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San Pedro
sábado, septiembre 25, 2021
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San Pedro, un pueblo que se resiste a ser CIUDAD

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Pocas cosas, además de las obvias cuestiones geográficas, distinguen las diferencias culturales entre los pueblos. Grandes, medianos o pequeños guardan costumbres que los identifican y unen de manera especial en un territorio tan vasto como la Argentina. En esta semana, en la que este gran puñado de vecinos cumple 101 años con el título de Ciudad, se hace propicio comenzar a buscar en cada rincón del partido, aquellos referentes edilicios que orientan a las generaciones. Los nombres de las calles son anécdotas, sobre todo para quienes ya cuentan en su haber con varias décadas de vida y el recuerdo de sus antecesores.
“De lo Rebossio, cuatro cuadras, doblando a la izquierda, media más” o “del Castillo de Veiga siga derecho, caminando para la barranca y ahí va bajando para el Náutico, despacio porque va en picada”… suelen ser las intrincadas referencias urbanas para quienes aún no se acostumbran a los nombres de las calles, porque no perciben que para las visitas o los turistas, los nombre o números de calles son elementales.
Será difícil que alguien que tenga parientes en cualquier parte de la Provincia, pueda ubicarse si desde San Pedro se le ofrecen referencias tales como llamar a la calle Mitre, “la del Butti”, o “la de la Iglesia” o a Boulevard Moreno como “la calle ancha”.
La única excepción se da para el cobro de tasas y servicios y en otros tiempos para el envío de esa esperada correspondencia que llegaba para traer noticias de aquellos que habían quedado en Europa soñando que sus hijos armaran sus vidas alejados de la guerra.
Volviendo al pago chico y al motivo de esta nota, nos animamos a revisar la historia reciente de estos referentes urbanos que de-saparecen al ritmo de lo que muchos llaman “progreso” y otros denominamos destrucción de la memoria edilicia colectiva.

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Del mueble de fórmica al departamento
Por distintos motivos, el ser humano parece no conformarse con su hábitat natural. Destroza el curso de los ríos, depreda su fauna, incendia sus islas y hasta se apropia de los sectores costeros por obra y gracia de las concesiones que se asientan en el absurdo argumento de “no podemos mantener el lugar, debemos licitarlo”.
Muchos de los que leemos hoy estas realidades, estamos arrepentidos. No por el progreso que indica el crecimiento normal de una ciudad, sino por su falta de planificación o por el egoísta criterio que nos anima cada vez que al sentirnos dueños de una porción de territorio, nos animamos a consultar la ecuación y el rendimiento económico que puede producir cada parcela. Poca superficie, mucha renta.
La moda siempre toma el formato del progreso. Alguien tiene la suerte de viajar y ver edificios de departamentos y de inmediato la traspola a la ciudad. Así vimos nacer con orgullo los primeros edificios de departamento, hasta que nos dimos cuenta de que el patio era el vacío y el gallinero, pasaba a la historia de la mano de aquella precaria casa que se dejó en la zona rural, donde la máxima aspiración estaba dada por llegar al modular de fórmica y la “piedra Mar del Plata”.
Así, la geografía va cambiando y, con ella, las referencias básicas que nuestros abuelos suelen darnos sin que sepamos hacia dónde debemos dirigir nuestros pasos. Quien más quien menos, sigue diciendo “de La Perla o de la Necchí, enfrente”, ante la atónita mirada de un niño de 15 años que siente que le hablan en ruso.
Parece sólo nostalgia, pero conlleva destrucción sin exageraciones. Del mismo modo en que hoy la costa está privatizada, las barrancas se desmoronan y los permisos de construcción siempre se tramitan cuando ya se ha demolido un edificio presentando solo una precaria carta ante la Dirección de Obras de la ciudad, ha llevado a los propietarios a creer que el atropello a los vecinos es una facultad absoluta de quienes detentan el poder. Hoy, elegir un estudio de arquitectura, implica ratificar que su vinculación dentro del municipio garantice todas las excepciones posibles y hasta garantice que el Concejo Deliberante responderá con disciplina y sin estudios previos a cualquier deseo en nombre de la “generación de mano de obra” o “la necesidad de contar con más viviendas o plazas hoteleras”.
Hasta hace poco tiempo, una concesión para modificar la famosa Ordenanza San Pedro 2000, parecía algo imposible o al menos complicado. Hoy se asemeja y en mucho, como mínimo a “deber un gran favor” por no utilizar frases un poco más adecuadas para con quienes teniendo la OBLIGACION de subsanar los defectos de la normativa vigente, prefieren el buen negocio de la excepción.

