“No la dejábamos salir por miedo a que le pase algo”
La chica que festejaba su cumpleaños en la casa de un amigo y fue abusada por un grupo de diez adolescentes declarará en cámara Gesell el jueves, si están dadas las condiciones para ello. El Fisca Guadagnoli pidió la detención de cinco de los acusados, pero el Juez de Garantías quiere esperar que la víctima declare. La reconstrucción del hecho, desde antes de la fiesta y hasta hoy.
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El domingo a la madrugada, una chica de 15 años que festejaba su cumpleaños en la casa de un amigo, en el barrio Villa Igoillo, fue violada por unos diez adolescentes que irrumpieron en la fiesta –a la que no estaban invitados–, quienes la engañaron y la llevaron por la fuerza a un descampado.
El hecho, gravísimo y aberrante, es investigado por la Fiscalía de Responsabilidad Penal Juvenil, a cargo de José María Guadagnoli, que solicitó la detención de cinco menores de edad que están identificados como partícipes del abuso, aunque el Juez de Garantías Ricardo Pratti denegó el pedido, a la espera de la declaración de la víctima, que tendrá lugar recién mañana jueves, si están en condiciones psíquicas de afrontarlo.
La causa está caratulada “abuso sexual con acceso carnal, agravado por la participación de dos o más personas”, calificación máxima del Código Penal para un delito contra la integridad sexual, cuya pena es de ocho a veinte años de prisión.
Los acusados son, hasta el momento, todos menores de edad. En caso de ser condenados, deberán cumplir la pena en un Instituto de Menores hasta que lleguen a la mayoría de edad y sean trasladados a una cárcel común.
En el barrio Villa Igoillo la consternación es compartida. Mientras un grupo de la familia de la víctima la acompañó ayer a San Nicolás para la primera entrevista con el Fiscal Guadagnoli, al padre le tocó atender a los medios nacionales que llegaron para cubrir la noticia.
Si en principio el aberrante relato de una violación grupal hizo que muchos se preguntaran “qué pasa en San Pedro”, una mirada más abarcadora deberá poner el interrogante en una sociedad –sampedrina, bonaerense, argentina, latinoamericana, occidental– en la que es posible que diez adolescentes no reparen en la magnitud de su accionar, como si se tratase de una broma –también repudiable, por cierto– del tipo “arrojamos a la cumpleañera a la pileta y le arruinamos el vestido”.
Una fiesta con atroz desenlace
No identificar a la víctima es una regla que los medios nacionales violaron sistemáticamente desde que se hicieron eco de las publicaciones locales. A esta altura, el país sabe cómo se llama, dónde vive, conoce el rostro de sus padres y hasta el patio de su casa. El lector de estas páginas quizás también. Nada de ello será reproducido aquí.
La joven, la adolescente, la chica, la víctima –hay tantas maneras para nombrarla– había cumplido 15 años. Había dejado la escuela porque era blanco del bullying de sus compañeros en la misma institución cuya directora supo tener expresiones poco felices para con sus alumnos en conflicto.
No podía festejar. Su familia no estaba en condiciones económicas de hacer una fiesta de 15. Tímida, seria, de pocas palabras, sencilla y agradable la describieron en la casa de su mejor amigo, aquel que quería que ella festejara y le preguntó a su madre si acaso podrían hacerlo en su vivienda.
Allí, donde el amigo de la víctima vive con su pequeño hermano de 13, su madre y su padre albañil, primero le dijeron que no sería posible hacer una fiesta. Luego accedieron. La casa, como tantas otras del barrio, está en construcción: lo que se ve es el plan de la nueva cocina y un altillo para el cuarto de ese hijo mayor que quería un cumpleaños para su amiga.
En Villa Igoillo, cuando Zannúcoli llega al 500, la calle se termina para dar lugar al comienzo de un campo conocido como el “de la familia Altamonte”, que tuvo su momento de relevancia pública porque fue una de las primeras grandes excepciones a la San Pedro 2000 para habilitar loteos.
