Creta: ¿Fantasía o realidad?
Creta. La conocí a ella y a su hijo.
Era una mujer de lucha y amor, de dulzura y bravura, de fiereza y ternura.
Se enfrentó a toda su familia. Gente con caras malvadas y burlonas.
¿Dónde está mi hijo?, gritaba, y la risa cruel de las mujeres se reían y los hombres nada contestaban.
Pude verla, golpeando, con sus manos, con sus piernas exigiendo una respuesta. Pero seguía el silencio de los hombres y la risa cruel de las mujeres.
Un hombre intentó aferrarla y ella se defendió con uñas y dientes. Se dieron cuenta que su cerebro ya no funcionaba como debía. Nunca más nadie volvió a enfrentarla.
Era tal la determinación de Creta de encontrar a su hijo que no iba a parar. O lo encontraba o moría.
Como quien no quiere, tomó la mano de un muchacho y se fueron juntos. Todo el mundo los seguía, sabiendo adónde iban, menos él, que inocentemente no sabía lo que ella se proponía.
Más tarde se enteró. Yo fui la guardiana de su intimidad. Esta era la forma que había encontrado para calmar sus nervios y su ansia de matar. Quería de vuelta a su hijo. Si no lo encontraba estaba dispuesta a morir pero no a matar.
Estaba cansada, muy cansada; y un día mi hermana y yo la encontramos muerta.
A punto de abrir un ataúd, escuchamos ruidos de huesos. Quedamos heladas: había un cuerpo pequeño en un ataúd grande.
Buscamos otro cajón para Creta. Antes de colocarla adentro encendió una luz que marcaba los ojos, la boca y la forma de la cara de Creta. Cuando la colocamos, parecía agradecernos. Luego uno por uno pusimos los huesos del niño al lado de Creta.
No pregunten cómo, pero sabíamos que ese pequeño era su hijo. No lo encontró en vida, pero ahora estaban juntos para toda la eternidad.
Otilia Rodríguez
LC 4209044
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