Conocía San Pedro desde muy chico, porteño de nacimiento, a los pibes medio raquíticos, los médicos recomendaban que nuestros padres nos llevaran al campo. Mamá tenía un matrimonio Nicolau – Manresa, ella hija de un primo suyo, y él encargado de la viña y bodega de Don Juan Roselló, frente a la quinta de Francisco Vidal, con dos hijos de mi edad, Jaime y Antonio, con quienes pasaba mis tres meses de vacaciones. En tiempos que no había automóviles como ahora, los parientes del campo se visitaban por lo menos una vez al año en sulky o en charret desde San Pedro hasta Arrecifes o Capitán Sarmiento, para comer un asado y regresar con la digestión atravesada porque los chicos nos habíamos metido en el agua del arroyo o la del río.
En Buenos Aires no existía la coeducación, había algunos pocos colegios privados con varones y niñas, pero en la Escuela Superior de Comercio “Dr. Joaquín V. González” éramos todos varones, en 5º año había cuatro divisiones , y desde 4º año a los más “serios”, nos designaban como celadores honorarios y los de 1º a 3º nos daban tratamiento de “señor”, así como lo leen. Aplicábamos amonestaciones como el más profesional de los celadores,`pero eramos tan comprensivos (a veces) como el manco Puntoni o el viejo Corti (que era sampedrino, como dijera Don Segundo Sombra, “el que no es mulato es chino”).
Habíamos pasado las vacaciones de invierno y había que empezar a preparar el Día del Estudiante. Ya cansados de ir a sitios como Quilmes, Punta Lara o parajes menos recomendables, válido de mi conocimiento de San Pedro, propuse a los compañeros “directivos” hacerlo en grande, puesto que el 21 de Septiembre de 1942 era Lunes, era cuestión de faltar al colegio el Sábado 19, sí señor, los Sábados y en turno tarde íbamos a clase como cualquier otro día, y desde 1941 que nos dieron un edificio nuevo con pileta de natación climatizada, cuya tapa corrediza era el piso de la cancha de básquetbol, hasta íbamos por nuestra cuenta algún Domingo y a pesar de la bronca del portero.
Para un viaje y picnic de tanta envergadura harían falta fondos, y encontramos la manera… Celadores honorarios, exacerbamos el celo, a la menor infracción de los “menores” de 1º a 3º, amonestaciones en ristra… Siendo estudiantes de economía política, organización del comercio y de la empresa, el canje era otra de las soluciones. Habíamos ideado la rifa de un reloj y ya habíamos agotado las reservas de nuestros padres y amigos, pero aún quedabn varios talonarios … y había que venderlos. El sandwich del recreo valía $0,20, la rifa $ 0,20, una semana sin sandwich era razonablemente mejor que cinco amonestaciones, y en la caja picniquera ingresábamos un peso moneda nacional. Al infractor pescado en infraganti se le proponía el canje, y resuelto el problema económico.
El problema siguiente a resolver era faltar a clase el Sábado 19. A mediados de Agosto pedimos audiencia al rector, Dr. Raul R. Rocha “Treserres”. Nos prometió que lo iba a estudiar, pero necesitaba una nota de cada uno de los padres. Con mis viejos no había problema, pero los otros, alguno ni sabía donde quedaba San Pedro, alguno hasta vino a casa para ver en qué andábamos, pero ofrecíamos toda clase de garantías. Llegó el momento de la decisión rectoral y fue favorable, faltaríamos en masa a la clase del Sábado 19. Faltaba resolver otro problema económico, pedir rebaja al boleto del tren, que nos hicieran precio mayorista. Aún era el Ferrocarril Central Argentino, propiedad de los ingleses, y allá fuimos los “directivos” al primer piso de la estación Retiro. Hablamos con un señor, funcionario de alta jerarquía, exponiendo la situación de nuestra precaria economía, y puesto que seríamos 26 los pasajeros nos aplicaron una tarifa de $ 9 ida y vuelta, cuando creo que valía $ 6 en 2ª y $ 9 en 1ª sólo ida.
Y llegó el día señalado, había que llegar a San Pedro antes que terminara el horario de clases. Para ello tomamos un tren “lechero” a eso de las 7 de la mañana, que paraba en todas las estaciones bastante tiempo, como para bajar y subir los tarros de leche llenos o vacíos. La lentitud del viaje no ofrecía dificultad, armados de buena disposición y una guitarra, fueron pasando las estaciones hasta dejar atrás la de Río Tala. Íbamos tapados de tierra, hechos unos crotos, cuando oi pitar la máquina pasando la destilería de Padilla, me asomé a la ventanilla y en el andén me veo una fila de señores a la manera de un comité de recepción. “Muchachos !!!” pegué el grito , “arreglémonos un poco que veo que nos esperan”. Nos pegamos cuatro manotazos, medio aparentando aplomo fuimos bajando del tren y cruzamos la vía. En el andén Don Facundo Larrondo encabezaba la fila de no menos que una docena de profesores, a quienes fuimos saludando lo más atentamente que pudimos. Me llamó la atención la ausencia del director Don Juan Simón Peralta y Don Facundo sentenció “Está muy embromado…” A todo ésto, falleció mucho antes Larrondo que Peralta…
(continuará)
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