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    Pasajeros

    27 de julio de 2016 | 17:42
    Pasajeros

    En una estación de trenes como Retiro es imposible haber ganado en estatura. Cualquiera se siente diminuto bajo semejante techo y distancia del andén. No es como “cruzar la calle”, cuando apenas estás caminando y sentís que tenés que atravesar un océano al que a los diez años percibís como un río; a los 20 como un charco y a los ochenta como un viaje milagroso si no viene una moto en contramano y “te lleva puesto”.

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    Sin embargo entre la necesidad y la nostalgia, está la realidad que pone a prueba los ramales de pasajeros que desde hace décadas dejaron de llegar al interior. Para el recuerdo alcanza y sobra con una formación diaria a Rosario o Buenos Aires, un equipo de mate y un celular que saque fotos; para la necesidad es imprescindible contar con los horarios y las comodidades que aseguran la llegada puntual al trabajo, a las casas de estudios, a los comercios mayoristas, a los hospitales y a las oficinas.

    Para la nostalgia se extrañan los sonidos amenazantes del enganche de vagones, los silbatos, la bocina que perfora con su alerta en una distancia que va desde el andén de la boletería a la casa del guardabarreras; para la necesidad sobra con el cuasi silencioso tránsito por las vías, la alarma que suena cuando se cierran herméticamente las puertas y la cara del personal que hoy se desempeña más como asistentes y azafatas que como vigilantes de la compra de boletos y zamarreadores de vagos sin pasaje.

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    El lector comprende que estamos hablando sobre un mínimo viaje en tren desde Retiro a San Pedro. Entiende que quien ha tenido la oportunidad de “vestirse para viajar” en esas moles metálicas desde las que se imponía la superioridad de las vías de hierro a las pocas rutas que conectaban las ciudades para viajar en automóviles o colectivos no será demasiado objetivo a la hora de relatar esas cuatro horas de compartir un vagón que alberga a todos y todas, como les gusta repetir a los empleados que viajan en el salón comedor y se definen como protagonistas de una etapa fundacional que no es ni más ni menos que la reparación histórica de un medio de transporte que garantizó la prosperidad a la inmensa geografía radial que transportó todas las producciones hacia el puerto que devoró el federalismo y monopolizó el comercio fluvial, tal como diseñaron los ingleses cuando llegaron con sus indestructibles caballos metálicos. De hecho, quien quiera mirar postales comprobará que en el mundo siguen rodando trenes, tranvías y subtes, los únicos que garantizan traslado equitativo para todos los sectores de la población sin que nadie se plantee si es una cuestión a discutir, porque es un derecho básico a respetar.

    Con esa mínima aclaración nos atrevemos a la observación, la mirada atenta de quienes van a abordar la formación 501, en el andén 7, donde hay que mostrar el pasaje que puede comprarse con tarjeta y por internet y tiene un código de barras para el control.

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    La mayoría de los niños que viajan esa tarde del jueves 21 de julio aprovechan las vacaciones de invierno y por ello entre celulares, tablets o videojuegos se los escucha hablar de tías, abuelos o lugares a los que van a visitar, con parada en Rosario o San Nicolás.

    Lejos de apiñarse en los accesble y con bandeja, al mejor estilo avión, que aguarda el peso de su pasajero.

    Las diferencias entre primera y pulman son visibles en la distribución de las hileras de asientos. Hay cuatro en la más barata y tres en la más cara. El coche comedor está cerrado porque “no hay concesionario todavía”; sin embargo se puede acceder apenas el tren se pone en marcha porque hay mesas y butacas bien tapizadas a las que se suman dispensers de agua fría y caliente.

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    Hay dos pasajeras emocionadas en los asientos 5 y 6, muy próximas al sector de sanitarios y depósito de equipaje. Se trata de dos mujeres con distintas historias de vida, unidas por una amistad que ha crecido con el paso de los años. No hablan mucho entre ellas, pero comparten un sándwich que compraron en una rotisería por si no había venta a bordo y pasaban cuatro horas “de hambre”. Una sentada en la ventanilla y con la cartera entre las piernas como si no hubiese visto el perchero que está sobre su cabeza para colgarla y dejarla a merced de algún arrebatador. La otra le advierte que es imposible que entren a robar, porque no pueden bajarse hasta Escobar y que ahora no es peligroso viajar del lado de la ventana, porque el material no es de vidrio. Al mismo tiempo desliza la traba de la mesita que se despliega del respaldo del asiento anterior y apoya una Aquarius pomelo, mientras lamenta no haber llevado el termo.

