A la luz de decisiones importantes es escasa o nula la participación de ciudadanos, aun en casos en los que de una votación dependen sus placeres o padeceres.
Es que los esquemas con los que la democracia nos otorga oportunidades deberán necesariamente mutar de la analógica presencia a la presencia digital. No es exagerado, sino necesario para legitimar aquello de lo que luego nos vamos a lamentar pública, privada, individual y colectivamente.
Quien administra lo privado no necesita más consulta que la propia. Tenga un kiosco o una gran empresa, sabe que de sus pasos y de los riesgos que corra dependerá que el público elija sus servicios o productos y lo transforme en éxitos o fracasos, que obviamente podrá corregir pero sin auxilio de nadie. Lejos de Atenas y de la hermosa asamblea griega en la que el pueblo –libre, claro– decidía levantando la mano, está ahora la comunidad virtual que opina, reclama, critica y hasta acusa sin mover más que el dedo que le da “click” a su existencia.
Cuidado. No es el sistema democrático el que está en crisis sino su implementación para aquellas células básicas que le dan subsistencia a las necesidades colectivas.
Herramientas como clubes, cooperativas, sociedades de fomento y hasta grupos de autoayuda tienen mayores chances de encontrar seguidores en Facebook que en el tiempo real que implica asistir a una asamblea que se convoca casi en secreto para garantizar que siempre sigan los mismos y con la complicidad de los que prefieren una brutal indiferencia al letal peso que implica decidir por los demás y con dinero ajeno.
Dos ejemplos claros de la clara apatía popular tienen sus mejores emblemas en la Coopser, que está a punto de comprar una clínica fundida con los millones de pesos que les costará a los socios que no pueden pagar la luz y no acceden a los servicios de salud públicos, y en el club Náutico, que se apresta a adquirir un predio para extender sus instalaciones porque ya no resiste la llegada de nuevos socios.
La diferencia entre una y otra organización es ostensible. A una hay que asociarse por obligación y a la otra por deseo. La coincidencia trágica también es llamativa: una tiene delegados barriales que avalan a un Consejo de Admnistración que ha olvidado muchos de sus deberes solidarios; el otro tiene menos del dos por ciento de sus socios firmando un cheque para una operación inmobiliaria que se asemeja al sueño que tuvieron aquellos que construyeron una sede de madera sobre la laguna, cuando llegar a la costa quedaba “muy lejos”.
En ambos casos el ciudadano piensa que hay una estrategia elaborada de antemano, un plan, una estadística con la que el Estado local se maneja para asesorarlas sobre conveniencias a una de meterse a la prestación en un sistema de salud que no encuentra resuello en el lado público y a la otra en una cuestión urbanísitica clave para el desarrollo de una ciudad que siempre termina creciendo al ritmo del loteo descontrolado al que luego no se le pueden proporcionar servicios, seguridad, transporte, alimentos, agua, gas y cloacas.
Tal vez, algunos sistemas de consulta popular no vinculantes representen un riesgo para una dirigencia que siempre prefiere quedarse a irse. Sea por cuestiones de prestigio, poder o encumbramiento, tomar responsabilidades hasta en una cooperadora escolar es un modo de asumir compromisos que luego son muy fáciles de cuestionar.
Quienes creemos que la prensa, además de informar, debe ser un estímulo para el pensamiento o una provocación para lo prestablecido, nos animamos a invitar a cuestionar los mecanismos que por ejemplo han abierto la posibilidad de que un simple ciudadano pueda sentarse en la banca de un concejal para plantear sus opiniones sin que hayan asistido más que un puñado de ciudadanos inquietos por las mascotas, la ecología o el basural. En la otra punta se ubican las manifestaciones que despierta algún hecho de inseguridad que haga masiva la concurrencia o las convocatorias populares con consignas que en otros tiempos arrastraban convicciones y hoy parecen desfiles de oportunistas y, en el peor de los casos, hasta de violentos golpeadores que defienden el o los derechos humanos que violan por acción u omisión en sus conductas particulares y, aún peor, en las públicas.
De allí a los inscriptos en el registro de Mayores Contribuyentes que decide ni más ni menos que el endeudamiento de la comuna o el importe de las tasas que se pagarán anualmente a la comisión barrial que intenta construir una escuela sin más herramientas que varias familias de voluntarios que entregan su tiempo libre para ayudar a los demás.
Hay que pensar y animarse, no a sustituir pero sí a intentar que del mismo modo en que alguna vez se juntan en una noche más de 5000 voluntades en un grupo de alguna red social, sea para protestar, vender, canjear, hacer donaciones, ayudar, rezar, contribuir, darse a conocer, buscar pareja, recibir clases de reiki o métodos de superación personal, podría comenzar la acción de quien comience a consultar a quienes estén dispuestos a certificar su identidad puedan aproximarse al mundo de las decisiones que lo involucran.
Como sólo ejemplo, dos preguntas que surgieron en esta redacción durante las últimas semanas:
Si los socios de la Coopser pudiesen votar de manera directa el desembolso de una fuerte suma de dinero para la compra de un sanatorio y la constitución de una obra social, ¿darían su visto bueno?
Si la mitad de los socios del club Náutico queexpresaron todo tipo de opiniones virtuales hubiesen ido a la sede que ahora “les queda cerca” para pensar en ampliar el destino de la entidad que los alberga, ¿cuántas personas deberían haber estado presentes en la asamblea?
Son sólo conjeturas, preguntas sin respuesta, pero el intento de transitar un camino hacia la legitimación de decisiones colectivas que con el correr deltiempo suelen dañar a la sociedad con consecuencias irreversibles.

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