Preso de una adicción
Saúl Galarza se encuentra detenido en el Penal de San Nicolás vinculado por la Justicia al comercio de estupefacientes. Asegura que sólo es adicto y niega vínculos con la organización desmantelada el año pasado. La Opinión llegó hasta el pabellón 6 para recrear la historia de un hombre víctima de la dictadura cívico-militar, militante social con antecedentes penales, que logró reinsertarse y sostiene su inocencia.
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El 23 de agosto Roberto Saúl Galarza, de 39 años, cumplirá nueve meses detenido, vinculado a una banda de narcotraficantes que se dedicaba a la comercialización de estupefacientes. La madrugada del 23 de noviembre, hubo siete allanamientos en Baradero, San Pedro, Lima y Zárate. Detuvieron a cuatro hombres –entre ellos el principal imputado, Gustavo Sosa- y una mujer, luego de una investigación de cuatro meses iniciada por la Fiscal Gabriela Ates.
Entre los lugares allanados, estaba el domicilio de Galarza, un albañil víctima de la dictadura que supo tener trayectoria delictiva y que había decidido encauzar su vida tras cumplir condena por robo calificado hace casi diez años.
En el Pabellón 6 de autodisciplina de la Unidad Penal Nº 3 de San Nicolás, le contó a La Opinión cómo sus problemas de adicción lo emparentaron con esta causa.
Volver al pozo
Así definió Saúl a la cárcel: “un pozo donde la vida no vale nada”. Un periodista de este semanario llegó hasta la Unidad Penal donde, a metros de avenida Savio, dos largas filas de familiares y amigos de los detenidos aguardaban para ingresar. Llaman por grupo y color: “Del 112 al 120 turquesa”, gritó el guardia que miró por detrás de la puerta de ingreso a través de una pequeña ventana enrejada; apenas se le notaba el ojo derecho, parte de la nariz y la mitad de la visera de la gorra.
Para llegar hasta el salón de visitas, hay que atravesar dos rejas, cuatro controles policiales, un patio y otras cuatro rejas más. La luz de los pasillos parece sombra, igual que un negativo de fotografía, las siluetas de los presos se recortan, el chirrido de la puerta de hierro impresiona como un grito. Toda oscuridad y silencio se rompe al llegar al improvisado comedor instalado en el gimnasio de la escuela del penal. Parejas abrazadas o tomando mate, pequeños que corren jugando, cumbia retumbando contra las paredes. Saúl Galarza recibe a sus visitas con un abrazo.
Bastó preguntarle “cómo estas” para que se quiebre en llanto. Durante tres horas contó la historia de su vida, desde aquella noche en 1976 cuando la Dictadura secuestró a su madre; el día que lo separaron de sus hermanos; su trayectoria delictiva y el costo social que tuvo que “pagar” para “ganarle al sistema”, un logro del que se enorgullece.
“El tuerto Saúl” y Saúl Galarza
Perder un ojo a los tres años no solo le valió crueles apelativos de sus compañeros de escuela, sino el apodo que llevaría por muchos años: “El tuerto Saúl”. En sus palabras, un hombre “sin miedo a enfrentar a cualquiera, sin importar contextura física, y por cualquier cosa. Con resentimiento y con bronca. Un tipo que te pegaba una piña sólo por mirarlo. Un adicto que salía con mujeres para que le consigan droga, que no le importaba nada ni nadie, que perdió dos hijos por llevar la vida que llevó y que terminó en cana por un robo”.
Saúl fue condenado en 1999 a 5 años de prisión por un robo calificado. Pasó tres años y ocho meses detenido en el mismo Penal y cumplió el resto en libertad condicional. “Cuando salí de acá me juré no volver nunca más”, aseguró Galarza, y así fue durante nueve años.
Cuando regresó a San Pedro se sorprendió al saber que tenía una hija a punto de cumplir cuatro años. “Ahí la cabeza me hizo un click, no podía ni quería volver a repetir la historia y perder otro hijo”. Desde entonces, él y Vanesa, su esposa, se arreglaron como pudieron. Mientras ella trabajaba por 50 pesos a la semana, él cocinaba y rifaba tortas, cuyos números eran comprados por los propios vecinos.
Se hizo cargo de un hijo que tenía su pareja con otro hombre y al poco tiempo tuvieron su tercer hijo. Comenzó a trabajar como albañil junto a su hermano, hasta que aprendió la profesión y sintió que podía independizarse, así lo hizo, mientras su esposa logró un trabajo fijo y se enamoraban de la música en el Conservatorio.
Saúl Galarza no volvió a tener problemas legales durante nueves años, “ni siquiera me pararon por averiguación de identidad”, aseguró. Lamentablemente para él, los antecedentes penales caducan luego de diez años de no verse implicado en ningún hecho, período que alcanzaría en febrero próximo.
“La Justicia no tuvo en cuenta todo lo que progresé en estos años, cómo le gané a este sistema de mierda. Me encerraron por una adicción” se quejó.
