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    Relatos y retratos

    110 años de San Pedro Ciudad

    19 de julio de 2017 | 16:26
    Relatos y retratos

    Nadie narró San Pedro como Abelardo Castillo. El escritor más grande que haya crecido en esta ciudad –ay, él hubiera querido que pusiéramos “nacido”, como le gustaba que afirmaran las solapas de sus libros, acaso porque alguna vez, como escribió en “Volvedor”, “ser sampedrino quería decir ser guapo”– que la semana que viene cumplirá 110 años como tal, más allá de los otros siglos de historia habitada que carga este suelo.

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    Abelardo sostuvo que “de los diez a los veinte es, sin duda, ‘la’ época, pero la de cualquier ser humano”. Por eso él sostenía su condición de sampedrino: son los años en los que vivió aquí. Son los años de las lecturas decisivas, de los primeros amores, de la iniciación literaria, del descubrimiento de que la muerte –claro, había que nombrarla– es y nos constituye.

    “El conocimiento original de todas las cosas”, decía, llega en esos años. “Esa década donde, por lo menos a mí, me ocurrió todo, incluso la literatura”, aseguró cuando la revista Cítrica lo entrevistó al cumplir 80 años.

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    Todo lo que le sucedió durante esos dos lustros a uno de los escritores más grandes de la historia de la literatura de habla hispana tuvo lugar en San Pedro.

    Los mundos reales tituló, por consejo de su compañera de toda la vida y de toda la literatura, Sylvia Iparraguirre, al volumen de cuentos completos que publicó en 1997 y corrigió para reeditar en 2003. Ese es el libro que tomamos en la redacción de La Opinión para confirmar una hipótesis que sosteníamos como lectores suyos: los cuentos de Abelardo narran a este pueblo.

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    Puede cualquiera en el mundo –su obra fue traducida a 14 idiomas– leer esos prodigios de la forma, esos relatos que constituyen un universo único y que, de manera unánime para los escritores y, mejor aún, sobre todo para los lectores, son inolvidables. Pero en ningún sitio será lo mismo que en San Pedro.

    Abelardo no querría que lo llamáramos como el genio que fue. Su obra, atravesada por un espíritu romántico del que se sentía continuador por obligación poética, es parte de aquella que, de Tolstoi y Goethe a Borges y Mann, nos habla del Todo, con vocación filosófica y con la apuesta del que cree que la literatura está para salvar. Como escribió sobre él Sebastián Basualdo: “Tal vez el único, junto con Sartre –su amado, Jean Paul Sartre–, que abordó todos los géneros literarios hasta terminar inventando uno: el de salvar hombres”.

    Además de salvar, su literatura cristaliza para nosotros, los que habitamos esta ciudad, aquello que nos identifica. Abelardo nos habla del San Pedro de la calle ancha, la 3 de Febrero; de “la calle de los paraísos”, como le llamaban antes a la Pellegrini, sobre todo a la que va desde la avenida hacia “el fondo”. Porque la ciudad –él lo sabía y lo escribió– empieza en el río, ese al que mira fray Cayetano José Rodríguez en esa plazoleta por la que pasan tantos personajes abelardianos.

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    Castillo nos narró. Ese al que los más grandes escritores de la literatura argentina actual consideran su Maestro dejó en la mayoría de los cuentos que habitan Los mundos reales retratos y personajes que forman parte de la historia de este pueblo.

    Allí están el almacén del paraje La Colorada; los dos cines; la Vuelta de Obligado –que si no se la ve, se la presiente, como apunta en “Requiem para Marcial Palma”–; la a veces tan lejana Santa Lucía; el sonido del reloj del “Cabildo”, que no es otro que el silenciado de la torre del Palacio Municipal.

    Están las barandas de hierro que separan la vereda de la barranca en la medialuna; está esa barranca y está ese río que se ve desde arriba, que se oye pasar desde abajo; esa laguna que alguna vez fue y donde ahora es todo isla: “Cualquier día de estos vamos a cruzar a la otra costa caminando”, advirtió en “La que espera”.

