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    No hay trabajo o no hay trabajadores: el piso de la Basílica de Luján que pisará el Papa es fruto de un oficio artesanal

    Hugo Saucedo fabrica y diseña mosaicos calcáreos en San Pedro, como su padre y junto a su hermano. Sus pisos están en la Basílica de Luján y el 80 % de lo que produce se vende fronteras afuera de la ciudad. Dice que formar a alguien le lleva dos años, no mira currículums y dice que la inteligencia artificial sí podría hacer su trabajo. En el tercer capítulo de Dilemas en la era de la IA, el ciclo de Sin Galera.

    22 de octubre de 2026 | 19:59

    Hugo Saucedo y Lilí Berardi fueron compañeros de primaria. Después él se fue al Industrial y ella se quedó en el Normal. Medio siglo más tarde, él entró al estudio con una bolsa de mosaicos, moldes y herramientas bajo el brazo para explicar un oficio que casi nadie sabe que existe.

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    Lo primero que corrige es el nombre. El mosaiquista es el que arma figuras con pedacitos. Él es otra cosa: fabricante de mosaicos calcáreos. Como su papá.

    Todo empieza con un balde

    El proceso arranca por abajo. Un chico que entra a trabajar empieza haciendo mezcla, y hay dos. Las dos llevan arena y cemento, pero en proporciones invertidas: tres de arena y una de cemento para la húmeda, al revés para la seca.

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    No hay computadora ni planilla. Se mide con un balde.

    Y ahí está el primer filtro del oficio, porque una mezcla mal hecha no se arregla. Un balde mal medido arruina 200 mosaicos, que es el trabajo de medio día. Por eso al que recién entra se lo controla durante un mes.

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    El mosaico terminado tiene tres capas: una finita de esmalte, que es la que se ve, y debajo el relleno que le da el cuerpo. Después viene la paleta, que es la herramienta con la que se echa el color, y ahí aparece lo que no se puede enseñar.

    No hay trabajo o no hay trabajadores - Hugo Saucedo en Sin Galera

    “Una psicóloga estaba mirando cómo hacía el mosaico y dijo que no todo el mundo puede hacer esto”, cuenta. Hay que coordinar las dos manos con la vista, calcular la cantidad justa, mantener el nivel. Si la presión de un color sobre otro cambia, la línea se tuerce.

    El aprendizaje completo lleva dos años.

    El primer piso fue para Abelardo Castillo

    La parte artística del oficio, la que no se hace en serie, empezó con un encargo que tiene nombre y apellido sampedranos. Un Castillo quería regalarle a su primo, el escritor Abelardo Castillo, un piso exclusivo para una casa que estaba construyendo.

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    Hugo nunca había hecho algo así. Para aprender fue a buscar a don Ciro, el último que quedaba vivo con contacto real con los viejos fabricantes de este tipo de mosaico. “Mirá las docenas de bizcochos que pagué”, dice, para que le contara. Tuvo que renegar y tirar material, pero salió. 

    De ahí en adelante, ese fue su camino.

    El piso de Luján

    En el medio de la charla aparece la pieza que cambió su historia. Un molde de chapa lleno de tubitos finitos, con el que fabricó el mosaico que está en el piso de la Basílica de Luján.

    “Esa es la bisagra de mi empresa”, dice.

    Y enseguida, la otra mitad. “Para mí, económicamente, fue horrible. No perdí plata, pero no gané la que tendría que haber ganado.” Lo que ganó fue otra cosa: ser un referente nacional. “Hay cosas que no se sacan por un lado y se sacan por el otro.”

    Los números que no cierran

    El mosaico simple, con una persona, rinde 125 o 130 por día. El artístico, ese que hay que llenar hueco por hueco con la paleta, rinde entre 10 y 15. Para cubrir el costo necesita 100 unidades diarias de los comunes.

    Cuando Lilí le pregunta cuántos tiene que hacer para que le quede plata, la respuesta es de las que paran la conversación:

    “Nunca me quedó plata.”