Saúl Galarza es un militante social apartidario que fundó un comedor, trabajó para sacar adelante a su barrio y al club Independiente, en el cual juega al fútbol su hijo de 7 años; impulsó un ciclo de cine gratuito con el que junto a otros compañeros recorrieron barrios de San Pedro acercando en algunos casos por primera vez a un chico a la pantalla grande.
Víctima de la dictadura
Tenía tres años cuando en 1976 sus padres fueron secuestrados por la dictadura cívico-militar. El y sus hermanos fueron alojados en la comisaría local, presos como cualquier adulto, hasta que a los dos mayores, ‘Tachuela’ y Daniel Magariños, fueron a parar al Instituto de Menores Melchor Romero.
Saúl Galarza y su hermana Fabia fueron trasladados a un orfanato de la ciudad de Buenos Aires. Cuatro años y medio más tarde, los hermanos volverían a reunirse y se encontrarían con su padre. Para ver llegar a su madre tuvieron que esperar varios meses más.
Durante su estadía en el orfanato fue sometido a las peores de las crueldades. Una madrugada Saúl, con cuatro años, se orinó en su cama y las autoridades del lugar decidieron que debía salir al exterior, el pleno invierno, sin ropa, a lavar las sábanas. “¡El hijo del subversivo!; ¡Tuerto!”, eran los apodos entre los que Saúl creció.
“Cuando me escapé, empecé a viajar en tren. Iba de Buenos Aires a Rosario y siempre me hacía de una cartera o una billetera, después me bajaba en San Pedro”, describió Galarza a La Opinión sobre parte de su infancia y agregó: “Fui creciendo, conocí la droga y un día me pusieron un arma en la mano, no me negué y me comí cinco años, que fueron los peores después de lo que viví de chico”.
Detalles da la causa
El caso estuvo a cargo de la Fiscal Gabriela Ates primero y luego de Marcelo Manso, que este miércoles la elevaba a juicio. Mientras tanto, Galarza permanece detenido acusado de “comercialización de estupefacientes” e imputado debido a los elementos encontrados en su vivienda y a una serie de escuchas telefónicas que mantenía con el baraderense Gustavo Sosa, principal imputado.
Ambos fiscales, en distintas oportunidades, denegaron la prisión domiciliaria –una atenuación de la preventiva– por sus antecedentes penales.
Galarza brindó detalles sobre la noche de los allanamientos de la madrugada del viernes 23 de noviembre pasado. La policía buscaba marihuana, cocaína, balanzas de precisión y armas. Sólo hallaron hojas secas y una “piedra” para consumo personal.
Uno de los testigos fue el concejal Fabio Giovanettoni, quien vive en frente y llegaba de su trabajo en Papel Prensa cuando escuchó los gritos de Vanesa, la esposa de Saúl.
“Cuando llegué Vane me dijo que los estaban allanando y me pidió que sea testigo”, aseguró Giovanettoni a La Opinión y agregó: “Primero no me querían dejar pasar a la casa, porque ellos habían llevado un testigo –dudoso, según las palabras de la esposa de Galarza– y cuando les dije quien era me dejaron entrar”.
El Concejal siguió a los policías de habitación en habitación anotando lo que sucedía. “Esa noche encontraron una bolsa con unas hojas y una especie de piedrita y 60 pesos”, indicó el edil. Consultado por la balanza que figura en la causa, aseguró: “Eso fue increíble, después me enteré que la habían puesto. La balanza la trajo ‘Beto’ –padre de Saúl– desde su casa. Hacía unos meses habían cerrado el almacén y la tenía guardada en un galponcito. Cuando la policía encontró la marihuana no tenían cómo pesarla y querían ir a una farmacia, entonces el padre de Saúl les dijo que tenía una balanza y fue a buscarla”. Además, durante la entrevista en el penal Galarza explicó que intentaron “secuestrar y poner en la causa un arma” encontrada en su vivienda, algo que el edil certificó: “Sí, la de la play station”. Giovanettoni nunca fue citado a declarar por la Justicia.
El abogado defensor de Galarza, Hugo Lima (hijo), dialogó con La Opinión y aseguró que la imputación de su defendido carece de argumentos, que las “escuchas telefónicas son recortes” de las comunicaciones entre Galarza y Sosa ya que tenían que ver con su actividad de albañil: tres meses antes de su detención trabajó en la vivienda de Sosa. “Yo tengo fotos en el celular de esa obra, el paso a paso”, indicó el detenido.
Según Lima, la Justicia no tiene en cuenta algo fundamental: “Para que sea considerado un comerciante, tiene que tener un beneficio económico y Saúl no lo tenía. Es un tipo humilde con una adicción”, explicó y agregó: “Las escuchas, son del estilo ‘traeme una bolsa de cal que no quedó más’ o similares, que la Justicia considera como sospechosas, pero que coinciden con su trabajo”.