Un poco de historia no viene mal
Las intenciones de hacer un informe de denuncias por este tema, se verán reflejadas en próximas ediciones, con fotos, datos y números de expedientes que este medio ha recogido y que “casualmente” suelen coincidir en los estudios de arquitectura que tienen caminos más rápidos y hasta conexiones directas con algunas inmobiliarias que cuando venden el terreno, le garantizan al comprador un arquitecto o dos, que pueden saltear la normativa vigente.
Lamentablemente es así y las muestras están a la vista con sólo dar una vueltita por la ciudad. Casi todas las excepciones se votan por “unanimidad” y en caso de disidencias se buscan artilugios tales como otorgar habilitaciones para el desarrollo de actividades que estén permitidas en la zona en cuestión, aunque en realidad se desarrolle allí otra tarea.
Veamos: en 1985, bajo el Gobierno de Guillermo Farabollini y su secretario de Gobierno, el actual Concejal Abel González, se contrató a una arquitecta marplatense, Elena Allende, para elaborar una norma que regule el uso y ocupación del suelo en el partido de San Pedro. El expediente 4107-4553/85, fue el principio de la Ordenanza 4.130 o “San Pedro 2000” que es la que rige la construcción y el uso del suelo desde el año 1987, en el que tras larguísimos debates quedó aprobada. Han pasado 21 años y con ellos, la ciudad se ha transformado vertiginosamente. Una de las primeras polémicas de grandes dimensiones se dio cuando en la calle Oliveira Cézar y Rivadavia, se intentó construir el Supermercado Hsu. El propietario del lugar no salía de su asombro cuando se enteró que en ese lugar podía habilitarse una estación de servicios pero no un minimercado. No sólo eso, sino que además debía respetar las características edilicias por tratarse de una casa cuyo frente era considerado como patrimonio histórico.
La semana pasada, sin ir más lejos, se perpetró una nueva excepción para la construcción de nuevos departamentos en el radio céntrico. En la sesión del 26 de Junio, por unanimidad se votó la autorización para levantar otro edificio. Sin cartel de profesionales responsables y con apenas una media sombra, en menos de lo que canta un gallo y a topadora limpia, se comenzó la demolición que ya le costó el derrumbe de tapiales a dos vecinos. Solo cuando el tema cobró estado público se paró la obra y en menos de una hora apareció el cartel que horas después quedaría colgado sobre un prolijo protector de contención de chapa. El hecho se sumaba a otra obra que se realizaba en Máximo Millán al 1700, con la sola presentación de una nota que anunciaba que en 15 días serían entregados los planos de construcción mientras en el predio ya se había realizado toda la excavación sobre las barrancas, obligando al propietario a hacer aclaraciones ya que desde que había comprado el terreno en una conocida inmobiliaria le indicaron “por lo que hagas no hay problema, ya tenemos el arquitecto en la Municipalidad para que levantes la obra”. El hombre pagó y empezó. En fin, hoy no es momento propicio para los datos que prueban las irregularidades que se vienen cometiendo en el área de Obras Públicas. Por el momento nos remitiremos a poner en conocimiento de quienes festejamos el centésimo primer aniversario de la ciudad, cuáles son las viviendas que contiene el listado elaborado en la Ordenanza 3.899 (ver recuadro y fotos).
A ello hay que agregarle una comisión, también reglamentada en el Concejo Deliberante que lleva el nombre de Comisión de Preservación del Patrimonio Cultural.
La Comisión duró muy poco pese a estar integrada por organismos públicos y prestigiosos profesionales de la ciudad. La última excepción para hacer más rentable la inversión de un reconocido empresario fue en el año 2004, para realizar el barrio que hoy cuenta con varios duplex sobre el final de la Avenida 3 de Febrero, en los terrenos que pertenecían a Arcor. No, no es la última excepción, hay otras; es la última que figura en la deficiente página web del Concejo Deliberante. Nadie podría hoy guiarse por esa herramienta imprescindible para saber si el terreno o la casa que está comprando no requerirá de “un favor” para poder iniciar una construcción.

El homenaje
San Pedro ha cambiado, crecido y multiplicado la población. La migración del campo a la ciudad por progreso, por miedo a la inseguridad o por falta de rentabilidad es un hecho irreversible. Tal vez en nombre del progreso siempre deban resignarse algunos sectores que necesitan de un desarrollo acorde a la modernidad. Nadie discutirá, por ejemplo, la necesidad del agua potable o las cloacas, pero a esta altura de negligencia y destrucción sistemática ante la indiferencia ciudadana del patrimonio urbano, merece en este nuevo aniversario de la ciudad, un minuto de reflexión. Habrá sido un acierto o un gravísimo error la remodelación total de la Plaza Belgrano que caracterizaba de plano a un Pueblo de Campaña, donde hombres y mujeres ser reunían a escuchar la banda municipal o a esperar los colectivos que se despachaban del local y locutorio que existía donde hoy funciona el Bar Plaza?
No habrá que tomar como ejemplo, la fisonomía de la calle Pellegrini al 700 que pese a la cantidad de modernos comercios instalados, logra preservar aún ese aire de pequeña y prolija ciudad, permitiendo que los abuelos sigan pensando que andan por la cuadra de “Martínez Sobrado”?
La añeja estación de ferrocarril, no podrá ser el vivo testimonio de una historia de producción pujante y distribución de bienes, riquezas y pasajeros, que dieron vida al “interior profundo de la Argentina”?
En fin, con sólo pasar por la esquina donde funcionaba la vieja sede de Paraná F.C. y dejarse envolver por el viento que origina el imponente edificio, se respira esa brisa que advierte que no todo lo que se llama progreso alimenta el alma de quien se siente extraño en su propia geografía porque, simplemente, sus principales referentes urbanos han pasado a ser la misma cruel anécdota que se llevó paso a paso la Laguna de San Pedro.
Que el aniversario 102, nos encuentre con un largo listado de sitios que no se puedan reformar y con un desarrollo urbano que se apropie de nuevos sectores para llevar allí la modernidad que la quimera del Disney Mundo quiso abortar en pleno centro de la barranca. Gracias a Dios, no llegará allí la sucursal de Las Vegas.

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