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A la secretaria de Desarrollo Humano, Karina Chiarella, los familiares que vieron nacer y crecer a Emerson Gómez no la conocen. Alguna vez vieron su rostro en los medios. No saben cuál es su timbre de voz. No podrían diferenciar su tono alegre del compungido ni del enojado. Desde el jueves al mediodía hasta el cierre de esta página, los Figueroa nunca supieron nada de la máxima autoridad en materia social de la ciudad.
No son los únicos, ni los primeros y, en la medida en que el intendente no tome nota –o prefiera no tomar decisiones, porque saber sí que sabe–, tampoco serán los últimos que, víctimas de una situación gravísima, a la respuesta acerca de la asistencia por parte de Desarrollo Humano respondan encogiéndose de hombros.
A Karina Chiarella la gente la reconoce como funcionaria del gobierno cuando se da cuenta de que no está.
El jueves al mediodía, La Opinión llegó detrás de la policía y el Same a la casa del barrio Arcor donde Mariela Figueroa y su hijo Emerson Gómez fueron baleados por Alberto Lafuente, expareja de la mujer. En la zona había chicos y otras familias destrozadas por tragedias. Mientras la Policía Científica hacía su tarea bajo las órdenes del Fiscal Manso, una mujer embarazada bajó en moto acompañada por otra. Eran las tías de Emerson, las hermanas de Mariela, que habían llegado desde el Hospital, donde el niño se debatía entre la vida y la muerte, porque necesitaban su DNI, que estaba en la casa, cercada por una cinta que denotaba su condición de escena del crimen.
Llegaron solas. Las habían mandado desde el propio Hospital, las personas del servicio social que estaban a cargo de su acompañamiento. Del otro lado de la cinta de peligro, la policía les impedía el paso. “No se puede”, repetían sin mayores explicaciones que las obvias: nadie más que los de Científica podían entrar, ya que estaban relevando pruebas.
Fue el Fiscal Manso, alertado por La Opinión, quien las autorizó a entrar por el DNI. De la misma manera en que llegaron, se fueron de regreso al Hospital.
En su casa, la madre de Mariela Figueroa recibía a una ambulancia que llegó tras su descompensación. Acababa de recibir la noticia del femicidio de su hija.
En Las Canaletas, Picho Figueroa y su pareja actual, Silvia, en la casa donde Mariela y Emerson vivieron hasta que les entregaron la vivienda social en el barrio Arcor, la noticia también destrozó la armonía.
Sería injusto decir que el Estado municipal estuvo ausente. Y faltaría a la verdad. Roleri, Agüero, el exinterventor de Desarrollo Humano, Fernando Negrete –que tantas situaciones complicadas le resolvió a Chiarella– se
hicieron presentes. La secretaria, no.
En dos meses en San Pedro cometieron dos femicidios. La cantidad de casos y denuncias se reproducen. Son golpes, abusos, daño físico y psicológico.
A los pocos días del asesinato de la empleada municipal Natalia Duarte, Chiarella recibió a la subsecretaria provincial de Género y Diversidad Sexual, Agustina Ayllón, y a la presidenta del Instituto Nacional de la Mujer, Fabiana Tuñez, para “debatir y trabajar sobre la violencia de género y diversidad sexual”.
Tras esa reunión, hubo una marcha que denunció, una vez más, la falta de trabajo en red de las instituciones que deben aplicar un protocolo que parece olvidado. Chiarella dijo que no hubo recortes en su área y que cuenta con los recursos suficientes para atender la problemática.
No se nota. Lo dicen todos en el gabinete y en la calle. El sábado, tras el editorial en Sin Galera en el que se expuso lo que sucedió en el barrio Arcor, llovieron las felicitaciones. “Tenés razón”, dijeron hasta desde el entorno más próximo al intendente. No se nota.
