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    Por qué quedó el andén vacío

    Querido David Pujol: Acordé con tu nota de la semana pasada EL ANDÉN VACÍO, y como alguna vez dijiste que te habría gustado ser alumno mío, te comento que en una de mis clases de economía política, contaba mis experiencias con el tren, porteño enamorado de San Pedro, hasta que me casé con una sampedrina. Así fue como a partir de 1942 viajaba desde Buenos Aires más de un Sábado para regresar el Domingo, en vagones escrupulosamente limpios del entonces Ferro Carril Central Argentino, que eran de capital inglés y otros del francés. Era característica la puntualidad británica, el boleto de 2ª clase costaba $ 6 y el de 1ª $ 9. Tanto es así, que en un viaje iba en el mismo vagón con Julio César, conocido martillero de la calle Mitre y Don Antonio Santamerina, líder del Partido Demócrata Nacional (conservador, como Julio César). Acertó a pasar el chocolatinero pregonando “Los últimos tres, los últimos tres”, exhibiendo los tres chocolatines en su mano, en tanto Don Antonio Santamerina  le dijo a Julio César “ che, lo estará diciendo por nosotros...” y Julio respondió “ no Antonio, que éste es socialista”. Eran tiempos de convivencia política, sin lugar a dudas. En otro vagón se reunían los comisionistas, personas que viajaban a Buenos Aires cumpliendo con encargos o compras que les encomendaban los pobladores de aquella línea férrea. Así era característica Doña María Colicigno, más conocida como María “Culichini” por la itálica pronunciación de su apellido, y se bajaba en Baradero, luego de parlar todo el viaje en tono alto. En San Pedro se bajaban Cuenca, Garibaldi, fundador de Casa Tita, y Ramón Chediak, que tenía la Ropería El Gaucho en Mitre 659. El viaje solía ser entretenido, para mí por llegar pronto y los demás por lo que sigue. Partía el tren de Retiro y Garibaldi ponía su valijita sobre las rodillas, sacaba de ella una mazo de naipes, distribuía cuatro  y “Vamos muchachos, empezó la timba”. Pasaba el guarda, disimuladamente recibía unos pesitos, con la consigna de avisar “Guarda que viene el chancho”, si pasaba el inspector... y todos quietos, baraja en la valija. Era casi seguro que casi todos trabajaban para Garibaldi, en el sentido del decir popular “les juntaba las cabezas” en el monte criollo. Alguna vez la muchachada, siempre escasa de recursos, entre tres compraban un boleto, previo al paso del guarda los tres se metían en el “baño” (donde bañarse era imposible), y al golpear la puerta, seguía el “ocupado”, la aparición de una manita con el boleto y el guarda lo picaba ... Llegados a San Pedro, había hasta un changador en la estación, ataviado de uniforme  y gorra a cuyo frente ostentaba una chapa de bronce con el Nº1 (porque no había otro).  Afuera estaban las volantas al servicio de los comisionistas, o el “Bondi”, un colectivo que nos llevaba al centro de San Pedro. Ya había pasado la revolución del 4 de Junio de 1943, derrocado el Presidente Ramón S. Castillo, y el 2 de Enero de 1944, cursando 1er. año de la Facultad de Ciencias Económicas, me incorporé voluntario al Curso de A.O.R. Aspirantes a Oficial de Reserva, el último de “tres meses de vacaciones pagas por el Estado en Campo de Mayo”. A fin de año llamaron a filas a todos los cabos y subtenientes y se acabó la franquicia, un año de servicio en tierra o dos en marina. Tuve suerte, el 30 de Marzo egresaba como Cabo 1º Jefe de Pieza de Artillería, dejando en el cuartel 23 kilos de mi vigorosa humanidad de diecinueve años, convertida en sudor y lágrimas, porque había “jurado defender la patria hasta perder la vida” ... pero no hizo falta. El 24 de Febrero de 1946 voté por primera vez y salió electo presidente el Coronel Juan Domingo Perón. Declaro que jamás voté por el que ganó... pero igual sigo creyendo en la democracia. Una medida trascendente del nuevo gobierno fue la compra de los ferrocarriles, aún faltando poco para fenecer el plazo de 99 años en que habría concluido la explotación por los ingleses. Era el año 1948 y en la estación Retiro habían traído  la locomotora LA PORTEÑA desde el museo de Luján, y el ministro Pistarini presidía la ceremonia. Al pie del palco un entusiasta de la causa atronaba el ambiente con su bombo y no dejaba articular palabra al Gral. Pistarini que estalló “¡Agente, a ese del bombo, métalo preso por comunista!”