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    POR QUÉ FUI MAESTRO

    22 de octubre de 2008 | 01:00
    POR QUÉ FUI MAESTRO

    Corrían los años 60 del pasado siglo, cuando las autoridades de educación de aquellos tiempos decidieron que había demasiados maestros, no advirtiendo que había pocas escuelas y por tanto sobraban los maestros, que entonces obtenían su título con cuatro años de estudios secundarios en las Escuelas Normales, y salían tan bien preparados como para ponerse al frente de cualquier grado primario y hacer de aquel grupo de no más de unos 30 chiquilines futuros hombres y mujeres de bien. Así fue como una muchacha sampedrina obtuvo su título de maestra y se marchó, nada menos que a Comodoro Rivadavia, con sus escasos diecisiete años y un flamante título que la habilitaba para ganarse dignamente la vida y hacer tanta obra de bien como pudo hacer el propio Sarmiento.
    Siguió estudiando permanentemente, al tiempo que enseñaba a otros las bondades del estudio, haciendo una carrera que, en pocos años más, le habría de permitir llegar a la dirección de aquella Escuela Normal que le había dado sus primeras armas y enaltecería con su brillante labor y tenacidad en el esfuerzo.
    Así llegó el año 1969 y las autoridades educativas advirtieron que esos años sin maestros no habían mejorado la situación, antes al contrario se hacía más que necesario dotar de otro sistema de mayor eficacia, para que la educación primaria retomara el camino que jamás debió abandonar. Así fue que vino a San Pedro el propio Director General de Educación, Prof. Reynaldo Ocerín, para hacer conocer a profesores y estudiantes las bondades del nuevo sistema, mediante una eficaz labor de propaganda que justificase la apertura del nuevo método de estudios de nivel terciario.
    Yo, que había descubierto la docencia por casualidad una década atrás y en mi calidad de provisorio dictaba las asignaturas a las que me habilitaban mis estudios de ciencias económicas, asistí a las explicaciones del Prof. Ocerín, hasta que el chofer que le había traído a San Pedro, llegó para avisarle que aun había un buen rato de espera en el taller donde le reparaban una avería. Así fue que la Directora Prof. Sotil de Pujol y yo le acompañamos en su trayecto por la calle Güemes a la salida de la escuela, y a escasos metros al detenerme frente a mi domicilio, sabiendo el Prof. Ocerín que yo no tenía ningún título docente, providencialmente dijo: “Porqué no aprovecha, viviendo tan cerca,  se inscribe en estos cursos y en un par de años tendrá Ud. su título docente”.
    Aduje que a mis 47 años casi no valía la pena … La reflexión de Bertha, nuestra querida y recordada Bertha, fue decisiva: “Yo de Ud. no lo pensaría dos veces.” En marzo de 1970 a las 17.30 dejaba mi empaque de profesor en la Escuela de Comercio y me convertía en alumno de la sección de la Escuela Normal, donde algunas de mis compañeras, mucho más jóvenes se convertían en mis profesoras.
    Aquellos dos años que me convertirían en profesor para la enseñanza primaria fueron un volver a vivir aquellos tiempos de escuela secundaria, en compañía de condiscípulas que no pasaban de los dieciocho años, salvo algunas algo mayores que aprovecharían la oportunidad que se les ofrecía.
    Jamás olvidaré una práctica en el 3er. grado que cursaba mi hija menor, María Antonia, y habían aprendido a dividir. Como para lucirme, la hice pasar a ella al pizarrón, a sabiendas de que en casa no fallaba nunca, pero no preví que en casa yo no era el maestro, ni su hermana, diez años mayor, era parte de sus compañeros. Supervisaba la clase la maestra Sra. de Nahon, la Sra. de Buscemi, y la práctica la severísima profesora de Teoría y Práctica de la Educación, Doña Elisa Bertha Sotil de Pujol. Debí advertir que la tiza temblaba en las manos de mi pobre hija, dicté la operación de dividir y no salía … no salía … y no salió. Los compañeros de clase salvaron la situación por aquello del espíritu de cuerpo, en tanto yo, el responsable del desaguisado, por algo será que no recuerdo que anotó mi estimada profesora como crítica de la clase, pero estoy seguro de que su espíritu docente se hizo cargo de la situación.
    Otra anécdota que la pinta a nuestra directora en la plenitud de sus facultades docentes, en el más amplio sentido. Eran tiempos de cambio a los que los mayores nos resistíamos, pero los jóvenes, los que impulsan esos cambios no cedían. Así como teníamos profesores como el Sr. Weiss, de filosofía, impecable en el hablar y en el vestir, teníamos otro mucho más joven, de cabello largo y vestido de “jeans”, cuya asignatura no recuerdo (quizá porque duró poco). Apenas iniciada la clase  entró al aula Doña Bertha, se acercó a su “colega” y en voz apenas audible le propuso “¿Piensa Ud. seguir viniendo a clase así vestido?”. Como la respuesta fue “Sí” la réplica de Bertha fue “Entonces no venga más …” Ni se despidió ni vino más, quisiera creer que no tenía vocación docente, por más de aquello que el hábito no hace al monje.
    Finalmente llegó la graduación, pasados los dos años de grato aprendizaje. Tenía ya mi título de “profesor para la enseñanza primaria”, el único título docente que me permitió desempeñar la dirección del Colegio Parroquial “San Luis Gonzaga”, casi al tiempo que ya me llegaba la jubilación de la docencia ejercida “por casualidad”. Agradecido estoy a Doña Bertha que me decidió con aquella simple frase “Yo no lo pensaría dos veces”.
    Hasta que llegó el día que Bertha enfermó de una gravedad apenas advertida. Por más que su horario vespertino le aliviaba de los fríos matutinos que hacían amoratar sus manos que a duras penas sostenían ya la tiza, nada que no fuese la gravedad de unos pocos días, hacía presagiar un desenlace inevitable. Los fríos del invierno empezaban a dar paso a las templadas tardecitas primaverales, pero finalmente cedió aquel espíritu valiente y abandonó aquel cuerpo que velamos en el patio cubierto de la Escuela. No sé quien sugirió que yo debía pronunciar las imposibles palabras de la despedida. Mi relación con Bertha ratificaba el afecto que nos profesábamos mutuamente, y así como debió hacer Zorrilla ante la tumba de Mariano José de Larra, me atreví a darle el adiós que todos quienes aprendimos algo de ella lamentaríamos por vida el no tenerla más a nuestro lado.
    Seguir la relación con los hijos de Bertha: Sergio, Fernando y David, dedicado a la docencia … no podía fallar, el espíritu de Bertha vela por nosotros y volcamos en San Pedro lo que aprendimos de ella, mientras sigue descansando en paz.

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    Miguel A. Bordoy

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