:format(webp):quality(40)/https://opinionsemanariocdn.eleco.com.ar/media/2020/08/img_20170908_094811684.jpg)
A punto de descubrir que los Reyes son los padres, que el viejo de la bolsa no existe y que el cuco es una fantasía, hay que prepararse para las nuevas técnicas de la ficción.
Las escenas que se valían hasta hace poco más de dos años de un atril, un micrófono, luces y una gigantografía con una presidenta que señalaba cómo se debe pensar, cómo se debe decir y de qué modo repudiar a un anciano amarrete se transforma ahora en una puesta en escena de una película repleta de momentos que en principio llaman a la identificación, a la historia propia, a la normalidad, a la gente común y luego se desintegran frente a la realidad, el sentido común y hasta una mínima inteligencia para discernir que el mate que suelen alcanzarle a un Jefe de Gobierno no tiene yerba, como se puede observar en las fotos que luego reparten los departamentos de prensa.
Tras muchos años de cubrir noticias, existe una gran colección de momentos memorables. Desde aquella vez en la que un señor vino a promover una empresa de turismo y se robó el destino de una chica de la ciudad que fue intensamente buscada por más de un año, cuando hablar de “trata de personas” eran un imposible para un pueblo como este, a un magnate que llega con un harén de inversores disfrazados con un mantel a cuadros en la cabeza, obligando a un intendente y sus colaboradores a estar presentes para anunciar la instalación de un parque de Disney, figuran en el haber de un archivo periodístico que hoy sustenta la credibilidad del poder descubrir, develar y desnudar los entresijos con los que el poder envuelve al pueblo o con el que el pueblo se deja envolver. No está tan claro.
La tentación de la enumeración atenta contra el espacio de esta columna, que en los tiempos que corren también quedará a merced de la grieta que –como siempre– intentará burlar la inteligencia de todos con la comparación absurda: ser pro o anti algo, como en cada época de la historia que se repite y repite con la cantinela que acunamos para sobrevivir con ese dèjá vu del “todo lo que pasa ya nos pasó”.
En tiempos recientes, y ahora mismo, los Aníbales, Estébanes, Guillos, Fernandas, Mauricios, Marías de los Pilares, Asunciones, Robertos, Gabrielas, Danieles, Dianas o Federicos forman parte de la novela que entrega capítulos pobres de argumentos y carentes de contenido.
Con abuelos manejando computadoras, enfermeras con cara de afligidas, médicos con estetoscopios colgados, paredes de ladrillo hueco, barro en las alcantarillas, mujeres entradas en años transpiradas que corren maratones o bailan, docentes angelicales y hasta un obrero aconsejando usar saco de lana para ahorrar gas, se presentan las imágenes que debe consumir a diario un ciudadano aplicado, domesticado, cansado de ladridos, órdenes y gritos.
Es un esquema que funciona en poblaciones donde nada es constatable para el vecino. En principio formó parte de la necesidad colectiva de creer que la sensatez había llegado. Ahora comienza a generar indignación o, como mínimo, sospecha.
Tal es el caso de un brillante y joven cronista que tuvo que reemplazar a veteranos periodistas de un medio local en varias coberturas que le eran ajenas por su contenido y que comenzó a vivir con desagrado el modo en el que se le ponían condiciones a sus posibilidades de preguntar lo que desea saber o mostrar lo que sucede.
Por solo citar el último caso, el viernes pasado hubo convocatoria para una “conferencia de prensa” en la ruta 1001 a la que llegaba el Ministro de Transporte, Guillermo (“Guillo”, para el funcionariado local) Dietrich. La obra más esperada por los sampedrinos –hubo quienes encontraron la muerte– en ese peligroso acceso a la ciudad se vio opacada por un oportunista que ni siquiera vaciló en incomodar al intendente al invitarlo a repetir un trayecto para que las cámaras pudieran tomar las escenas que grababa su costoso equipo de prensa. A saber: dos camionetas con equipamiento y recurso humano para la pequeña película.
“La convocatoria al evento fue para el viernes a las 9.00. Llegué cinco minutos antes y un muchacho joven que era el que manejaba toda la prensa (con sweater, camisa y zapatos, vestido tipo oficinista) me preguntó cómo me llamaba y de qué medio era y me detalló todo lo que iban a hacer Dietrich, Salazar e Iguacel, que era bajarse a ‘200 metros’ de donde estaban todos y caminar en la banquina de la ruta mientras el grupo de prensa oficial de ellos (los medios locales no podían acercarse) los fotografiaban y filmaban”, detalló el cronista que cubrió la visita del funcionario para La Opinión.
“Los minutos empezaron a pasar y, de a poco, llegaron los funcionarios de Salazar más algunos directores y los concejales de Cambiemos. En esa espera, el muchacho este de la prensa andaba a mil dando indicaciones a su grupo de prensa, que eran varios, y a los medios de San Pedro también (al del canal le acomodó la cámara). La espera seguía y los autos que iban llegando pedían que los estacionen atrás de la cámara para que cuando caminen y en la ronda de prensa no se vean y sí se vea la ruta”, continuó relatando a sus compañeros cuando regresó de la misión que en algún punto lo obligó a ser parte de la ficción.
