Mientras la campaña se agota en hartazgo camino al ballottage, 135 ciudades de la Provincia de Buenos Aires se preparan para recorrer un proceso inédito. El peronismo – justicialismo – kircherismo – sciolismo perdió, a manos de Cambiemos, su principal bastión. Es una gran oportunidad para desmalezar los buenos cultivos que ofrece este territorio para ponerlo al servicio de su gente y ofrecer soluciones racionales para una geografía cuya diversidad se desmorona a medida que las prácticas, costumbres y problemas del conurbano se trasladan al interior sin que haya políticas de Estado para contenerlas.
En ese concierto, San Pedro exhibe su peor cara no solo por el quiebre de sus finanzas sino por la pauperización de su amor propio. Las huestes de la resignación se preparan para dar batalla y llevar a la próxima gestión por caminos harto transitados.
Tasas a valores ridículos para servicios que no se prestan; salud en manos de mercenarios y abanderados de la desidia; educación y cultura llevadas a su mínima expresión con la excusa de presupuestos que no alcanzan; turismo a merced de la inversión privada sin planificación ni estrategia; obras públicas resumidas en carteles de anuncios que no se concretan; y, obviamente, la peor decadencia en la conducción de los destinos comunales a manos de un puñado de improvisados que creen que invocar al “proyecto nacional y popular” los exime de gobernar y tomar decisiones.
“No fue magia”, les ha dicho la Presidenta, pero no han escuchado o entendido. No es magia tomar decisiones que suenen a poco populares y sometan a quien las sostienen al escarnio. Sin la tutela de Cristina, se acabaron los valientes.
Claro está que no viene tragedia alguna por más que insistan con el miedo. Acostumbrarse a la transición en democracia y en estas condiciones debería ser natural, salvo que el más rancio autoritarismo interior nos lleve a pensar que “somos nosotros o nada”. Frente a esa expresión surge el miedo, y con el miedo siempre aguarda la desgracia. Es difícil imaginar el país después de 12 años de kirchnerismo sin pensar en Venezuela y su trágico destino, para sentirnos sumamente aliviados por no haber perdido el sostén básico de una república que, aunque haya dividido y enfrentado a su propia población hasta lo increíble, logra saltar el precipicio o la grieta para ofrecer nuevas oportunidades.
Eso en la patria chica significa que Cecilio Salazar, con rancio corazón peronista, se apresta a gerenciar su ciudad con el más amplio apoyo electoral y con el viento de la esperanza a su favor. Así, se ha tomado tiempo para formar un gabinete en el que prima el espíritu de equipo y al que no le convienen ni se le perdonarán disidencias internas o intrigas palaciegas.
El mascarón de proa esta semana fue José Herbas, quien ya les avisó a los mariscales de la decadencia hospitalaria que los dinosaurios deben dar un paso al costado y los “pichones aprendices” aprender a trabajar y a entender que en la salud pública lo que no se gana en sueldo se acumula en prestigio y conocimientos.
En el trato con los gremios, el intendente electo tiene ventajas porque conoce más ese lado del mostrador que el que ocupará desde el 10 de diciembre. Tiene que lidiar con los que han hecho del gremio un negocio particular obligando a la familia municipal a depender de cuatro sindicatos y sus consecuentes “caprichitos”.
Allí se medirá la destreza inicial con el pago de sueldos y aguinaldos, cuyos importes parecen ya estar comprometidos para ser derivados por la nueva gobernadora para las comunas con alto índice de endeudamiento.
A partir de allí quien dirija las carteras de Hacienda y de Personal tendrán la tarea de evaluar con qué recursos humanos cuenta el Jefe Comunal para comenzar a desandar su gestión. El primer desafío será el servicio de limpieza, que estalló la pasada semana de la mano de una deuda creciente de treinta millones de pesos con un paro de los trabajadores de Ashira que temen por su continuidad.
Las tasas tendrán que aumentar a valores reales en todas sus modalidades y hasta hay que animarse a pensar en nuevos tributos para turismo y salud tomando como parámetro ineludible que paguen más los que tienen propiedades ociosas, consumen agua, alumbrado y otros servicios por doquier y pagan cifras absurdas.
La distribución no pasa por aumentarle a todos como si viviesen en barrios cerrados, sino por adecuar el esquema e informatizarlo para que no quepan dudas ni errores.
Puede parecer poco popular pero es imprescindible si se pretenden exigir resultados. No es la gente más necesitada la que más se queja porque es la que más padece la falta de contención si se toma en cuenta que durante más de una década se la ha descuidado como nadie lo había hecho desde el regreso de la democracia. Condenados a que el ascenso social o las mejores condiciones de vida estén asociadas al plan que le regalará el gobierno de turno, las aspiraciones se reducen a buscar buenos amigos en el poder y no a fortalecer la estima propia en el aprendizaje de algún trabajo mayor o menor que dignifique a las familias.
El resto de la clase media y ese rezago de adinerados que pretende los servicios del Principado de Mónaco y se indigna cuando la policía no llega a custodiarle su propiedad privada, deberá comprender que si ha construido un edificio de muchos pisos para alquilar departamentos a precios inaccesibles y eludiendo declararlos a su nombre o escondiéndose en empresas poco activas, debe pagar. Es más, el Estado tiene que registrarlos como contribuyentes de una categoría diferente al resto. Llega la hora del sinceramiento y no hay que perder la oportunidad.
El resultado a corto plazo se medirá en gestos de la conducción política, pero pasados los primeros seis meses de gestión hará falta mucho más que un anuncio para que los sampedrinos vuelvan a creer que se puede aspirar no solo a volver a ser sino a pretender mucho más de una ciudad que todo lo tiene pero que ha dejado de quererse a sí misma para entregarse a la idea de que “puede ser magia” y no sacrificio

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