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viernes, abril 23, 2021

A un año del naufragio del Tunante

Se cumple hoy un año desde la última comunicación que la tripulación que integraban los sampedrinos Horacio “Mono” Morales y Jorge “Pulga” Bennozzi mantuvieron con familiares. Son 365 días de búsqueda ininterrumpida desde que el Buque Selje los rodeó para intentar rescatarlos con vida. Desde hace dos semanas en la isla de Formentera, hay cuatro piedras que los recuerdan.

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Allí, montadas una sobre otra, reposan las cuatro piedras que otro navegante depositó en la playa conocida como Seis Illetes en la Isla Formentera como recuerdo para Mauro Capuccio, Alejandro Vernero, Jorge Luis Benozzi y Horacio Morales. Los cuatro hombres que intentaron navegar desde Buenos Aires a Río de Janeiro y quedaron atrapados en una tormenta cuando buscaban su aventura y decidieron desafiar al clima.

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Familiares, amigos, desconocidos, especialistas, curiosos y colaboradores de toda índole se sumaron al llamado de urgencia que alertó a la marina brasilera durante la noche del 26 de agosto y la madrugada del 27.

El diario de bitácora del Selje es claro.  A las 22.50 detectaron la presencia del velero que por el alerta estaban obligados a interceptar. Una décima de milla fue la distancia mínima que separó las embarcaciones en el instante único en el que podía  producirse el rescate. Pasaron los minutos, pasaron las horas y el “casco blanco y una luz” que relatan los marineros de la embarcación mayor comenzó a perderse. A las cuatro de la madrugada y castigados por la lluvia, los vientos intensos y olas que superaban los ocho metros se perdió todo contacto. Aun el de la imprescindible frecuencia que todo barco debe llevar a bordo vía VHF para comunicarse en el canal frecuente, que es el 16, o por el otro, reservado para emergencias y recibir instrucciones de embarcación a embarcación.

Ya no importa tener razón en las hipótesis sino entender las razones por las cuales el mar suele devorar vidas, sueños y aventuras.

Así lo señala la historia de la zona donde probablemente zozobró el Tunante, en la que hasta 2009 se registraron más de 500 naufragios. “Cuando damos el alerta no se puede salir”, sostuvo una de las usinas meteorológicas que aquella noche anticipó las condiciones de navegación.

Paso a paso
Al igual que familiares y amigos, fueron miles los que trabajaron intensamente y desde cada lugar para colaborar aunque sea con la esperanzadora búsqueda de imágenes satelitales que luego se supieron viejas pero que en el momento parecieron el camino seguro hacia un regreso con vida. Más tarde, comenzaría la campaña intensa ante las autoridades para que prosiguieran una búsqueda que tiempo después también se constató no tenía puntos fijos más que aquellos que surgieron de un sobrevuelo tras el que se reportó “un velero semihundido” del que jamás se tuvieron nuevas noticias. Cuarenta y siete días después el hallazgo de la balsa dividió para siempre las aguas entre especialistas y voluntarios: “no hay indicios de que estén muertos” y “no hay indicios de que estén vivos”, tal como se desprende de las actuaciones de la marina de Brasil que para la familia es una esperanza y para el resto la aceptación de una situación por la que han transitado y  en boca de los nautas no es ni más ni menos que dejar de exigir aquello que ya consideran imposible para la supervivencia.

Los documentos y opiniones de los que siempre se valió este medio no admiten otra interpretación que la voluntad de ayuda durante los primeros seis meses y la convicción en la búsqueda de la verdad desde la aparición de técnicos, científicos, marinos, expertos, meteorólogos y allegados a las víctimas que esperaron ansiosos el peritaje de la balsa que aún está en manos de la Policía Federal de Brasil.

Es necesario para todos terminar de certificar lo sucedido para que de acuerdo a la legislación del territorio culminen los trámites en los que la justicia debe intervenir tanto para los herederos como para las compañías aseguradoras que exigen pruebas y elementos probatorios para cualquiera de las hipótesis aludidas: la sobrevida o la desaparición física.

La más pequeña de las habitadas en Baleares
Casi como trampa del destino los nombres de los cuatro argentinos ahora forman parte de un lugar de culto para los navegantes. Hasta allí llegó a fines de julio quien colocó una sobre otra las piedras que acompañan a tantas otras pilas que descansan sobre la arena de la más pequeña de las islas habitadas del conjunto de las Baleares. Al sur de Ibiza, Formentera es de visita obligatoria no solo por su belleza sino por sus secretos, entre ellos, el homenaje silencioso a los que se quiere recordar tanto vivos como fallecidos.

“Algunos de estos náufragos hicieron de Formentera su hogar y sus descendientes siguen viviendo, trabajando y muriendo aquí. Algunos se perdieron en la lejanía para nunca más volver, otros retornan dichosos una y otra vez para renovar los lazos de afecto y unidad. Como plantitas jóvenes en la tierra madre, han crecido amistades, se han mezclado genes y se han tejido vínculos para toda la vida”, dice una parte de los escritos de quien dejó allí el recuerdo de tres náufragos desaparecidos en aguas del Mediterráneo en 2011.

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