podía apagarse con el tiempo la llama de la antorcha estudiantina! Me volvió a la realidad una voz entre el asombro y burla: -¡Eh!...¿dormías? -No. Soñaba. – Era tan lindo volver por un momento a vivir aquellas, mis horas de estudiante! La voz imprevista pudo –claro- borrar por un momento mi añoranza. Pero cuan poco fue lo que ella pudo! ¿Puede acaso el huracán que arrasa hacernos olvidar que existe brisa? Al salir fue más nítido el recuerdo, me embriagó la frescura de su sombra, vi tu escalera abriéndose en dos brazos, regazo tibio, mecedor de almas…¡cuántas veces otras las subimos despacito, despacito, de plomo las piernas y todo el cuerpo de plomo, como retardando el sermón por no tener completa la dichosa carpeta de música! ¿Qué hechizo es este? ¿Qué ilusión? ¿Qué sueño?...si hasta puedo revivir lo que antes era: la voz del profesor, pausada y grave…un manojo de nervios sin respuesta y, una tiza deshaciéndose en las manos porque…¿por qué era tan difícil señor aquel teorema? Todo esto hoy ya no es voz, es melodía. Pentagrama de cielo y de mañana. Sinfonía de sol, música de almas. Nunca creí que un lapso de años fuera corto. Hoy puedo decir que es breve, apenas tiempo; porque con este paseo en tus entrañas yo regresé feliz a aquella vida… El estudiante que hoy germina en tus salones, quizás al leerme bosqueje una sonrisa, que se le escapa indómita en los ojos luchando por no hacerse carcajada. Cuántas veces lo hice yo y no lo niego! No sabemos lo que es el amor hasta perderlo…que sed de volar y andar los mundos! Y cuando al fin lo hacemos…¡que ganas de no seguir corriendo y de quedarnos quietos para volver al seno de lo dulce que fue y no entendimos! Tarde se entienden estas cosas, tarde. Es recién cuando sin darnos cuenta, se nos estruja el corazón y, en vez de llanto, mil campanillas de la risa cantan. Que el viento lleve hoy mi voz a todas partes; desde le rincón más chico y más oscuro, hasta el bruñido espejo de un lucero. Que sepa mi alegría el mundo entero y se contagien las nubes con mi dicha. Mi gloria es doble: te tuve y te he encontrado; y por eso no pude callarme lo que siento, que puede parecer poco pero es tanto!... Si la gente celebrando fechas propias pronuncia augurios de fe con esperanzas, yo te traigo mi brindis de recuerdos haciendo tintinear copas de tiempo porque quiero ofrecerte hoy, escuela mía, cuando la lágrima y la risa escapan, sólo esto que ya no llamo angustia porque acabo de entender que es vida mía. Susana T. Camboulas Promoción Escuela Normal 1957.

 

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