¿Quién es el que entró a robar a la casa de los Alsogaray?
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Habrá que seguir buscando. Datos, detalles, explicaciones, razonamientos. Como en cada oportunidad en la que el impacto social hace estragos en la comunicación, la verdad termina siendo esquiva porque la necesidad de respuestas es ni más ni menos que urgente.
No es la primera vez, tampoco será la última en la que la demanda de explicaciones a una justicia que le teme más a la presión que a la acción termina transitando por caminos rápidos hacia el fracaso en una investigación.
La desesperación por encontrar al responsable de un robo cuyas consecuencias casi terminan con la vida de una joven madre, atrapó a gran parte de la sociedad en una cacería que no hizo más que regalar tiempo a quien quiera ocultarse y huir en medio de las más insólitas conjeturas sobre el modo en que una o más personas merodearon por el barrio durante la madrugada del pasado jueves, tal vez pensando en llevarse aquello que simplemente estaba al alcance de su mano porque cuesta creer que tanta torpeza forme parte de un plan.
¿Buscaban algo más?
¿Tenían más datos?
¿Habían espiado antes?
¿Qué querían llevar?
¿Dónde venden lo que llevan?
¿A quién le sirve aquello que tenían preparado para cargar, monturas, recados, alguna herramienta de mano?
¿Era un simple robo y se complicó?
El Fiscal confió en dos líneas de investigación que propuso la policía desde el primer momento y con las miradas puestas en un barrio al que ya denominan como “la capital del abigeato”, aunque el 90 por ciento de los vecinos de La Tosquera viva en condiciones de una pobreza que no remite a los beneficios económicos que aporta el robo de ganado organizado.
A casi una semana, las heridas cicatrizan, los objetos robados desaparecen y la vinculación de los primeros sospechosos de la comisión del delito se diluye. La verdad desaparece.
Amén del delito de cada día, tenemos la obligación de preguntarnos sobre los destinatarios de sus beneficios. No es lo mismo un cajón de lavandina que un camión de Unilever en manos de una banda de piratas del asfalto. No es lo mismo una batería de auto, que el tráfico de autopartes y el rearmado de vehículos que obtienen nueva documentación para su tránsito. No es lo mismo el arrebato de un celular para drogarse que el traslado de ganado robado para su faena y posterior comercialización. No es lo mismo y hay que seguir preguntando por qué ese ejército mafioso crece siempre al amparo de la confusión colectiva y el apuro para el linchamiento.
Tal vez cuando este ejemplar esté en la calle una nueva pista o aporte permita echar luz sobre tanta oscuridad.
Es poco probable pero no imposible.
