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Si Cristina Fernández de Kirchner comprendió el mensaje de las urnas, sabrá también que su verdadera victoria reside en poder mejorar la transición democrática calmando la ira de tropa propia y comprendiendo a la ajena para transitar los próximos cuatro años con responsabilidad y sin venganzas.
La presidenta entenderá con sabor amargo que su más triste derrota es no tener reemplazo. En más de una década no logró hacer germinar una variedad de candidatos que no sólo defiendan “el modelo” sino que representen ese modo tan particular del peronismo de mutar de neoliberal a progresista tomando la exacta temperatura de los procesos sociales. Daniel Scioli no fue, no es y no será kirchnerista y por eso tal vez perder el ballotage del domingo sea para él una situación afortunada. Mauricio Macri lleva el sello del enemigo declarado en la particular lógica que resume el pensamiento discursivo del oficialismo y al que pragmáticamente aceptan los más rancios paladares del viejo partido justicialista.
Cuando los liderazgos fuertes como el de Cristina no terminan en esquemas autoritarios en el ejercicio del poder tienden a desmoronarse pero jamás a caer en el olvido. Sólo la distancia que da el tiempo y la historia pueden categorizarlos en la gloria o el fracaso y sin términos medios como ha sucedido en el derrotero de los argentinos que aún discuten las intenciones de Rosas o Sarmiento pero aceptan la de San Martín aunque haya sido condenado a la muerte en el exilio.
Nada será igual para las generaciones que hoy disfrutan de sus 30 años y que saborearon la distancia enorme de la dictadura y sus vejámenes para fundar una etapa que aunque relate el pasado a medida de sus deseos y no de la historia documentada, les ha servido para ir por más y mejores derechos en una de las batallas culturales más intensas que haya vivido el país desde la llegada de Raúl Alfonsín con su prédica del preámbulo de la Constitución como único armamento.
El apremio por el diálogo y la restitución de los lazos sociales es hoy la mejor definición del mensaje de las elecciones de octubre y el ballotage no será más que la consagración de ese deseo reprimido de una gran porción del pueblo que no advirtió en 2008 que venía un largo tiempo de hostigamiento para quienes quedaron huérfanos y desamparados por no haber sido integrados como partícipes de una recuperación sin precedentes de la que también fueron protagonistas.
Con Daniel Scioli o Mauricio Macri en el poder se avecina un tiempo en el que el prejuicio sobre el pensamiento ajeno debería desvanecerse a manos de un modo más racional de entender la convivencia entre compatriotas.
La cruda realidad es que no hay sucesor para Cristina y que será difícil saber si aún ganando Scioli considerará el resultado como una victoria.
Ahora, la victoria es saber que Argentina puede apropiarse de los valores del respeto y la tolerancia.
