Una tarde de verano en arroyo Burgos
A pocos minutos de Pueblo Doyle, antes de llegar al viejo almacén de Beladrich, el arroyo Burgos es elegido por lugareños y turistas para pasar la tarde, bañarse y tomar contacto con la naturaleza. Los domingos suele haber gran cantidad de personas en el lugar.
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El domingo a la tarde el calor de enero obliga a buscar un espacio para compartir con familiares y amigos pero cerca del agua y la naturaleza. En la zona rural, más allá de la Ruta Nacional N° 9 por la provincial 191, está el arroyo de olvidado nombre inglés que todos denominan “Burgos”, destino veraniego ideal para turistas y vecinos.
A las cinco de la tarde del último día del fin de semana pasado unas cincuenta personas estaban disfrutando del sol en la zona del puente donde se encuentra la “cascada”, un pequeño salto de agua donde chicos y grandes aprovechan para bañarse. A ambos lados del camino, el arroyo es centro de la diversión. Más allá, bajo un árbol, otros eligen la sombra para compartir un mate. Tal vez la falta de lugar de acceso libre en San Pedro invite a buscar nuevos destinos.
“Es un lugar tranquilo, gratis y cerca”, dijo una vecina que miraba a sus hijos desde el borde del curso de agua, donde había arribado en moto por los caminos que fueron escenario del Rally Dakar 2011 y a través de los cuales se llega a la estancia El Algarrobo, famosa por el caso de trabajo esclavo que involucró a la multinacional Nidera.Al costado del puente podían verse los restos de un tronco quemado que habrá sido combustible de algún fogón sobre el que tal vez un asado fue la excusa para compartir. “A veces venimos a acampar”, señaló un pescador que, un poco alejado, aseguró que sábalos y bogas suelen ser preciados trofeos con los que regresar a casa.
El arroyo Burgos cruza los campos de la zona con la pequeña estela marrón que su caudal conforma para descansar la vista de tanto verde. Más pequeña aún se ve en la actualidad, producto de la sequía que afecta la zona y dibuja muecas de preocupación entre los habitantes. Tras los alambrados que bordean el agua, las vacas que pastan completan el paisaje de este epicentro del turismo rural sampedrino.
Cuando el sol comienza a bajar, la tarde de domingo termina necesariamente en el almacén Beladrich, emblema de la región que ofrece sombra y bebidas frescas para el alto obligado antes del regreso a casa. Adentro, una mesa de pool y otra de ping pong convidan divertimento. Un poco más allá, el viejo puente de hierro inglés donde los pescadores desafían al río Arrecifes se transforma en un espacio ideal para ver la llegada del atardecer. Punto donde confluyen los cuatro distritos de la región –San Pedro, Baradero, Arrecifes y Capitán Sarmiento–, encontrarse o reencontrarse con él no deja de ser una experiencia en sí misma.
Cuando el visitante vuelve, la estela de tierra que deja es parte del saludo hacia los lugareños que, de lejos, miran y se quedan en lo que para quien llega de afuera es un verdadero paraíso de naturaleza. Para ellos es el paisaje cotidiano, aunque no dejan de mostrar cierto orgullo ante el elogio.