El campo tiene como límite, hacia Lucio Mansilla, la edificación donde está instalado el supermercado chino “18”. Quien llega hasta el fin de Zannúcoli puede doblar hacia la izquierda, camino a las vías del Ferrocarril Mitre, por una pequeña callecita sin nombre que oficia de división entre el campo de los Altamonte –el descampado que se ve en las fotos– y las viviendas, algunas precarias, muchas de material pero humildes.
Una de ellas fue el sitio de la fiesta. La familia propietaria accedió a permitir la celebración cuando el padre de la cumpleañera dio su visto bueno. Su hija no salía. Aunque muchas veces había pedido permiso, sus padres preferían que no lo hiciera. “No la dejábamos salir por el miedo de que le pase algo, porque a la salida de los boliches siempre había heridos, veíamos en las noticias. Entonces no le dábamos permiso para salir. A ella no le gustaba. Es que antes eran otros tiempos, ahora salís y no sabés si volvés”, contó su madre.
Estuvieron de acuerdo en el desarrollo de la fiesta en la casa de su amigo. El plan era sencillo, pero colmaba las expectativas de los chicos: música, algo para tomar que cada invitado pudiera llevar, bailar y compartir una velada de celebración.
A las 21.00 comenzaron a llegar. Cuatro chicas y dos chicos se cambiaron en la casa, para prepararse. La cumpleañera, siempre acostumbrada a vestir sencillo, no quiso que esa noche hubiera excepción. Aunque sus amigas se “produjeron” un poco y vistieron shorts, minifaldas, botas altas y hasta se pintaron, ella prefirió un jean, un buzo y zapatillas.
El espacio en construcción para el nuevo comedor y el altillo eran “el salón”. En una dependencia contigua, la dueña de casa miraba televisión y cada tanto los iba a ver, para controlar que todo estuviera bien.
Habían hecho las invitaciones por Facebook. Incluso comentaron que era raro que algunos no llegaran, ya que a través de esa red social aseguraron que allí estarían.
Antes de las 3.00, ya no llovía. La tormenta de viento y lluvia que había arreciado parecía disipar. Apenas si algunas gotas acompañaban lo que ya era una fresca pero húmeda madrugada. A esa hora irrumpió un grupo que no estaba invitado. Eran alrededor de 10. Llegaron caminando, con botellas en la mano. Todos tenían entre 14 y 17 años, quizás había alguno que ya cumplió los 18. Algunos eran mucho más altos que los chicos invitados, más corpulentos, pero no dejaban de ser adolescentes, como ellos.
Estaban en una especie de garage abierto, donde llevaron el equipo de música y bailaban. El anfitrión fue al baño y cuando volvió, su amiga, la cumpleañera, no estaba. Preguntó por ella y nadie sabía.
No la veía. Salió a la calle y observó que tres de los del grupo que no sabía si habían sido invitados regresaban desde el fondo del descampado, donde hay una especie de “corral”, con alambre y tranquera, donde muchos de los vecinos llevan a pastar a sus caballos, entre los árboles.
Detrás de esos tres, otros tres. Corrió hacia el corral y allí estaba su amiga, tirada en el suelo. El resto de los muchachos que estaba en el lugar regresó hacia la fiesta cuando él alumbró con la linterna de su celular. No entendía qué pasaba, pero su amiga lloraba. “¡No quiere venir!”, se escuchaba en la casa. Lograron llevarla, prácticamente a la rastra. Esta quieta, callada, asustada, lloraba. “¿Qué te pasó? ¿Qué te hicieron? ¡Algo te pasó! ¡Decime! ¡Contame!”, le gritaba su amigo. Ella no respondía. “¿Quién fue, quién te hizo algo? Señalámelo”, le pidió. Ella levantó la mano en dirección al grupo que había arribado hacía no más de media hora. Se reían. “Está loca”, decían. “Algo le pasó, yo la conozco”, sostuvo él y se abalanzó contra los del grupo, con intenciones de golpearlos. Se fueron. Nadie sabía qué había pasado.
