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    Un domingo en La Colorada: cuando el campo estaba poblado y el fútbol reunía a las familias

    El almacén de ramos generales, los partidos de fútbol, las kermeses y los bailes eran motivos suficientes para reunir a vecinos que llegaban en sulky desde distintos rincones de la zona. La Colorada fue uno de aquellos parajes que tuvieron vida propia y que hoy sobreviven en las fotografías, las anécdotas y la memoria de quienes conocieron sus mejores tiempos.

    15 de octubre de 2026 | 20:30

    Hubo un tiempo en que el campo estaba poblado. Las familias vivían en las chacras, los caminos eran recorridos por sulkys y carros, y los domingos tenían un destino casi obligado: el almacén del paraje, donde se encontraban los vecinos para compartir las novedades, jugar a las bochas, disputar un partido de fútbol o comentar lo que dejó el baile del sábado por la noche.

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    La Colorada fue uno de esos lugares. Un pequeño mundo rural que tuvo sus años de esplendor y que, como tantos otros conglomerados del interior del partido de San Pedro, fue perdiendo protagonismo a medida que sus habitantes emigraron hacia los centros urbanos.

    Algunos parajes lograron sobrevivir a ese proceso. Otros quedaron reducidos a unas pocas construcciones o taperas, caminos y recuerdos. La Colorada pertenece a esa geografía de la que aún, con sentimientos y añoranzas, quienes lo vivieron conservan historias capaces de devolverle la vida que alguna vez tuvo.

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    En El Kiosquito de Juanito, el espacio de recuerdos que Juan Álmada pone al aire cada sábado en programa Sin Galera, volvieron a surgir anécdotas de aquel sitio emblemático. 

    Todo a partir de una fotografía. Con ellas aparecieron nombres y testimonios que permiten reconstruir cómo era un domingo cualquiera cuando en el campo todavía residía mucha gente.

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    La historia de La Colorada se remonta al siglo XIX, cuando funcionaba allí una pulpería que se convirtió en parada casi obligada para las carretas y los gauchos que atravesaban la región.

    Con el paso de los años, aquel establecimiento se transformó en un almacén de campo que fue mucho más que un comercio.

    Su propietario fue José Cuscuela, esposo de Carmen y padre de Evaristo y Alfonso. El negocio ofrecía los artículos indispensables para la vida cotidiana, pero también era un boliche de copas y un centro de reunión para los pobladores de los alrededores. Más tarde, supo tener un surtidor de combustible.

    Allí había canchas de bochas, de pelota a paleta y de fútbol. También un salón de fiestas que se hizo famoso por sus bailongos, esas reuniones donde se mezclaban generaciones y en las que muchas veces nacían noviazgos y recuerdos para toda la vida.

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    Hasta el nombre del paraje tiene su propia leyenda. Siempre se contó que La Colorada fue bautizada después de una reyerta que terminó con una puñalada y una gran mancha de sangre, una versión transmitida de generación en generación que forma parte de la tradición del lugar.

    Junto al almacén funcionaba una dependencia policial, cuya construcción permaneció en pie, aunque abandonada, hasta principios del nuevo milenio.

    Había también vecinos que conocían distintos oficios y prestaban servicios indispensables. Entre ellos, Jorge Tonsorati, recordado como el relojero de todo el paraje.

    Era una pequeña comunidad que encontraba allí buena parte de lo que necesitaba, sin tener que viajar hasta la ciudad.

    Cuando no había visitas familiares “en las casas”, el domingo tenía un punto de encuentro: el almacén de La Colorada.

    Los partidos de fútbol convocaban a jugadores y espectadores de los alrededores. Se organizaban encuentros amistosos con equipos de otros parajes, especialmente aquellos que no participaban de las competencias de la Liga Deportiva Sampedrina. Por ejemplo, uno de los rivales recordados era Bella Vista, de Ingeniero Moneta.

    La Colorada tenía su propio equipo, el club Santa Elena, cuyos jugadores vestían una camiseta de franjas anchas celestes y blancas, semejante a la Selección Argentina.

    Una fotografía de 1968, aportada por Juan Solieri, permite recuperar los rostros de aquellos futbolistas que defendían los colores del paraje.

