Picadas, contraexplosiones e impunidad
El centro de la ciudad es escenario de exhibición para los motociclistas que ponen en peligro sus propias vidas y las del prójimo. El descontrol en el tránsito irrita y preocupa a quienes observan el desfile en caravana de contraventores. Prefieren el domingo por la noche y no se privan de desafiar a aquellos que intentan algún control. Cuando se trata de menores de edad, los padres son responsables.
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Lejos del respeto y cerca de la impunidad, un grupo de motociclistas, adolescentes y menores de edad desafían la velocidad y rompen la armonía durante las noches del fin de semana. No es una novedad arremeter contra las leyes pero no deja de sorprender el desprecio por la vida propia y la de los demás.
Tal vez, como cierre de semana, se repita domingo tras domingo la provocación a autoridades y vecinos que han visto fracasar los métodos de prevención y sanción de manera sistemática.
No basta el secuestro de rodados, como lo sigue mostrando la montaña que se erige como chatarra en al menos uno de los galpones que alquilaba el municipio. No ha sido efectivo pintar estrellas amarillas o llorar heridos y muertos, especialmente adolescentes y jóvenes. No se ha podido siquiera imponer el uso obligatorio de casco o la limitación para que no circulen más de dos personas a bordo de motos y ciclomotores. Nada ha sido posible porque la irresponsabilidad de los adultos pone a los menores como estandartes para enfrentarse a la velocidad sin control, a las explosiones de caños de escape, a montarse en una sola rueda, sortear semáforos, serpentear entre los autos y hasta insultar a todo aquel que quiera llamarles la atención.
Hay que decirlo: algunos motociclistas se desplazan en rodados que no son fáciles de adquirir. El precio es importante, aun financiados. Son vehículos cuya cilindrada alberga entre 110 a 250 centímetros cúbicos. La cantidad de rodados en circulación aumenta día a día y a esa realidad se suman los artefactos que se instalan para mejorar las contraexplosiones con las que molestan a humanos y mascotas.
Todos los domingos
Desde hace varios domingos, esta especie de caravana motorizada hace gala de su conducta patoteril. El último fin de semana fue más que una muestra. Desde las 23.00 y sobre la avenida Sarmiento, tras haber utilizado como punto de encuentro la Ruta 1001, unas 80 motos, en su mayoría con dos ocupantes, iniciaron su feroz carrera a toda velocidad mientras una patrulla policial presenciaba la “picada” en el ingreso a la ciudad, pero en una inferioridad numérica y de condiciones que impidió la actuación.
Avanzaron varias cuadras en medio de estruendosas contraexplosiones y quienes lideraban el grupo se alzaron en una sola rueda para ratificar su superioridad o destreza.
Finalmente arribaron al radio céntrico, tomaron por calle Mitre y luego por Pellegrini, completando una vez más este irracional recorrido. Por milagro, no hubo víctimas.
Controlar el descontrol
Es sabido que juventud y rebeldía pueden ser sinónimos, pero circular a alta velocidad con la complicidad de los padres es sellar un triste destino. No hay excusas para los adultos responsables ni para la autoridad que no ha logrado en las últimas dos décadas frenar la estadística de menores que a diario protagonizan accidentes evitables.
Al flamante Director de Tránsito y Nocturnidad, el excomisario Eduardo Roleri, no le será fácil lidiar con la herencia de uno de los principales flagelos que padece la ciudad en materia de violación de ordenanzas y leyes.
Las autoridades salientes expresaron su impotencia al manifestar que poco y nada se puede hacer, ya que si se los persigue se corre el riesgo de que ocurran accidentes y las experiencias al respecto no son las mejores.
La orden, tanto a los móviles policiales como a los inspectores de tránsito, es la de no perseguir; de esa manera disminuyen las posibilidades de llamado de atención, porque los infractores se manejan de forma coordinada, se citan a través de las redes sociales y logran una organización que supera cualquier tipo de control.
Se sienten fuertes e impunes, se desconoce quién los lidera y cómo se reglamentan, no les importa las molestias y el peligro que ocasionan, se aprovechan del descontrol de la ciudad y son un peligro latente que por ahora no se puede parar.