“Cuando llega la combi de Dietrich, se bajan dos que venían con él a preguntar qué era lo que debían hacer y demás. En ese ínterin, uno de ellos se me acerca a preguntar quién era Salazar porque tenían que llevarlo con Dietrich. Ahí a Salazar lo pasearon un ratito. Lo hicieron ir para un lado y después a otro mientras los miraba con cara de ‘che, yo soy intendente’, aunque al final se tuvo que sumar”, resumió el periodista.
“Cuando por fin cargaron a Salazar en la camioneta van Volkswagen, lo llevaron 200 metros sobre la ruta y vinieron caminando mientras los filmaban y eso. Cuando se acercan, se paran frente a la prensa (el de prensa de ellos la había acomodado en un lugar tomando la cámara del canal como base y de ahí nadie se podía mover) y primero habla Salazar de la obra y después Dietrich que, sin mediar pregunta, lanza su discurso. Yo ahí me alejé porque me pareció una estupidez todo, y tampoco tenía nada para preguntarle en ese contexto. Me paré de lejos a ver. Lo que pude ver y notar es que el pibe ese que acomodó a toda la prensa grababa con un celular y hacía preguntas él. Las preguntas eran todas pavadas y centros para que Dietrich se luzca (una pregunta fue una afirmación de que la ruta ayudaba al puerto). Después cuando terminó el discurso, a Dietrich lo grabaron solo la prensa de ellos explicando lo realizado en la ruta y demás. Todo eso no superó los 20 minutos. En mi camino al auto pasa frente a mí el chico que manejaba todo y le dice a un compañero algo así como ‘ya nos sacamos esto de encima ahora vamos a apurarnos para ir a Zárate’”, concluyó. Horas después llegaba el video editado por el Ministerio con los fragmentos e imágenes de este episodio que se paga con fondos públicos, utiliza a la prensa local, distrae toda una mañana al gabinete y abusa de la credibilidad de vecinos. Como siempre, en la escena aparecen los micrófonos de los trabajadores de medios de comunicación que en cada ciudad tienen la obligación de asistir a cada convocatoria cada vez que se los invita a presenciar el bochornoso dispendio de dinero que cuestan estas visitas.
La semana anterior sucedió con una confusa invitación que citó a los periodistas a una conferencia de prensa en Río Tala; fue trasladada a la zona del CIC, tuvo una escala intermedia de asado en la
Casona de Turismo y culminó con otro resumen de imágenes donde se escuchó a una mujer humilde agradecer a “Don Cecilio por las escuelas, los jardines de infantes y las facultades (SIC)”, como si abundaran las universidades en la localidad.
Hace algunos meses la visita de otro alto funcionario llevó al séquito oficial a fabricar un grupo de pequeños deportistas para que expresen sus deseos y volvieron con la promesa de camisetas que nunca llegaron. En otra ocasión, la exministra de Salud de la Provincia Zulma Ortiz pegó el faltazo y dejó los micrófonos y equipos de audio que se habían instalado en el Hospital y decidió visitar sólo el Palacio municipal, donde un grupo de trabajadores despedidos de la Clínica San Martín le pidió un “tirón de orejas” para el por entonces nombrado Director del Hospital y accionista del sanatorio que luego contó con un salvataje de los socios de la Coopser.
También hubo canapé y manteles para reuniones con invitados cuyas nóminas se ocultan a riesgo de que se difunda que la mayoría va para representar organizaciones que carecen de representados.
Hay menciones especiales para lo que en términos comunicacionales denominan como “el equipo”, una especie de expresión de buena voluntad entre gente que no se respeta, no se quiere, sabotea el trabajo del otro y sonríe cada vez con un gesto que reconoce “cumplo órdenes, qué querés que haga”.
En síntesis, al autoritarismo de la década pasada, al ocultamiento del saqueo sistemático y organizado, ahora se le suma la hipocresía con la que se mece el cinismo de quienes deben mantenerse en silencio aunque con él pierdan su capital político en el territorio.
Hace poco más de un año, la vicepresidenta Gabriela Michetti conmovió al país con una carta que había escrito en la secundaria a un soldado de Malvinas. Llegó con sus guionistas a Puerto Madryn, se abrazó desde su silla de ruedas a un hombre emocionado y a las pocas horas los vecinos dieron cuentas de que esa persona no era ni excombatiente ni reservista. El país lo creyó, los vecinos de esa ciudad, no.
“¿Querés ficción?”, dijo el abanderado de los negocios turbios Leonardo Fariña, cuando por primera vez habló de las valijas del dinero de las coimas que blanqueaba a pedido de funcionarios kirchneristas. Pues bien, quien quiera ficción que preste atención; y, si le tocan el timbre, que se asegure con imágenes y grabaciones propias.
“Es exactamente lo que me acuerdo. La realidad es que fue un pseudoacontecimiento hermoso”, resumió el fotógrafo de este semanario respecto a la última convocatoria.
La suerte para los sampedrinos es que esta vez las obras están y quedarán. Sólo habrá que pagarlas.