. El gestor de la compra fue un empresario de mala fama, Miguel Miranda, cuyo busto estuvo a la entrada de Retiro, hasta que fue reemplazado por el de Bartolomé Mitre (si es que aun sigue). Lo que no siguió siendo bien fueron los ferrocarriles. Con el asunto de que “ahora son nuestros”, los guardas, quizá mal remunerados, empezaron a aceptar “unos pesitos” en reemplazo del boleto. Así se creó en San Pedro la U.V.A. Unión Viajeros Acomodados (de la que no formé parte por no viajar a diario) que por la suma de $ 2  se hacía el trayecto hasta Retiro. Tiempo después, en un cambio de trenes en Cañada de Gómez, fui testigo de que el guarda se llevó toda la gente de la boletería al grito de “¡Vamos muchachos que el tren no espera!”, con la desesperación del boletero gritando “¡Te espero a la vuelta desgraciado, o te reviento!”. El inspector ya no era necesario... porque también “iba prendido”. En la propia estación de San Pedro, un domingo a la noche, sonó la campana, pitó el guarda, pero el tren... ni enterado. Sonó nuevamente la campana, sonó el pito, y nada tampoco. Inspector y guarda fueron hasta la locomotora y asomado el maquinista se le oyó “El tren no sale si yo quedo afuera”. El inspector dijo “Tranquilo, en Retiro arreglamos...”. Para la gente aquello era ya normal. Pitó la locomotora, subimos precipitadamente al tren... y así fue que quedó EL ANDÉN VACÍO. Han pasado ya 60 años y los ferrocarriles siguen siendo nuestros, como lo volverá a ser Aerolíneas Argentinas, como lo será el tren Bala...si es que no sale el tiro por la culata. En este tiempo hemos probado todo tipo de conducción económica, cuanta receta milagrosa nos habría de llevar al paraíso del bienestar, nada parece haber dado resultado positivo, más que para algún aprovechado. Al abrazar la docencia por casualidad, tuve ocasión de ver cómo se empezaba a deteriorar la educación, a desestructurarse la familia, y los “jóvenes idealistas” pretendieron cambiar la situación por la violencia. Al decir “jamás voté por el que ganó”, no me exime de responsabilidad por lo que pasa en mi país, eso es lo que me ha llevado a una profunda decepción de la política tal como hoy la practican, pero tambien a dejar mi país, pero no “abandonarlo”, a pesar de que mis fuerzas ya declinan. Así como en San Pedro quedó EL ANDÉN VACÍO, Dios ha de querer que no dejen EL PAÍS VACÍO. Miguel A. Bordoy P.S. Al momento de concluir esta nota (02/09/08 hora 16.30 en España), me llega la noticia de que los pasajeros están quemando cuatro vagones en medio de serios incidentes, entre las estaciones de Castelar y Merlo. No es la primera vez que esto sucede y cada vagón vale un millón de pesos. La gente reacciona contra trabajadores que quizá son tan víctimas como los pasajeros y no contra los Verdaderos culpables que se escudan siempre al amparo de los impresentables que desagraciadamente abundan. Se acabaron los tiempos en que un auxiliar de tráfico del ferrocarril, Don José M. Mollar, tenía su casa junto a la estación y allí crió a sus hijos, Miguel Ángel y Eduardo, dos de mis queridos alumnos. Eduardo lamentablemente falleció, y Miguel Ángel, luego de pasar como Prefecto de San Pedro, es hoy uno de los principales jefes de la Prefectura. Así se hace Patria. En un país en desorden no hay futuro.

    10 de septiembre de 2008 | 00:00
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    • Edición N° 858
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