Reloj biológico: el mejor aliado en una alimentación saludable
La crononutrición estudia cómo los horarios de las comidas influyen en el metabolismo, el sueño, el hambre y el rendimiento diario. Cada vez hay más evidencia de que no sólo importa qué comemos, sino también el momento en que lo hacemos.
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Nuestro organismo funciona siguiendo un reloj biológico interno que se adapta al ciclo natural de luz y oscuridad del planeta. A este funcionamiento se lo conoce como ritmo circadiano, un término que proviene del latín y significa "alrededor de un día". Este reloj regula gran parte de nuestras funciones fisiológicas a lo largo de las 24 horas.
Aunque la mayoría de las personas desarrolla sus actividades durante el día y descansa por la noche, cada individuo posee un ritmo circadiano propio.
Los horarios para despertarse, trabajar, hacer actividad física, comer o dormir se vuelven hábitos que el organismo aprende y reproduce diariamente.
Un ejemplo cotidiano es despertarse unos minutos antes de que suene el despertador. Esto ocurre porque el cuerpo reconoce ese horario como parte de su rutina y comienza a prepararse para iniciar el día incluso antes de recibir el estímulo de la alarma.
En este contexto surge la crononutrición, una disciplina que estudia cómo el momento en que ingerimos los alimentos influye sobre el funcionamiento del organismo.
Su objetivo es comprender la relación entre los horarios de las comidas y la liberación de hormonas que regulan el hambre, la saciedad, el sueño, la vigilia, la utilización de la glucosa y otros procesos metabólicos.
Para que exista un correcto equilibrio entre el reloj biológico y la alimentación, el organismo debe interpretar las señales del ambiente —como la luz y la oscuridad— y ajustar sus funciones en consecuencia.
Cuando comienza el día y aumenta la exposición a la luz natural, nuestro cuerpo incrementa su nivel de actividad y también sus necesidades energéticas.
En ese momento, el metabolismo está preparado para procesar los alimentos y obtener la energía necesaria para afrontar las actividades diarias. Del mismo modo, durante la noche el organismo comienza a reducir progresivamente su actividad, preparándose para el descanso.
Cada vez que nos despertamos, comemos, realizamos ejercicio o nos acostamos a dormir, nuestro reloj biológico coordina múltiples procesos para que el organismo responda de la manera más eficiente posible. Por eso, mantener horarios relativamente estables para las comidas y el descanso puede favorecer un mejor funcionamiento metabólico.
Diversas investigaciones indican que una buena sincronización entre el ritmo circadiano y la alimentación puede contribuir a mejorar el rendimiento físico, laboral e incluso el bienestar general. No solo importa qué comemos, sino también cuándo lo hacemos.
Sin embargo, adaptar la alimentación al estilo de vida y a las necesidades de cada persona no siempre resulta sencillo. Factores como el trabajo por turnos, los cambios de horarios o las rutinas poco organizadas pueden alterar este equilibrio.
Por ello, para recibir una orientación personalizada y adecuada a cada caso, siempre es recomendable consultar con un profesional de la nutrición.

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