    Paraje La Colorada Club Santa Elena

    En la fila superior aparecen Alfredo "Ñato" Solieri, Raúl Dóval, Luis "Pichín" Biaggi, Hugo Domínguez, Jorge Núñez y Reynaldo "Pitón" Amigo. Abajo están Roberto Contreras, Camilo Núñez, Héctor Zarazola, Oscar Curra y Juan Solieri.

    Representan mucho más que un equipo de fútbol. Son parte de una época en que cada paraje tenía sus desafíos deportivos y una hinchada formada por familiares, amigos y vecinos, que matizaban la tarde con un mate o una copita de caña, si hacía frío.

    María Elena Ullúa nació en aquella zona y conserva recuerdos que parecen fotografías de un tiempo lejano.

    Después de escuchar El Kiosquito de Juanito se comunicó con Sin Galera & La Opinión para aportar sus vivencias, especialmente las relacionadas con los bailes que convocaban a las familias de La Colorada.

    "Recuerdo el tiempo en que íbamos a los bailes. Los sulkys afuera porque no había un solo auto. El piso estaba bien afirmadito, era de madera lustrada. También recuerdo al Ñato Solieri, que subía los faroles para iluminar el salón", contó.

    Ese salón tenía fama de estar muy bien acondicionado. Su piso de madera era cuidadosamente mantenido, contaba con un escenario amplio y bancos ubicados a los costados para que los asistentes pudieran descansar, conversar o simplemente disfrutar de la música y de las parejas que bailaban.

    Aquellas reuniones eran acontecimientos esperados. Había que prepararse, elegir la ropa y organizar el viaje. Después, el salón se llenaba y había “rienda suelta” para la fiesta.

    María Elena guarda también una anécdota pequeña, pero entrañable, que todavía recuerda con afecto.

    "Tenía una medallita de oro con un Jesucristo. Preciosa, un regalo de los de antes. Bailando la perdí y fue el Ñato quien la encontró. Mi alegría fue enorme porque la apreciaba, por ser un afecto de familia", contó.

    Pero la diversión no comenzaba cuando sonaba la música. Antes de los bailes, durante la tarde, se organizaban kermeses con juegos que hoy parecen pertenecer a otro mundo.

    "A la tarde íbamos a jugar a las kermeses. Sí, una kermés a la tarde. La enhebrada de aguja que se hacía en pareja y donde el más rápido ganaba, como Héctor Zarazola; la carrera de embolsados; la cuchara con el huevo... Andá a llevar ahora a una chica de 15 años a jugar a la aguja…", recordó María Elena, trazando una comparación inevitable con los tiempos actuales.

    Eran entretenimientos sencillos que no necesitaban demasiado para despertar entusiasmo. Bastaban una aguja, un hilo, una bolsa o una cuchara para organizar competencias que reunían a chicos, jóvenes y adultos. 

    Es que atrás había quedado una semana laboriosa que, según la década, se encaraba el campo con heladas o calor, antes de la salida del sol, y a “arrancar el maíz con las manos”. El lunes volvía la rutina.

    Por eso, en la kermés lo importante no era el premio, sino participar, reírse y compartir una tarde.

    "Hay toda una historia muy linda para contar. Se reunían las familias", resumió. Y quizás sea esa última frase la que mejor define lo que significaba este paraje y otros.

    La historia de La Colorada es también la de muchos otros rincones del partido de San Pedro que tuvieron almacenes, escuelas, clubes, canchas de fútbol, bailes y una intensa vida comunitaria.

    El éxodo rural fue modificando aquella realidad. Las familias comenzaron a trasladarse a las ciudades, los establecimientos se despoblaron y los lugares de encuentro perdieron la concurrencia que les había dado sentido durante décadas.

    Con el tiempo desaparecieron las reuniones multitudinarias, los partidos entre equipos de parajes y los bailes que reunían a vecinos llegados en sulky.

    Pero hay cosas que no desaparecen con el cierre de un almacén ni con el abandono de un edificio.

    Quedan las fotografías guardadas en una caja, como la del equipo de Santa Elena, los nombres que alguien todavía puede reconocer, las historias repetidas alrededor de una mesa y las voces de quienes fueron protagonistas de aquella vida rural.

    La Colorada ya no es aquel centro de reunión que convocaba a las familias del campo, pero sigue existiendo en la memoria de quienes lo conocieron.

    Esta es tan solo una mínima parte de un domingo en La Colorada, cuando todavía había gente dispuesta a reunirse para disfrutar de la vida.

     

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