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    Vacunas contra la desmemoria

    15 de noviembre de 2017 | 10:24
    Vacunas contra la desmemoria

    O es un caso de amnesia colectiva o el punto de inflexión en el que el poder comienza a naturalizar su posible eternidad. Varios temas que aguardaban en el Concejo Deliberante para su tratamiento encontraron en el recoveco de la desmemoria su justificación. Sin pedido de disculpas, anestesia o vergüenza, las manos alzadas de oficialismo y oposición convalidaron el perdón de deudas para la empresa de médicos que fundió y luego vendió la Clínica San Martín a la cooperativa eléctrica. La cifra es menor, absolutamente menor frente a la señal y al antecedente que decide sentar el gobierno con complicidad de propios y ajenos en una situación que se pretende amparar en “la protección de 54 puestos de trabajo”.

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    Efectivamente se trata de 54 personas especializadas en atención o administración de salud a las que no les fueron abonados sus sueldos ni sus cargas sociales y a las que los socios dueños de la Coopser han ahora contratado en relación de dependencia, además de destinar 14 millones de pesos que serán más de 20 a fin de año para el pago del inmueble y el remiendo de las instalaciones del sanatorio.

    Beneficios para los verdaderos dueños asociados, por ahora, no hay. Al contrario, quien no tenga obra social no puede acudir ni a la guardia sin pagar y los pacientes de Pami siguen con su atención en el Hospital porque aún “no hay convenio”. Así, socios o ciudadanos, contribuyentes o titulares de medidor sustentan a la salud pública para que asista a la privada y en especial a controvertidos empresarios de la salud que no han sufrido pérdidas ni quiebras personales como las que tuvieron que soportar sus empleados y pacientes. Algunos incluso, han sido funcionarios o perciben haberes pagos por el Municipio.

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    La condonación de la deuda iba a aprobarse antes de las elecciones. Muchas críticas y un resquicio de campaña para que los conchabados oportunistas esgrimieran su indignación por la actitud del oficialismo. Salvo el concejal Tirelli, que mantuvo su postura y no vaciló en exponerla como el último mohicano, el resto olvidó todo, levantó la mano y adujo buenos sentimientos con la plata ajena.

    Como siempre. Era de esperar que, con cuatro años de beca a 70.000 pesos de costo por edil, con tanta pasión por el hacer; con ese compromiso ineludible que tienen con los ciudadanos, con esa sabiduría que exponen cada vez que abren la boca y con la posibilidad de fijarse sus propias remuneraciones a las que se agrega una honestidad intelectual que apabulla, tocaran sus propios bolsillos para sacar la billetera y colaborar con 10.000 pesos cada uno para saldar las deudas que dejaron los médicos y no achacarlas al pueblo que está harto de sostener la fiesta.

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    La cifra de $ 200.000 es tan insignificante que incluso alcanza con poco  más de un sueldo de un empleado jerárquico con título universitario en la Coopser para cancelar. Pero no es eso lo grave. Lo grave está en el mensaje, en el ejercicio cruel  del poder que le dice a la ciudanía: “Ahora que me firmaste el cheque en blanco o estás distraído, hago lo que quiero”.

    Tener el poder y creer que es para siempre es, ha sido siempre, un error que se paga caro. La borrachera pasa o termina en coma alcohólico. Lo saben todos los que lo han ejercido y, de ellos, unos pocos se han retirado a tiempo.

    Los hombres y las mujeres que pagan su factura de luz o las tasas municipales han expresado su indignación de manera pública y privada. La respuesta ha sido el silencio porque la campaña ya pasó y en la entidad cooperativa ya no participa nadie. Tal vez la próxima pulseada política tenga un escenario privilegiado en el Consejo de Administración, si es que la gestión de Cecilio Salazar logra avanzar en el control de la empresa de servicios públicos de mayor facturación de la ciudad. Hay gente en su gabinete que parece desearlo y que posterga ese delicioso postre aun a costa de prestigio o conveniencia.

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    Tiran y aflojan, tensan y ceden. Así es el equilibrio entre cajas y las cuentas pendientes que el poder concedente y el concesionario de la prestación del servicio mantiene al compás del vals que se baila con el dinero de la ciudadanía, que en todo caso debe agradecer la eficiencia y el buen servicio.

