Una red de encubrimientos, silencios y complicidades
Durante décadas, diversas voces elevaron sospechas y denuncias contra el profesor acusado de abuso. Algunas, bien concretas, se diluyeron en la burocracia judicial. Otras, que daban cuentas de que algo no estaba bien, contaron con la inacción administrativa. En muchos casos, el ahora detenido supo tejer una red de vínculos que le permitió sortear cada una de las oportunidades en las que estuvo a punto de caer. Hasta ahora.
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Un pariente cercano del docente acusado de abusar sexualmente de su hija contó públicamente que su propia madre lo habría echado de su casa por presunto ataque sexual contra su hermana. Desde esos tiempos de juventud, las sospechas de una perversión sin límites se acumularon sin que haya una tarea profunda para atribuir o deslindar responsabilidades.
Desde que lo echaron de un supermercado por meter la mano en la caja hasta que cayó detenido el sábado, siempre había logrado zafar de las acusaciones y dudas que se cernieron sobre él en muchas, demasiadas oportunidades.
En cada una de ellas, no habría podido superar el trance si no fuera por las complicidades, encubrimientos, silencios y las burocracias que impiden que la protección contra los más vulnerables a los bajos instintos de este tipo de sujetos pueda ejercerse.
Esa red que lo protegió llevó sus influencias hasta el mismo día en que fue detenido: amigos suyos, padres de familia y acostumbrados a compartir momentos con niños y adolescentes, se encargaron de presionar a la víctima para advertirle que no siguiera adelante con el testimonio que se animó a ofrecer luego de un año de padecimientos.
Desde hace más de una década La Opinión comenzó a recibir denuncias sobre las situaciones que involucraban a este docente, hoy Inspector de Educación titular, un cargo al que se accede merced a la buena formación y a la construcción de vínculos y al que llegó como el más joven en toda la provincia en lograrlo.
La primera que lo hizo fue una mujer de su círculo íntimo, que aseguraba que el docente había abusado de al menos dos nenas. Recorrió cuantas veces se lo propuso los pasillos de la Comisaría y la Fiscalía descentralizada pero jamás tuvo una respuesta convincente de la Justicia.
Unos años después, este hombre fue protagonista de un verdadero escándalo en el sistema educativo, cuya lógica corporativa permitió que atravesara un sumario de gravedad sin que llegara a sanción.
Miembro directivo de una de las instituciones que forman parte de la unidad académica de la Escuela Normal, el docente era separado del cargo de vicedirector y sumariado por una conducta que presagiaba lo que hoy lo tiene preso en una comisaría de Ramallo.
Dos alumnas que estaban en la Biblioteca del primer piso del Normal fueron sorprendidas por el profesor, quien se sentó en la mesa donde las chicas estudiaban, levantó la mano de una de ellas y colocó debajo un papel. Allí estaba escrito su número de teléfono.
No eran tiempos de redes sociales ni de smartphones. El mensaje de texto dominaba las comunicaciones inmediatas.
El caso desató la preocupación de los padres, lo que permitió la separación preventiva del cargo. Sin embargo, las actuaciones administrativas no avanzaron y no hubo sanción alguna.
Como en el caso de otro tristemente famoso acosador de adolescentes publicado también en La Opinión, cuya causa quedó sin efecto por la inacción de la Dirección General de Cultura y Educación, el sumario se diluyó.
Pero no sólo: el acusado siguió su carrera meteórica en el sistema. Daba clases antes de recibirse en Baradero, donde iba salteado, como a las propias aulas. Alguna vez logró zafar de que lo sumariaran por fraguar carpetas médicas gracias a la “sensibilidad” de una Directora, frente a la que lloró desconsolado para que lo perdonara. Esa vez, como tantas, le echó la culpa a su pareja, a la que siempre dominó a través de la violencia psicológica, verbal y física.
Muchos en el sistema educativo tenían la sensación de que alguien lo amparaba. Fue profesor mimado, directivo y alcanzó el grado de Inspector. Incluso había seducido a políticos para que lo tuvieran en cuenta para el máximo cargo posible en Educación dentro de un distrito.
De la misma manera, siempre supo estar relacionado con los sindicatos, que en tiempos de resistencia incubaron en su seno personajes que supieron aprovecharse de ese poder en beneficio propio.
Primero estuvo en Suteba, donde fue un colaborador sin ambages de gestiones que pasaron con turbulencias por el “ala progresista” de la docencia bonaerense. Cuando la buena estrella de ese grupo se apagó, fue el impulsor junto a su amigo ahora también detenido por encubrimiento del desembarco local de Udocba, el minoritario sindicato de educadores que conduce Miguel Díaz y responde a la CGT de Hugo Moyano, al que usó como pantalla sin lograr demasiado en materia de representación, con excepción del último año, merced a la tarea de otros afiliados que se pusieron al frente de la protesta por la falta de pago de los profesores de secundaria que tomaban módulos nuevos.
Con diminutivo sobre su nombre, hombres y mujeres por igual lo adulaban. También le temían. Su tarea principal la desarrollaba en Ramallo, pero no le gustaba. Odiaba no ser profeta en su tierra, donde no le alcanzaban los vínculos para ascender. Algunos que supieron protegerlo preferían su condición de subordinado. Otros que intentaron amedrentarlo lo sufrieron. Era famosa su ascendencia entre las mujeres de la educación, ámbito en el que hizo gala de su poder de seducción, ese que tanto se le atribuye a los abusadores.
Aunque parezca mentira, para la Justicia no posee antecedentes. En los últimos años había sido denunciado en varias oportunidades por su esposa por violencia de género e intrafamiliar. En 2012, ella se fugó del hogar y fue hallada en otra provincia luego de una intensa búsqueda.
En la Justicia también obra una denuncia de su mujer por actos de manipulación y violencia extrema. Pero como no instó acción penal, es decir que prefirió que no haya una investigación al respecto para que el Poder Judicial actúe, a nadie se le ocurrió pensar que en ese hogar había, además de la esposa violentada, cuatro niñas.
Nadie dio aviso a ningún organismo no judicial para que intervenga. En la escuela donde concurre la mayor de las cuatro hermanas, el gabinete tenía un expediente familiar. Como se trataba de un reconocido miembro de la comunidad educativa, la profundidad de la tarea no fue al menos la adecuada.
Así, nadie tuvo en cuenta los precedentes y las sospechas, la violencia denunciada y comprobada, las dudas sobre su comportamiento con las estudiantes. Hasta ahora, cuando una chica de 13 años se anima a contar que su padre abusó de ella durante un año.
“Tía, mi papá abusó de mí; no doy más”, fue la frase con que la adolescente alertó a su tía, luego de que a las 6.00 de la mañana, una vez más, se repitiera el calvario.
Pese al cúmulo de señales y advertencias, sucedió “otra vez” y sin protección para las niñas que lo padecieron como padre.