La dueña de casa fue hacia el patio a pedido de su hijo, que le solicitó que hablara con su amiga. Cuando la abrazó, ella rompió en llanto y temblaba. “Yo soy mujer, vamos al baño, puedo entenderte, decime qué pasó”, le pedía. “Nada, quiero irme a mi casa”, repetía entre llantos. “No tengas vergüenza. ¿Te violaron?”, le preguntó, sin más. “Sí”, respondió y consignó al menos cuatro nombres.
Mientras su madre cuidaba de su amiga, el anfitrión de la fiesta corrió hasta la casa de ella para avisarles a los padres. Todavía no eran las 4.00 de la mañana. La mamá estaba engripada. El padre y la hermana mayor iban y venían.
En la casa de la fiesta, la madre del amigo de la chica temblaba con ella, envuelta en una angustia inexplicable. Comenzaba a entender el horror por el que había pasado la mejor amiga de su hijo, una nena que acababa de cumplir 15 años.
La denuncia y después
Fueron a la Comisaría para asentar la denuncia. Allí les informaron que debían hacerlo en la dependencia especializada, la Comisaría de la Mujer. Esperaban un móvil que nunca llegaba y comenzaron a llamar a agencias de remis. Cuando obtuvieron uno, con la madre y la hermana, la víctima llegó a Oliveira Cézar y Salta.
“Mi hermana estaba sentada en el piso en la comisaría de Mitre. Llegué y les dije de todo. Dijo que estaban esperando un móvil y que no tenían. Preguntamos si la podíamos llevar en remis y nos dijeron que sí. Llamamos y nos fuimos en remis a la Comisaría de la Mujer, donde tardaban en abrirnos. Cuando entramos, la empezaron a atender”, contó una de sus hermanas.
Mientras estaban allí, la adolescente dio nombres y su hermana buscó a los agresores en Facebook. Hizo capturas de pantalla y consultas para conocer los domicilios. “En ese momento pudimos reconocer a siete de los diez. Ahora están todos reconocidos menos uno”, aseguró.
Ayer la acompañaron a San Nicolás para el primer contacto con el Fiscal Guadagnoli y el equipo de asistencia a la víctima, que ante la gravedad del caso adelantó turnos y dispuso su declaración bajo el sistema de cámara Gesell para mañana jueves. Hay tantos casos de abuso en el Departamento Judicial de San Nicolás, que abarca varios distritos, y tan poco personal que estas pericias psicológicas suelen demorarse demasiado.
“Hoy todo es un trauma. Para mí es muy difícil, me acuesto pensando en todo lo que ella sufrió y es indignante, uno no tiene palabras para explicarlo”, dijo su madre.
En la casa de la adolescente intentan seguir adelante, contenerla sin mostrar debilidad “para que ella no se nos caiga, que nos vea mal y se ponga mal”. El lunes, el padre le preparó matambre a la pizza, su comida favorita.
“Es chica, tiene toda una vida por delante y nos dice que ya no quiere vivir más por todo lo que pasó, por la vergüenza que siente”, contó su madre. “Yo le doy gracias a dios que haya vuelto, pero lo que le hicieron es aberrante”, agregó.
El Servicio Local de Promoción y Protección de los derechos del niño y el adolescente actuó de inmediato, tras la intervención aceitada de la titular de la Comisaría de la Mujer, Daniela García.
La víctima pasó por todo el protocolo médico que indica este tipo de casos. La pericia estableció que hubo abuso reiterado y por distintas vías. El Gobierno envió al director de Coordinación de Policías para ponerse a disposición de la familia.
El Fiscal espera que la chica tenga que contar ante la Justica sólo una vez lo que vivió y que ello sea suficiente para todo el proceso. El Juez dijo que quiere esa declaración para acceder a otorgar las detenciones. Mientras tanto, hay alrededor de diez pibes –eso son: pibes– que caminan por las calles del barrio, que quizás hacen lo que dicen los vecinos que solían hacer a diario: reunirse en las vías a fumar marihuana, beber alcohol y robar a los transeúntes, que pueden pasar por delante de la casa de la chica a la que ultrajaron y que, quién sabe, hasta puede que no hayan tomado real dimensión de la atrocidad que cometieron.