    Aquellos que no pueden pagar su factura de electricidad saben que el corte del suministro llega inexorablemente cuando se acerca la camioneta con el logo de los pinitos a sus medidores. Entienden que nadie gana enemigos en los lugares donde los más desposeídos se enganchan gratis, aun a riesgo de quedar electrocutados. Comprenden que nadie reprochará nada, porque todos son cautivos de una prestación imprescindible: la luz. Concluyen con un razonamiento tan frecuente como la injusticia: llueve o truene pagan los mismos.

    Vaya a saber cuántos centenares de empresas que ofrecían trabajo genuino han sido liquidadas sin “solidaridad” ni para sus dueños ni para sus empleados. A cuántas de ellas las han ayudado a fundirse los vaivenes de una política económica que los encontró en los 80 con el austral, en los 90 con el uno a uno, en el 2000 con la pesificación y el CER, en la primera década del siglo XXI con el dólar a ocho pesos y en la proximidad del segundo fin de década con billetes de 20 pesos con figuras de guanaco. Una suerte de escupitajo para quien ha visto pasar frente a sus narices los cadáveres de una clase política que creyó siempre que se quedaba para siempre. Pues bien, en algún momento se tuvieron que ir y para ello contaban con la anuencia de una sociedad que idolatra y olvida con una facilidad pasmosa.

    Llega el verano, la colonia, las vacaciones, el recreo y el ajuste para todos y todas. Al sol o a la sombra, según indique el péndulo de la suerte dirigencial, otorga tres meses de tregua después de las fiestas para que no se note que ya nos gastamos más de lo que se robaba y ahora se ve que vamos a pagar sin chistar ni un poquito porque, si duele, siempre hay que hacerlo sonriendo.

    Conclusión: hubo premio para los vivos que no pagaron y por derecha, por izquierda, por atrás, por adelante, por destino o por azar, hemos puesto la plata y sentado el precedente del perdón mientras se azota bien al esclavo con el silencio, porque después de todo la máxima maquiavélica da resultados: es preferible ser temido que odiado y de eso saben en la Coopser, pero mucha más en la Municipalidad, sobre todos los que necesitan vivir del Estado y los favores políticos al amparo del ilimitado caudal de poder que casi transmite por ósmosis el intendente para que lo dilapiden sus amanuenses.

    Quien además lea este ejemplar entenderá que no sólo han sido olvidadizos y generosos con la sociedad de médicos que malogró la epopeya que protagonizaron en 1974 los fundadores del sanatorio.

    También pasaron por alto una situación bochornosa cuando levantaron la mano para aprobar sin objeciones la urbanización de un barrio que se levanta sobre el terreno de un jefe de familia fallecido tras el hostigamiento del que fue objeto por parte de los usurpadores. Nadie recordó que su descendencia tiene derecho al menos a una vivienda que vaya en consonancia con las necesidades que otros –tan despojados como ellos– necesitan. Juan Carlos Oilher era propietario de las manzanas que hoy ocupan los vecinos de El Argentino. Fue víctima hasta de un incendio antes de fallecer producto de los dramas que le acarreó el trámite para demostrar que habitaba desde los tres años su propia vivienda y trabajaba en su vivero. En el Concejo Deliberante se hicieron los distraídos dos exintendentes, una diputada, un exsecretario de Desarrollo Humano, dos hombres que han sido ediles al menos durante dos mandatos. Otros más jóvenes dicen ahora que “no sabían” porque no se han molestado en escribir en el buscador de Google el frondoso archivo que contiene incluso una denuncia contra los que fueron considerados como instigadores de la toma de esos predios.

    Llega el 10 de diciembre, se van, cobran el aguinaldo, las vacaciones y si no han renovado mandato buscan los certificados para la jubilación que les garantiza el estado de amnesia ocasional, el lapsus que les impide mirar su propio pasado cuando en nombre de la ética, la república y las convicciones ofrecían lecciones de vida.
    Una tarea para los médicos a los que les han perdonado la deuda podría pasar por la colaboración en alguna actividad que beneficie a la población. Una especie de probation que tranquilamente puede tener por objeto un plan de vacunación contra el olvido de los advenedizos.

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