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El lunes por la mañana, cierto aire fresco ingresó a los pulmones de los que por prudencia y convicción prefirieron reprimir pensamientos y opiniones ante la opresión que genera la intolerancia creciente en la última década. La transición de una democracia condicionada más por lo político que por lo económico es una novedad para millones de argentinos que, sobre todo en la Provincia de Buenos Aires, no quisieron tomar nuevamente el jarabe de la resignación y prefirieron apostar a una cucharada de miel cuya digestión no hace ni bien ni mal pero sabe rico.
María Eugenia Vidal demostró que tocar el timbre y trabajar en el territorio es más eficaz que pintar de naranja sobre las ruinas de rutas, caminos, finanzas públicas, escuelas destruidas y hospitales malogrados. Sin imaginarlo, arrastró sus votos para fortalecer a Mauricio Macri en la provincia que más produce y menos obtiene en el reparto, no sólo por ineficacia de sus gobernantes sino por el poder que representaban los “dueños” del conurbano.
Aún perdiendo el ballotage presidencial, el partido de Mauricio Macri logró lo que nadie había logrado: barrer y limpiar la mugre arraigada en muchos de los municipios más pauperizados del Gran Buenos Aires. No era una cuestión de ideología sino de patoterismo y caja.
En 2013, Sergio Massa había dado el primer paso cuando abortó toda posibilidad de reelección para Cristina Fernández de Kirchner y ofreció al peronismo una alternativa más propia que la que flamea en las banderas de La Cámpora.
Los resultados fueron tardíos pero contundentes. Quien el domingo se acostó con Scioli el lunes se levantó con Macri. Mal que le pese al mandatario provincial, la ciudadanía le enrostró su obsecuencia. La ambición desmedida para llegar de cualquier modo a ser el candidato de la Presidenta fue letal para su carrera hacia la Casa Rosada.
Con más penas que gloria, en la última semana de campaña exhibió a su futuro gabinete en una suerte de postal del fracaso que los bonaerenses conocen y padecen casi con resignación.
En las ciudades de la provincia interior los resultados fueron similares a los de San Pedro. Cambiemos ganó por exageradas diferencias y en el conurbano tardarán bastante poco los jefes comunales electos tanto por el oficialismo como por otros partidos en mudar de opinión para congraciarse con la nueva administración. Así al menos lo demuestra la historia: no hay convicción de intendente alguno que dure más de lo que necesita para pagar sueldos y anunciar alguna obra a sus vecinos.
Si Scioli gana el ballotage tampoco podrá garantizar perpetuidad al kirchnerismo y a sus aliados. Necesitará una amplia sonrisa para soportar a los que lo acompañan y no podrá eludir su responsabilidad para con Vidal cuando empiece a recorrer los pasillos de ministerios atestados de dinosaurios y sobrevivientes jubilados del reconocimiento popular.
La nueva gobernadora llega sin la mochila de piedras y con el solo compromiso de apuntalar a los intendentes que por cuatro años definirán si desean volver a congraciarse con sus vecinos o sucumbir en el fango de los gestores que deben viajar a La Plata para rogar por un mendrugo a diario.
Suena raro pero María Eugenia Vidal es la primera mujer que llega para gobernar la Provincia de Buenos Aires sin dependencia de los partidos tradicionales. ¿Podrá?
Si por el contrario gana Macri, la conveniencia de varios gobernadores los pondrá en poco tiempo a sus pies. El pragmatismo explícito de quienes fueron otrora peronistas, luego menemistas, luego transversalistas, kircheristas y por siempre travestis resistirán un tiempo y mudarán de color al calor de los globos o el optimismo y la esperanza.
Cabe preguntarse qué destino tendrá el kirchnerismo puro y duro que merece al menos el reconocimiento por su perseverancia en la reconstrucción del país que encontró incendiado tras la huída de la Alianza.
También parece mentira que San Pedro tenga intendente electo con más del 52 por ciento de los votos. Su nombre es Cecilio Salazar y llega solo. Desembarca con el reconocimiento de más de 18.000 vecinos pero sin el respaldo de un partido que haya formado cuadros preparados para afrontar el desafío de sacar a la ciudad de la miseria y la postergación a la que fue sumida en los últimos años.
Cecilio tiene que elegir un equipo entre una horda de buitres que merodean desde que se conoció el resultado de las Paso. Algunos de ellos, envalentonados, ya se probaron el traje de funcionarios mientras otros intentaron operar desde las sombras con campañas sucias y chicanas sin pensar siquiera en que el Tsunami de Pellegrini 150 no ha dejado ni la pintura de las puertas del Palacio.
El intendente electo tiene muchos amigos por conveniencia; le sobran alcahuetes pero dependerá de su intuición seleccionar, porque tal vez aún no entienda que los votos son de su cosecha. No hay nombres en su lista que arrastren caudal alguno. Con esa realidad bien entendida hay dos opciones: se emborracha y sale de juerga con los amigos o no acepta tragos ni convites y selecciona un gabinete de lujo con el que afrontar los costos políticos del aumento de tasas y el sinceramiento de los números.
Todo está en desorden y alguien debe acomodarlo. A la ciudadanía, hoy, le bastaría con una jornada solidaria de limpieza para sentirse mejor y entusiasmada. San Pedro no demandará con urgencia pero al menos merece que la salud y los servicios públicos básicos funcionen. Le queda un mes para recibir la herencia y buscar los mecanismos para subsistir durante un verano que le dará tregua política pero no económica.
Volver a respirar no es poco. Quienes soportaron la condena de la mudez que les impuso un gobierno que siempre necesitó de enemigos para justificar su existencia y de conspiraciones para victimizarse, pueden comenzar a ejercitar su lengua y pronunciar palabra aunque con la lección bien aprendida respecto de priorizar el bolsillo para despreciar la libertad y depreciar las instituciones. Nada será lo mismo. Argentina cambió nuevamente el pasado domingo y el grito de las urnas fue ensordecedor.