El caso ganó repercusión nacional y San Pedro está en todos los canales de televisión. El hecho es aberrante, impresionante, impensado y merece la atención. Todavía no llegaron los análisis necesarios, aquellos que deberán poner en tela de juicio una larga y lamentable imposición social que ubica a la mujer como objeto, que trata a su cuerpo como material descartable.
Una nena de 15 años fue víctima de una violación grupal. Puede haber un loco enfermo que cometa abuso. Cuando el comportamiento se repite o se produce “en manada”, hay algo más que un “tipo enfermo”: hay un mundo que no está bien. Y eso, es preciso decirlo, es responsabilidad cotidiana de todos.
En el barrio nadie escuchó demasiado
La Opinión recorrió la zona para dialogar con los vecinos, cuyos testimonios fueron relevados por personal policial y por efectivos de Policía Científica, que relevaron pruebas en el sitio donde se produjo la violación grupal contra la víctima.
La mayoría de los vecinos no escuchó demasiado. El barrio, aseguran, siempre fue tranquilo, aunque de un tiempo a esta parte, como tantos, asiste a la proliferación de casas tomadas, grupos que se reúnen para consumir alcohol y drogas en la vía pública, e incluso hasta para asaltar o “pedir peaje” a quienes pasan a determinadas horas por delante de ellos.
“Es un barrio re tranquilo, de noche y de día”, aseguró una vecina. La mayoría no escuchó nada, ni la música de la casa donde se festejaba el cumpleaños. Uno de los vecinos dijo que era su cumpleaños y habían ido al baile. Cuando llegaron, ya había ocurrido todo. En el lugar del abuso, ubicado en inmediaciones de un descampado, suelen guardar caballos.
“Hay como un encerradito, con alambres y tranquera. Yo no escuché nada, vivo por acá atrás. Me enteré porque mi hermano fue al kiosco y vio a la policía y se enteró. No escuchamos nada. Yo estaba durmiendo. Otros vecinos escucharon música”, relató otra vecina
“Yo me dormí y no escuché nada, me enteré al otro día cuando vino la Científica, que entró a mi casa y todo. Si hubiese escuchado algo, salgo y la rescato a la chica. Tengo hijas mujeres y nietas”, sostuvo otra mujer que vive cerca del sitio donde fue violada la chica.
“Mi marido dijo que sintió algún grito, pero de acá no se escucha nada. No sabíamos qué había pasado hasta que escuchamos al Comisario”, contó otra mujer del barrio, quien sostuvo que en la zona “no se escuchan tiros ni nada, acá es tranquilo”.
“Es peligroso del otro lado de la vía, los chicos se juntan a fumar y a tomar ahí, a veces molestan o roban. Esto es oscuro, eso sí”, señaló otra señora.
Otra fiesta de 15, otro abuso
En marzo de 2015, otra fiesta de cumpleaños terminó con un abuso sexual. La celebración era en la denominada Quinta del Nono, en Crucero General Belgrano casi 1001, donde una chica celebraba sus 15 con amigos. Allí, otra adolescente de la misma edad y su novio se alejaron del salón y fueron abordados por delincuentes que salieron de una cortina de árboles.
No sólo les robaron, sino que además los obligaron a una serie de prácticas sexuales, para luego darse a la fuga. Algunos de ellos querían más y se acercaron al salón. Cuando el pánico ganó a los concurrentes tras enterarse de lo sucedido, un llamado al teléfono de la víctima permitió dar con uno de los agresores, que terminó hospitalizado al recibir una paliza.
Ese caso consternó a la comunidad sampedrina y también tuvo réplica en los medios nacionales, aunque varios meses después y luego de que la madre de la víctima se entrevistara con la entonces candidata a gobernadora María Eugenia Vidal en una de sus visitas de campaña.
