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    Una noche con Defensa Civil, en medio del temporal

    La joven periodista de La Opinión pasó la noche junto al comité encargado de la tarea frente al temporal. Compartió con Bomberos, funcionarios, militantes y otros voluntarios la tarea de asistencia, planificación y abordaje territorial de la problemática. Estas son sus impresiones.

    12 de febrero de 2014 | 10:02
    Una noche con  Defensa Civil, en medio del temporal

    Por Ana Monteverde
    Empezó a llover y llegué al cuartel de Bomberos con la seguridad de que la situación se iba a complicar durante la noche. Me llamó la atención la “tranquilidad” que transmitían todos los integrantes del Comité de Defensa Civil que, por momentos, se transformaba en una sala de un viaje de egresados, donde ir a fumar un cigarrillo a la puerta parecía ser la única diversión.
    Después del primer chaparrón realicé la primera recorrida por los barrios. Al instante se anegaron las calles de Los Aromos, Los Aromitos y Barrio Estrada. Ahí terminé de convencerme de que el miércoles por la noche iba a estar durante toda la madrugada acompañando al Comité y a Bomberos. No sólo para estar cerca de la noticia, sino porque además sentía un compromiso social por lo que está pasando en San Pedro. Me preocupa y me da mucha tristeza ver cómo la barranca se desmorona, corta calles y arriba una familia duerme, sabiendo que le quedan pocas horas para salir de sus viviendas y salvar lo que puedan.
    Me fui y a la hora volví con una pizca de egoísmo. Quería que llueva para poder ir a un operativo de evacuación. A la media noche, en una ambulancia, recorrí la zona de las llamadas 291 viviendas donde la situación había estado complicada durante toda la jornada. En ese momento comencé a tomar dimensión de lo que estaba pasando en la ciudad. Fue la primera vez, desde que comenzó el temporal, que pude ver el agua en la puerta de las viviendas con vecinos parados en las esquinas viendo de qué manera controlar la subida del agua, algo imposible de hacer a esa hora de la noche. Los que caminaban por el barrio lo hacían con capas amarillas, botas negras y un palo en la mano con el que creían iban a poder destapar las alcantarillas.
    Cada vez que sonó el teléfono, el cuartel se puso en silencio; sabíamos que algo malo sucedía. Casi dormida, con frío y cansada, acompañé a un grupo de personas al Bajo Puerto a buscar a una mamá y “sus tres hijos” que vivían sobre la barranca.
    Salimos y agarré la cámara. Volví y la dejé, sabía que iba a ser imposible luchar con el flash, la luz y los afectados, que en muchas oportunidades tienen “vergüenza” de pasar por una evacuación; pero también sabía que si volvía sin la foto no iba a cumplir con mi trabajo, así que lo cambié por el celular; me aseguré de que tenga batería para, por lo menos, grabar un audio del momento en que rescataban a esa familia.
    Llegamos al lugar y lo primero que pregunte fue: “¿Cuánto tardan en sacarlo?”. “Debería ser rápido”, me contestaron, y bajé de la camioneta a esperar que los saquen. En dos minutos me empapé, quise seguirle el ritmo al concejal Martín Baraybar, que se metió en el barro y casi me caigo. Volví hacia atrás y me quedé esperando que bajen. La casa estaba 20 metros arriba, sobre la barranca.
    Los primeros en llegar fueron dos nenes de ocho y seis años, que traían un pequeño bolso negro con las pocas pertenencias que lograron guardar. Los subí a la camioneta y mientras los acomodaba sólo pensaba en cuánto tiempo tuvieron que pasar dentro de la humilde vivienda, temiendo que la lluvia la derrumbe. Me partió el alma. Cerré la puerta y salí otra vez, bajo la intensa lluvia, a esperar a lo que sería el tercer y último niño.
    Mientras esperaba, miraba el edificio del puerto, al que no lograba divisar por la intensidad de la lluvia. Estaba sola, parada en esa calle, y tenía muchísimo miedo. Conté hasta mil, me hice la que nada me importaba e intenté, una vez más caminar por el barro: imposible; me enterré hasta las rodillas. Me pregunté por qué carajo no me puse botas de lluvias y una vez más intenté caminar por “tierra firme”.
    En la oscuridad volví a ver a Martín Baraybar, ya en patas. Para sorpresa mía, llegaba con un bebé de un año y medio. “Ana vení, ponete por favor en un lugar firme, abrazala, destapale la carita y llevala adentro de la camioneta”, me dijo el concejal. Me pregunté cómo podía ser que esté temblando de frio si esta bebé ni lloró desde que comenzaron a bajarla… La lleve a la camioneta. Sus hermanos me pidieron que la deje con ellos pero preferí que sea la representante de Cruz Roja quien la cargue hasta que rescaten a la mamá.
    Cuando volví a esperar a los hombres que se habían animado a subir la barranca, otra vez Martín Baraybar venía con un bebé. Diez metros antes de llegar hasta donde yo estaba esperándolos comencé a escuchar el llanto de la beba de dos meses. La agarré, la abracé y sentí por primera vez que tenía el compromiso de proteger a alguien. Fueron cinco metros los que tuve a recorrer para llevarla a la camioneta y fueron, creo, los más largos de mi vida. Pensé cómo habría hecho la madre para no desesperar, sentada en su vivienda con los cuatro nenes rogando que deje de llover; pensé como habría hecho para tranquilizar a los dos nenes más grandes, que colaboraron en todo momento para proteger a sus hermanitas, que llegaron dormidas al Instituto Sarmiento, donde pasaron la noche calentitos.
    Los dejamos y volví a subirme en la chata de una camioneta en la que volví al Cuartel. Ahí me maldije por pedir que llueva para poder ir a una evacuación. Me sentí lo peor por haber pensado sólo en mí y empecé a pensar en los bomberos, que todos los días deben pensar en el otro. Entonces, en lugar de ir al Casino fui directamente al lugar donde se reciben las llamadas.
    Me senté y me puse a hablar con la cuartelera, que me contó una y mil historias que han tenido que pasar ahí adentro. Me contó cómo sufre cuando ve que su hijo sale “sin pensar” cuando escucha la sirena: “Me emociona saber que eligió mi profesión, pero me da miedo”, me dijo una y otra vez. Fue el mismo día que siete bomberos murieron en Barracas; y me lo dijo con lágrimas en los ojos. Sabe que tiene miedo pero también sabe lo que ella, su marido y su hijo aman estar al servicio de la comunidad.
    Se hicieron las 7.00 de la mañana y tenía que volver a trabajar. Tenía que volver a hacer lo que más me gusta. Tenía que volver al aire para contar todo lo que había vivido. Pensé una y otra vez de qué manera iba a decirlo, qué palabras iba a usar. Repasé todo lo que sucedió durante la madrugada para no perder detalle, para que el oyente lo reviva tal como lo viví yo.
    Volví feliz. Sabiendo que había hecho bien mi trabajo. Que había logrado colaborar en las evacuaciones y que la noticia siempre había estado donde tenía que estar.

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