    Están la ahora renovada estación de trenes a la que siempre algún personaje llega o se despide con la misma nostalgia vehemente; está el Colegio Nacional que es la escuela Normal donde Abelardo se aburría y hasta algún profesor le dijo que no serviría para nada.

    Están los guapos, las mujeres y los miedosos de Las Canaletas; los anarquistas que se escondían en los campos y que promovían la revolución; están las bajadas que llevaban a la costa y el zanjón de mora, que ya no.

    Allí el club viejo del Náutico, “con su vaga apariencia de barco varado”, los “chalets de estilo californiano” del Boulevard que no se extendía mucho más allá del Hotel de Turismo, que también aparece, como aparecen los bancos de la plaza de la iglesia, el Centro de Comercio, la biblioteca Rafael Obligado o las lápidas irlandesas del cementerio.

    Los ventanales que dan al río del club Pescadores; “el paso a nivel de juguete por donde cruzaba el ferrocarril chiquito de Dipietri”, así, con “i”, como todavía se pronuncia, aunque la grafía correcta sea con “e”.

    Por eso este recorrido. “Homenaje”, si se quiere. Abelardo Castillo narró este pueblo. Hay en sus cuentos relatos y retratos de esta ciudad que cumple 110 años este 2017 en que él dejó, como advirtió su amiga Liliana Heker, la cultura del país “más pobre, más desamparada”.

    Aunque a veces se nos pasara de largo su presencia sampedrina en el mundo y, con él, la presencia de estos paisajes en los que se desarrollan muchos de los amores, las muertes, los dolores, las traiciones, el sexo, la política, la literatura, la vida en toda su dimensión.

    En cada página hay una referencia. “Con el correr del tiempo todo llega a saberse en un pueblo como el nuestro. Siempre he pensado que los pueblos son de vidrio, las paredes de las casas, quiero decir. Todo se ve a través de ellas. Todo el mundo sabe todo de todos, y lo que no se sabe se imagina o se inventa”, escribió en “La que espera”.

    En la última entrevista que dio al diario La Nación, supo afirmar: “Si alguien realmente quiere conocer a un escritor, tiene que recurrir a su ficción”. Si toda literatura es autobiográfica, como él coincidía en afirmar con Thomas Wolfe –acaso como August Strindberg sostenía: “Sólo se conoce una vida, la propia”–, ¿qué otro marco para sus preocupaciones filosóficas que no San Pedro podría hallarse en sus páginas?

    Esta ciudad que cumple 110 años está presente en un ícono de la literatura argentina que es bien nuestro.

    En sus Diarios, hacia 1958, escribió: “Indudablemente, la poesía no puede morir”. Ni los personajes y lugares que deja retratados a su paso. Ni Abelardo. Morir es otra cosa.

    Muchos años antes, alguna noche parecida a ésta, también debió cambiar. El mundo, o el pueblo. Todavía puede notárselo en la estatua de Fray Cayetano Rodríguez, que da la espalda a las casas en el bulevar de la barranca (porque antes el pueblo era al revés: de allá para acá) y puede notárselo en la cúpula de la iglesia, cuyo campanario también mira hacia el río y desde el cual se ve, aún hoy, la Vuelta de Obligado (o se la presiente), y se ve entre unos sauces el techo anacrónico de La Rinconada. (Requiem para Marcial Palma)

    Estas cosas ya no pasan, señor, ni acá abajo en Las Canaletas ni en ninguna otra parte. Yo le juro que hasta el río cambió de color, como si lo hubiera ido ensuciando el tiempo. O a lo mejor es uno que de viejo se va como perdiendo y cree que es el mundo el que se borra. Marcial Palma, Evaristo Garay o el Reyuno Altamirano son como un sueño ahora; decir esas historias es igual que contar de aparecidos, y a los chicos se los asusta nombrándoselos, como si uno les hablara del Chancho con Cadena, no se ría, como si uno les hablara del Hombre de la Bolsa o de la Viuda. (El tiempo y el río)

