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    Trabajo Esclavo: Historias mínimas

    4 de enero de 2011 | 17:57
    Trabajo Esclavo: Historias mínimas

    Sebastián tiene menos de 30 años y la mirada alegre. En Termas, su casa, el turismo le permite trabajar durante todo el año, excepto en estos meses de temporada estival, en los que las termas cierran y las altísimas temperaturas de la zona hacen que los turistas no aparezcan hasta más o menos Semana Santa. “Uno viene por necesidad, porque allá en esta época no hay nada”, dijo moviendo la tierra con un palo y buscando en su celular una canción de Los Manseros Santiagueños, íconos del folklore de esa provincia, para compartir con el cronista y sus compañeros, que la tararearon en conjunto mientras la noche caía en el campamento, donde desde otro sector se escuchaba a un grupo canturrear la Zamba para olvidar, que es para olvidar amores truncos, pero también infaustos destinos.
    Cucurucho es el musiquero de la cuadrilla compuesta por muchachos de Termas que miran de lejos a las jóvenes trabajadoras sociales y psicólogas del Ministerio de Justicia de la Nación. Entre risas acerca de los días que hace que no ven una mujer, “Cuqui” enumera su colección de discos de folklore, rock, cumbia. Sebastián dice por lo bajo que su amigo tiene la costumbre de no dejar terminar un tema en las largas noches en que estos amigos se reúnen alrededor de cervezas y sueños.
    José es un adolescente. Su rostro lampiño lo delata. Sonríe como un niño y cuenta que en su tierra era repositor de un supermercado. Trabajo que dejó para venir al campo, con la esperanza de obtener más dinero.
    Marcos es artesano. Hace pulseras y collares que vende a los turistas en Termas. Como en esta época no hay visitantes, aceptó la propuesta de sus amigos de venir a desflorar maíz por primera vez. Nunca se le ocurrió salir de su provincia para vender sus artesanías en otro lado. No conoce el mar y el turismo para él es Termas, su patria chica.
    Alfredo tiene 60 años. Sus ojos cansados miran a lo lejos mientras mueve la cabeza cubierta con un sombrero de paja, sentado sobre un tronco. Siempre hizo este trabajo y es la primera vez que se encuentra con estas condiciones. En muchas temporadas estuvo en la zona de Bahía Blanca. Nunca durmió en una casilla como estas, ni tuvo que comer en el piso, sin refrigeración, ni bañarse entre lonas. Su indignación se reproduce en sus compañeros, que, más jóvenes, no toleran la masticada bronca en un hombre como Alfredo.
    Lucas se llama además Del Valle, pero cuando se lo preguntan él saltea el “del” y dice de sí mismo que es “Lucas Valle”. Su moreno rostro tiene profundas y antiguas grietas de quien ha pasado su vida bajo el sol y no precisamente en divertimentos playeros. Los pocos dientes que le quedan iluminan su rostro junto con sus pequeños ojos, que se abren al sonreír cuando le preguntan la edad y apenas atina a sacar el documento flamante del bolsillo derecho de su raído pantalón color té con leche.
    Estira la mano y la mujer policía que le toma los datos mira el año de nacimiento y clava la vista en el avejentado rostro del hombre de poco pelo largo bajo una gorra de visera. Sorprendida, busca complicidad en el cronista y en un compañero suyo de tareas. Con ojos bien abiertos y la voz aflautada por la sorpresa, pregunta: “1974, ¿36 años tenés, Lucas?”.
    El citadino se sorprende ante la evidencia de algo que recorre el país profundo: cientos de miles de jóvenes siguen, como en la Edad Media, pasando de niños a adultos sin escalas, de la pelota al surco, de la sonrisa del juego a las arrugas de años de esfuerzos interminables bajo pésimas condiciones de trabajo a manos de las empresas que ostentan récords de facturación.

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