Una significativa elección
Me toca cumplir 25 años cuatro días después de que “mi pueblo” festeje sus primeros 100 como ciudad. Por alguna razón, nuestra cultura valora la remembranza de la fecha en la que uno ha nacido, y esa valoración especial que le damos a ese suceso, opera como un episodio distintivo. Según nuestro estado anímico, un aniversario puede generar diversas emociones. Imagino quizás a una niña festejando sus 15, rodeada por amigos y amigas y despreocupada absolutamente por el pasado y por el futuro dedicada exclusivamente a satisfacer su sed de festejos ante el acontecimiento, cultural por sobre todo, de celebrar el paso de 5475 días desde que abandonó la placenta. O un recluso en una penitenciaria, sin nada que festejar, pensando en que otro año se le fue, irremediablemente, allí adentro. O quizás el momento en que un hombre se levanta por la mañana sabiendo que cuando ponga un pié fuera de la cama habrá cumplido medio siglo de vida. La obsesión humana por contar el tiempo hace de todos estos episodios un momento de reflexión, cavilación y balance. Y considerando que en estas horas “mi pueblo” y mi existencia celebran aniversarios de vida, 100 años por un lado, 25 por el otro, intentaré en estas líneas reflexionar al respecto, pensando en el camino recorrido para llegar hasta acá, en las características que definen este presente, y en los desafíos del futuro. Los míos y los de mi pueblo. Cuando me fui, la impresión era que nada bueno podía pasar en pueblos como el nuestro. En un contexto de crisis económica, los padres se sentían aliviados de que sus hijos probaran suerte en Rosario o Buenos Aires, en vez de, como tantos otros, en España o Italia. Debo decir que la crisis del 2001 se llevó a varios amigos. Gente talentosa que se cansó de esperar la oportunidad y se fue a buscarla en otra parte. Y llegó el 19 y 20 de Diciembre: De la Rúa huía de Buenos Aires en un helicóptero, y yo hacia lo propio en un taxi que me sacaba de el ojo de la tormenta, luego de haber quedado, sin querer, en medio de un enfrentamiento entre la izquierda unida y la infantería, que me sacó toda la curiosidad por enterarme como terminaba todo. Con el cadáver de un manifestante tirado en la esquina del lugar donde vivía, sentí una necesidad brutal y una terrible ansiedad por volver… a mi pueblo. Me enteré, ya sobre el micro que recorría la autopista Buenos Aires – Rosario que el presidente había renunciado. Mi ocasional compañero de viaje, se entretuvo enseñándome heridas de bala de goma que yo no tenia ganas de ver. Ya en San Pedro la cosa también era tensa, pero pudo ser conducida de otra manera, y por sobre todo, sin violencia. Me enteré de que algunos vecinos se habían agrupado en las puertas del supermercado de un comerciante local, pero que después de haber conversado con este, y a partir de un aporte solidario de mercadería que hizo, se pudo evitar el fantasma del saqueo, que estaba azotando al país, y que inundaba las pantallas de nuestros televisores. Recuerdo esa Navidad, escuchar hablar al fugaz presidente Rodríguez Saa sobre la nueva moneda que pensaba sumar a todas las “cuasi monedas” que ya teníamos: “El Argentino”. Yo, que en mi billetera tenía solamente LECOPS y PATACONES, creí que nos estaba haciendo una broma. En definitiva, Salí de Buenos Aires con De la Rúa como Presidente. Pasé la Navidad con Rodríguez Saa, y me volví a los pocos días bajo la presidencia de Eduardo Duhalde. Con el tiempo, los papeles parecían ir cambiando. El precio de la soja subía, la producción superaba los records, y esto se empezaba a notar en el campo. La imagen de esa época me recuerda a un enfermo de asma, en el momento en que se abalanza sobre su inhalador, y aspira las moléculas del medicamento que le devolverá el oxígeno. Eso pareció pasar con las ciudades urbano rurales del interior bonaerense luego de los primeros meses post devaluación. Ya en ese entonces, me enteraba de algunos amigos y conocidos que abandonaban sus departamentos en capital donde el costo de vida aumentó mucho antes que en el interior, para volver a Pergamino, San Nicolás, Olavarría y por supuesto, San Pedro. El sentimiento que nos rondaba, a mí y a mucha gente de mi edad en ese entonces, era que la migración empezaba a darse en sentido inverso. El país ya era K, con todo el viento de opinión pública a favor del patagónico, cuando por motivos laborales empecé a recorrer prácticamente todos los municipios del norte de la provincia de Buenos Aires. Las diferencias en la calidad de vida de aquellos que allí vivían, en perspectiva con las mías y con la de mis compañeros de trabajo que volvíamos siempre a la jungla de cemento, empezaba a hacer mella en mis inquietudes sobre el fututo. Pero fue un hecho fundamental de mi vida, el que me hizo volver definitivamente al pueblo. Cuando me enteré que mi hijo estaba en camino, tuve que reflexionar acerca del lugar en que yo quería que el crezca. El contexto iba a darle su identidad, y era mi responsabilidad, junto con la de la madre, el definir ese contexto. ¿Cemento y smog, con mayores oportunidades laborales y académicas? ¿O espacios verdes y aire puro, y quizás alguna dificultad para inserción laboral y académica? Y volví. Y me gustaría poder explicarle a mi hijo de 2 años, porque fue que elegí para él, este lugar. Y tal vez, con suerte, poder hacer un balance en contexto. Mi balance como ciudadano, en el contexto de la ciudad que me contiene. Para valorarla, y para que si me toca llegar a los 75 años, pueda tener un ayuda memoria de cómo pensaba este ciudadano 50 años antes sobre su ciudad. La distancia otorga perspectiva. Y la perspectiva nos ayuda a valorar lo que tenemos, y a comprender lo que nos falta. Me fui de San Pedro furioso con el pueblo, y volví enamorado de él. Hay pequeños detalles de la vida diaria que hacen a la calidad de vida, y que debemos de valorar. Yo por mi parte amo pequeñas cosas como poder llegar a una casa sin avisar, y no tener que abrir la agenda para visitar a un amigo. Y cuando lo visito, adoro no tener que quedarme toda la tarde para justificar que me llevó una hora llegar, y que va a llevarme una hora volver a mi casa. En San Pedro vivo más y viajo menos. Y ya no debo dormir en los colectivos. Además, me levanto 5 minutos antes de entrar a trabajar, vuelvo a mi casa para almorzar y si quiero… ¡Puedo dormir la siesta! En mi ciudad, nadie dice la frase “Hoy tengo que ir al centro a hacer unos tramites”. Tampoco nadie planifica para ir a la plaza. En San Pedro puedo tener perro, sin temor a que se me deprima por el encierro. Y además… ¡¿¡¿En que casa falta una pelopincho?!?! Y por último, pero no menos importante, en mi pueblo, aprendí a ser “independiente” desde los 8 años. Acá, con una bicicleta y un par de amigos, se puede conocer la libertad. Martín. 25 años. Sampedrino.

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