Un libro de electores para el San Pedro del siglo XIX
El Grupo Conservacionista de Fósiles recuperó un registro de empadronamiento de electores de jueces de paz. Aparecen allí 712 personas, distribuidas entre el campo y la ciudad. Apellidos reconocibles, profesiones, edades, entre otros datos, forman parte del hallazgo. Apenas el 18 por ciento estaba alfabetizado.
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La familia Del Pardo hizo llegar a Fernando Chiodini y al Grupo Conservacionista de Fósiles un importante documento para la historia y el patrimonio cultural de nuestra ciudad. Se trata de un registro de empadronamiento de electores de Jueces de Paz y suplentes de la campaña, que data de 1878.
Con letra clara y prolija, las amarillentas hojas del libro atesoran datos que permiten reconocer cómo estaba conformado el San Pedro de entonces. Los datos que aparecen allí tienen que ver con apellidos que perduran hasta nuestros días, como parte de aquellos que forjaron nuestro presente.
Son los que estaban habilitados para elegir las autoridades de la época, que se reducían a los jueces de paz y sus suplentes. Eran 712 electores. De ellos, 291 vivían en la ciudad y 421 en el campo o “la campaña”. De los primeros, 108 estaban señalados como “forasteros”; de los segundos, 234.
Es decir que del total, 342 –casi la mitad– no eran sampedrinos. La condición de jornaleros o puesteros de la mayoría de ellos tal vez lo explique. De la misma manera hay que pensar que la época era propicia para la movilidad territorial hacia lugares donde el desarrollo poblacional comenzaba a crecer.
Divididos en columnas, los folios destacan nombre, edad, lugar de nacimiento, estado civil, profesión u oficio, si era ciudadano legalizado o naturalizado, domicilio, si vivía en el campo consignaba nombre del propietario del terreno que habitaba, y señalaba si sabía leer y escribir.
De los 712 electores registrados, apenas el 18,4 por ciento sabía leer y escribir de manera correcta. Esos 131 alfabetizados estaban distribuidos 85 en la ciudad y 46 en la zona rural. Porcentaje exiguo que tal vez se explique al repasar los oficios que primaban.
Como se dijo, la mayoría eran jornaleros. También había abastecedores, barberos, boticarios, troperos, marinos, carreros, preceptores, carpinteros, albañiles, zapateros, fruteros, rematadores, impresores, panaderos, etc.
Había, además, un sólo médico. También había “hacendados” –propietarios de la tierra–, capataces y mayordomos.
Entre los apellidos que figuran en el registro aparecen Bozzano, Aulí, Molina, Benavídez, Novillo, Arévalo, Coronel, Rodríguez, Corvalán, Borda, Moreno, Gutiérrez, Camelino, Bargas (sic), Laserna, Ruiz, Amarillo, Quevedo, Curra, Gorosito, Peralta, Salas, Dávila, Aguilera, Del Pardo, Mamberto, Billalva (sic), Guevara, Chacón, Ruiz Díaz, Quiroga, Cabral, López, Cardozo, Argüello, etc.
“El registro estaba bastante bien conservado, la letra muy prolija”, señaló Chiodini y agregó: “Lo notable es la cantidad de forasteros que había, tanto en el pueblo como en el campo”.