    Lo que abyectamente me hacía falta era sol, mosquitos, remar hasta quedar echado, olvidarme, por medio del embrutecimiento físico, de dos o tres ideas grandiosas que en los últimos tiempos venían acosándome (…) y me tomé un tren para San Pedro. Tres horas más tarde, los naranjales dorados y el peculiar olor a podrido de la refinería que han hecho a la entrada del pueblo me hicieron olvidar los muñequitos. (Los ritos)

    Fue en La Rinconada. Aquel almacén junto a la laguna que hoy es la estrafalaria cantina del Balneario Municipal, pero que aún conserva, donde debió ser el patio, un anacrónico palo de quebracho con su correspondiente argolla de fierro.(Requiem para Marcial Palma)

    Según me contó la gente del bajo (o debo escribir me recordó, pues todos los relatos empezaban “te acordás, Garay”), parece que Evaristo y Aldazábal solían pelear juntos, desde muchachos. Me salteo homicidios menores, y digo aquél del baile en La Colorada, que, si no me han mentido, se llamó así después del estropicio, por la sangre que anduvo por el piso aquella noche. (Volvedor)

    La trama de la arpillera debieron tejerla manos ya de otro siglo, y antes de esa estopa no me imagino ni La Rinconada, a lo más, puro barro y juncales, pero sobre todo y siempre el río, comiéndose la barranca. (Requiem para Marcial Palma)

    Fuera de este pueblo, el tiempo pasa en serio. (El hermano mayor)

    Pasé por la escuela de varones y por la tienda de las mellizas; estuve sentado en la placita Martín Fierro. Laucha, pensé. Y pensé que hay cosas que nunca debieran escribirse. (Capítulo para Laucha)

    Ya era de noche cuando le mostré mi colegio. La noche es la hora más propicia de esa casa, sus claustros parecen de otro siglo, los árboles del parque se multiplican y se alargan, los patios inferiores dan vértigo. (Carpe Diem)

    Sí, pensó el hombre llamado Castillo, ahí estaba como siempre la estatua de Fray Cayetano Rodríguez y estaban los bancos de piedra, y allá abajo el Club Náutico con su vaga apariencia de barco varado, y más lejos, en el río, el maderamen del club viejo unido como siempre a la costa por la misma larga y endeble pasarela, y el ridículo pero ahora tranquilizador monolito en mitad de la bajada, imitando vanamente una pirámide, por qué entonces esa impresión de cosa agazapada (hostil, la palabra es hostil) que los había obligado en plena tarde a hablar y reírse con un tono demasiado alto, voces y risas que se contradecían con la mansedumbre del agua, con el balanceo de las ramas de los sauces. (Week-end)

    Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. (El marica)

    –Cantaba –dijo de pronto–. Te acordás cómo cantaba, de noche, cuando era chico, haciéndose el tenor por el Colegio Normal, por el Bulevar 3 de Febrero. Al bulevar, antes, le decían la Calle Ancha, los nombres de las calles eran más reales antes –yo sentí una especie de aviso, vale decir: el hombre llamado Castillo lo sintió–. Calle de los Paraísos, por ejemplo. (Week-end)

    Venga, caminemos hasta la explanada del Hotel de Turismo, ya sé que es un adefesio pero desde ahí arriba el río parece un poco más real, más antiguo.(La que espera)

    Era una mujer perfectamente normal, y, si no lo era, es sencillamente porque ninguno de nosotros es perfectamente normal, ni usted ni yo ni esa parejita que se está besando en la baranda de la barranca. La normalidad es como el frío, no existe. (La que espera)

    La historia, en realidad, empieza acá. Venga, sentémonos en ese banco. Me gusta contemplar el río de noche, lo que nos va quedando del río. ¿Se acuerda de lo que era este río cuando usted era chico? Véalo ahora, puro barro y camalotes. Toda esa franja que se ve allá son islotes nuevos, pronto van a ser islas. Cualquier día de estos vamos a cruzar a la otra costa caminando. Qué le pasó a quién. ¿Al río? ¿Tampoco sabe qué le pasó a nuestro río? Después se lo cuento, ahora siéntese.(La que espera)

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