    Hay dos mujeres que hablan en portugués y envían imágenes desde una de las mesas que divide el vagón. Allí también hay enchufes para la carga de aparatos móviles, espejos con lavabos que funcionan, baños con inodoros que tienen tapa y accesorios de higiene que se reponen a medida que algún desconsiderado cree que puede despreciar al prójimo dejando el habitáculo en condiciones lamentables.

    Casi no hay separación ni vacío entre estaciones. A diferencia de las décadas del 70 y el 80, el desplazamiento muestra casi como en los cuadros de una película una edificación que creció con el traqueteo de las locomotoras y que, después de los 90, se acunó en el silencio y la ausencia de miradas por las ventanillas. Cada tanto, algún vagón de carga o una zorra recorrían el desguace salvaje que transformaría en ruinas los durmientes de madera que en los últimos años fueron reemplazados por los de hormigón que aún se observan a la vera de la traza para ser instalados.

    Las compañeras de viaje hacen cálculos sobre la cantidad de pasajeros y entienden de inmediato que aunque el servicio no sea rentable hay que mantenerlo como pilar de la regulación del transporte de personas que no encontrarán accidentes, vuelcos, piquetes o demoras en su trayecto.

    Los esqueletos de máquinas y vagones herrumbrados forman parte de un gigantesco cementerio de hierros que se traducen en la comprobación de la desidia por el desmantelamiento de piezas que en otros países serían “de colección” y en Argentina son sólo chatarra que reposa en galpones desde Ingeniero Maschwitz a Otamendi.

    Por el altoparlante se anuncia que “está abierta al público la biblioteca rodante” y, para sorpresa de todos, se paran muchos chicos para buscar libros, historietas y comics que, al menos por un rato, reemplazarán celulares, tablets y juegos electrónicos. Hay jóvenes mochileros que duermen, señoras que sacan lana rosa para un tejido a dos agujas, y un bebé que reclama a los gritos su derecho a ser alimentado.

    La próxima parada es Campana, según indica la voz femenina que conjuga también los datos que se observan en los carteles luminosos colgados en la entrada a cada vagón con los del clima, distancia y horarios. Suben cuatro pasajeros. Bajaron tres. En Zárate no hubo necesidad de detenerse y hasta Baradero se verán despojos de los carteles de las ciudades chicas a la luz del atardecer. Lima y Alsina casi no existen. La llegada a Baradero confunde. Es de noche y las luces revelan que la densidad de la población ha crecido de manera exponencial. No está previsto que el tren se detenga, pero no se puede dejar de jugar y apostar a los minutos que tardará hasta que se sienta el quejido de los puentes de Tala, el paso por su paso a nivel y el edificio que aún alberga la dinámica de un verdadero hito en la división del pueblo desde el que viajaban peones rurales, estudiantes y adolescentes que tenían pasaje para ir y volver a los bailes del fin de semana sin protagonizar accidentes aunque volviesen borrachos.

    La planta de Arcor parece mucho más grande y el paso a nivel delata el acceso a una ciudad que vivió el retorno de su tren de pasajeros el pasado 16 de Junio.

    Restan minutos para que termine el viaje en la estación de San Pedro, que desde hace días comenzó a ser “puesta en valor”, aunque su verdadera identidad sólo le será restituida si se reacondiciona el edificio histórico y sus valiosos elementos. La modernidad no puede competir con la solidez arquitectónica, cultural y patrimonial que señalaba con placas de bronce la sala de espera de damas frente a la de los caballeros; la boletería y la campana, la chapa perforada y el olor a desinfectante con kerosene.

    Días, horarios y precios

    De San Pedro a Rosario, el tren sale  a las 19.50, tras haber partido a las 16.00 desde Retiro. Cuesta 100 pesos en primera y 120 en pulman.

    El tren llega a Ramallo a las 20.38 y cuesta desde San Pedro 30 pesos en primera y 40 en pulman; a San Nicolás llega media hora más tarde y los valores son 45 y 55 pesos.

    Hacia Buenos Aires, parte de Rosario a las 00.20 y para en San Pedro a las 03.20, para llegar a las 07.20 de la mañana. Cuesta 115 pesos el pasaje “turista” y 140 el pulman.

    Las paradas intermedias son en Zárate a las 4.54, con un costo de 55 y 70 pesos; y Campana, a las 5.12, por $ 65 y 80.

    Los menores de 3 años que no ocupen asiento deben abonar 5 pesos en concepto de seguro. Las personas con discapacidad que posean el certificado correspondiente pueden viajar gratis en primera clase, junto con un acompañante.

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    • Edición N° 1269
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