    El resto de los números cuentan lo mismo. El 80 % de la producción se va afuera. Los últimos diez trabajos importantes fueron para dueños extranjeros, gestionados por arquitectos argentinos: españoles, estadounidenses, una clienta de Nueva Zelanda, un australiano. Hizo una pared con la bandera argentina en Dubái. “Soy más conocido afuera que en San Pedro.”

    Exportar directamente ya no se puede: “no dan los números”. Y la competencia tiene otra escala. De los chinos dice algo que define todo el problema: “Tienen la misma máquina que yo, nada más que tienen galpones de 400 metros con 300 máquinas adentro”.

    Después están los meses. “Desde enero que cuento la moneda para comer.” El mismo día de la nota había venido un cliente de Rosario y le había dejado cuatro meses de trabajo vendido. Así funciona.

    No hay trabajo o no hay trabajadores - Hugo Saucedo en Sin Galera

    La máquina sí podría

    Acá el capítulo se da vuelta.

    En el primer capítulo, Mariano Fernández, de Cematic, había dicho que una máquina puede acelerar procesos pero no decidir ni diseñar. Cuando Lili le lleva esa idea, Hugo contesta lo contrario:

    “Yo creo que sí lo puede hacer. Lo que no creo es que sea rentable hacer la máquina, por el volumen de venta que tiene.”

    Es la respuesta más incómoda que dio el ciclo hasta ahora. Lo que protege a su oficio no es que una máquina no pueda: es que no vale la pena construirla. De hecho él ya usa un CNC para una parte de la matricería, y lo tiene clarísimo: “Está bien la inteligencia artificial porque sería como un auxiliar”.

    Otra vez el buen día

    Cuando llega la pregunta que se repite en todos los capítulos, qué mira para tomar a alguien, la respuesta vuelve a sorprender por lo baja que apunta.

    “Trato de tomar gente muy joven, para formarla a mi manera. Hay que enseñar hasta la puntualidad. El buen día.”

    Y el currículum: “No le doy bola”. La entrevista la hace él, en persona, y dice que lee el cuerpo. “Soy muy buen lector del comportamiento físico. Me doy cuenta si me mienten.”

    Es el tercer invitado del ciclo que pone el saludo en el primer lugar de la lista. El podador dijo lo mismo. El de los ascensores también.

    Títeres, cabezudos y un globo

    Hay otro oficio adentro de este. Durante años Hugo hizo marionetas, títeres y cabezudos, y de esa época habla distinto: “fue una de las épocas más felices de mi vida”.

    Lo aprendió de Adriana Gaido, que había hecho cursos de títeres en Buenos Aires y lo llevó a ese mundo. El papel maché también lo trabajó mucho con las carrozas.

    La receta la cuenta de memoria, y es desconcertante de simple. Un globo. Papel de diario cortado en tiritas. Harina y agua para el engrudo. Se recubre el globo con cinco o seis capas y se deja secar. Después, en vez de tiritas, se hacen bollitos con el mismo engrudo y con eso se va armando la cara.

    Quiso dar un taller de títeres y no llegó. En el medio una camioneta se le cruzó, le partió ocho costillas y estuvo dos meses parado. “Todavía no estoy para volver.”

    No hay trabajo o no hay trabajadores - Hugo Saucedo en Sin Galera

    Lo que se pierde

    Los que trabajan en la fábrica salen capacitados para hacer el mosaico común, que no es poco. Pero el molde, el color, la pieza única, eso todavía no se lo enseñó a nadie. Tiene una sobrina escultora y pintora que, dice, podría hacerlo si quisiera.
    Por ahora sigue estando en una sola cabeza.

    Los capítulos

    Dilemas en la era de la IA se puede ver completo en la lista de reproducción del canal. Está el capítulo cero, el llamado al podador Beto Corripio, donde nació la idea. Está el primero, con Mariano Fernández, de Cematic, cuyo mejor técnico tiene cuarto grado. Está el segundo, con dos mujeres que buscan trabajo y no consiguen. Y está este.

    Puestos uno detrás del otro, discuten entre sí sin haberse escuchado nunca.

    Dilemas en la era de la IA se emite dentro de Sin Galera, los sábados, por Sin Galera TV. Cada sábado se suma un capítulo nuevo.

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