"Preguntas de turistas molestos": la experiencia en San Pedro de una escritora, plasmada en un libro
Alejandra Zina incluyó un relato sobre San Pedro en su libro "Íntima distancia". Allí, entre el paisaje, el casco histórico y las bondades gastronómicas, relata el paso de una turista que nada sabe de la ciudad, al igual que el mozo, la chica de la panadería o la empleada municipal del área de Turismo que la atendió.
La reconocida escritora Alejandra Zina incluyó un relato sobre su visita a la ciudad de San Pedro en su libro Íntima distancia (Dábale Arroz, 2021), entre aguafuertes, apuntes de viajes y otras formas de hacer anotaciones para la creación literaria.
El texto relata el paso de una turista por el casco céntrico y la costanera, celebra bondades gastronómicas como la ensaimada y el pescado a la parrilla, pero advierte que mozos, dependientes de panaderías y hasta empleadas de Turismo parece que no saben mucho de la ciudad que habitan.
“Podíamos ser unos sampedrinos más y evitar las preguntas de turistas molestos”, dice la narradora en el texto.
El relato y su contenido fueron revelados, en medio de su tarea de catalogación de material, por la Biblioteca Popular Rafael Obligado, que compartió en un posteo este martes la tapa y el texto sobre San Pedro del libro de Zina, que se reproduce en esta nota.
Alejandra Zina (Buenos Aires, 1973) es una escritora argentina autora de cuentos y relatos que también publicó reseñas y notas en revistas especializadas nacionales como Ñ, Mil Mamuts o El Ojo Mocho, así como en publicaciones españolas. Coordina desde hace más de una década el reconocido ciclo de lecturas de poesía y narrativa Carne Argentina.
Su libro Íntima distancia repasa historias en pueblos como Mercedes o Bolívar, viajes a los Esteros del Iberá, hoteles familiares o de estación, entre las que aparece la de San Pedro como única que tiene el nombre de la ciudad en el título.
A continuación, el relato completo de Alejandra Zina, incluido en su libro Íntima distancia, publicado por la editorial Dábale Arroz en 2021:
San Pedro
El fin de semana conocí San Pedro. Las ciudades ribereñas se me hacen rápidamente encantadoras, tienen desniveles, barrancas, son sinuosas, hay árboles por todos lados y algún barco encallado. Las pampeanas tienen que ganarse el encanto con más esfuerzo y algunos secretos.
Definitivamente no hay ensaimada como la sampedrina (un cráter de crema pastelera) y el pacú a la parrilla arranca suspiros. Pero pasó algo que me llamó mucho la atención. Le preguntamos al mozo de la parrilla donde comimos el pescado en qué calles estábamos y no supo decirnos, la empleada de la panadería donde compramos la ensaimada tampoco sabía cuál era el cruce de calles en donde estaba el negocio en el que ella trabajaba y la mujer de la Dirección de Turismo no sabía dónde quedaba la casa del escultor más importante de la ciudad (tampoco estaba seguro de a qué hora abría la iglesia), la moza del bar donde tomamos la cerveza no sabía decirnos dónde encontrar un kiosco abierto.
Era como si todos ellos hubiesen llegado un rato antes que nosotros y no tuviesen la menor idea de dónde estaban. Hacían su trabajo y ponían caras de sentirse presionados por nuestras preguntas. No sé si era una ventaja o una desventaja, pero eso nos hacía un poco menos extranjeros, como si hubiésemos venido todos juntos en éxodo, refugiados de alguna catástrofe natural.
Podíamos sentirnos libres de recorrer la ciudad sin saber nada, o casi nada de ella. Podíamos alquiler bicicletas, como finalmente hicimos, y recorrer la costanera de punta a punta sin saber cuándo se habían formado las barrancas junto al Paraná, ni quiénes habían habitado las hermosas casas art noveau de la calle que desembocaba en la plaza principal. Podíamos ser unos sampedrinos más y evitar las preguntas de turistas molestos.
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