PICNIC DEL DÍA DEL ESTUDIANTE (IV)
N de la R: Esta es la cuarta y última parte de “Picnic del Día del Estudiante” que por razones de espacio no pudo ser incluida en la edición anterior (Nº 888)
En la estación, atentamente despedidos por los profesores y no tanto por los acompañantes de Pando, subimos al tren y en profundo silencio todavía, las guitarras no salieron del estuche, y en Retiro cada cual se fue para su casa.
Al día siguiente en el colegio no se pudo dictar ni la primera hora. El rector recibió a los “directivos” en su despacho y nos felicitó por la buenas noticias que le transmitíamos, principalmente por nuestro comentario de la costumbre sampedrina de celebrar el picnic estudiantil con los profesores, así fue que muy seriamente dijo que había sido una imprudencia permitirnos viajar sin más que la autorización de nuestros padres, pero igual celebraba que no hubiese ocurrido ningun incidente … digno de mención.
Con el resto del alumnado hacíamos alarde hasta de conquistas femeninas, mientras Julio César guardaba un prudente silencio. Nos dominaba la euforia de haber sido los pioneros de lo que con el tiempo se llegó a denominar viaje de estudios o de fin de curso (a las discotecas de Bariloche).
Así llegamos al fines de noviembre y teníamos que rendir el último cuatrimestral escrito. Mientras tanto se había producido el sorteo de nuestra rifa recaudadora de fondos y como yo era uno de los que más había vendido boletas en la oficina de la empresa en que mi padre trabajaba, esperaba que algun ganador apareciera … pero pasados varios días, nada. Como habíamos numerado las boletas con un sello numerador automático, astutamente había guardado dos o tres boletas sin numerar, que las había impreso un primo de mamá, linotipista. Aproveché el sello numerador y a una le estambé el número premiado y lo presenté a mis compañeros “Che, apareció el ganador y no habrá más remedio que comprar el reloj”. La respuesta no se hizo esperar “Y quién te mandó vender tanto …” No cabe duda que ya estábamos más que capacitados para ser unos perfectos peritos mercantiles (caras duras).
Nos cabía el honor de haber participado en la única huelga estudiantil para asistir al sepelio del ex presidente Dr. Roberto M. Ortiz, marchando desde la esquina de la Av. Montes de Oca y Australia, sede de la Escuela de Comercio, hasta la Recoleta, al grito de “Lo mató el pillo, viejo Castillo” (Vicepresidente conservador) y corridos por los “cosacos” (policía montada).
Mientras me había preparado en la Academia Marque, de mi profesor de matemática de 4º año Don Pedro Marque, para ingresar en la Escuela Naval y Julio César Debenedetti para ingresar en el Colegio Militar, ambas instituciones creadas por el gran Sarmiento. Yo desistí por causa de mi madre que opinaba que me perdía puesto que era hijo único. Mientras Julio César recibió al tiempo su sable de subteniente. Por su afán de avanzar rápidamentre en su carrera militar pidió ir a la Antártida. Allí con un trineo cumplía una misión cuando se le alborotaron los perros que lo tiraban y en el entrevero le arrancaron una bota. A duras penas pudo regresar a la base y de allí lo evacuaron a Ushuaia donde le amputaron un pie. Trasladado al Hospital Militar le tuvieron que amputar la pierna gangrenada y a los pocos días falleció.
Faltan unos cuantos de aquellos 26 que hicimos el picnic en San Pedro. Aquel día ni por asomo se me pudo ocurrir que en 1958 volvería al ya Colegio Nacional (Sección Comercial Anexa) de San Pedro, como profesor, y con aquella compañera que era Lita Mantovani evocaríamos lo que pudo haber sido y no fue …Julio César Debenedetti.
Sólo pido tener vida, salud y humor para contar otro día mis andanzas de profesor en San Pedro, con célebres clases evocativas y todo lo que pueda deducirse. Hasta siempre.
Agradezco a LA OPINIÓN, desde la lejanía de Mallorca, permitirme estar en San Pedro todos los miércoles.
Miguel Antonio Bordoy Matheu

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