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sábado, abril 17, 2021

Mundos que ninguno ve

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En las ciudades furiosas de nuestra era, empezamos a preguntarnos por qué no vemos lo que nos pasa, por qué perdemos la mirada en los ombligos gordos de nuestro ego. ¿Será un exceso de realidad? ¿O más bien es falta de imaginación?
La mente vive en sentidos y se pueden percibir por fuera de los estímulos del ambiente. Estos mecanismos de información no se reducen sólo a la visión. Podríamos decir más: la imaginación sin parámetros visuales, sin preconceptos de formas y siluetas, no encuentra límites. Ni siquiera es mirar hacia adentro, es crear imágenes infinitas; inéditas. Lo grandioso de la creación es cuando se pueden traducir esas imágenes –tan agudamente internas– en hechos concretos.
Y es acá, en el potrero manso de mi barrio y el tuyo. Acá, en estas calles quietas de la ciudad. Acá, en el sueño inconcluso de un país. Acá, entre miradas distantes y ojos que no ven (¿no ven?), donde se empiezan a dibujar gambetas que aleccionan perejiles y apasionan al piberío. Ahora, acá, ¿la imaginación nos queda lejos porque la relacionamos con la fantasía?
La pregunta surge de tanto en tanto, pero adquiere un peso sustantivo cada vez que Silvio Velo juega al fútbol, porque lo que entendemos cuando lo hace es que no importa su discapacidad visual: conoce cada centímetro de la cancha, identifica la posición exacta de cada compañero y desorienta rivales con una facilidad inusitada. Siente la pelota como una extensión de sus pies, imagina jugadas, sólo para hacerlas realidad. Hace que su mente (atiborrada de sentidos) convierta en acto lo que el común de nosotros, los aparentemente “capacitados”, creemos imposible. Nos obliga a pensar para qué carajo estamos en este mundo si ni siquiera nos damos el tiempo para imaginar y soñar realidades.
Digamos que cada vez que Silvio toca una pelota todo puede suceder. Cómo no pensarnos en esa condición de posibilidad. Cómo no tomar su ejemplo y transformarlo en bandera. Sí, somos posibilidad, le pese a quién le pese. Podemos crear un mundo, sólo nos hace falta imaginarlo y trabajar fuertemente para conseguirlo. ¿Un mundo te parece mucho? ¿Y qué tal si empezamos a desindividualizar nuestras creencias y las transformamos en guía colectiva? Parece poco. No lo es.
Silvio es un artista que pinta mundos, jugadas y goles. Nos pinta de igualdad, cuando comparte falencias y fortalezas con sus compañeros de equipo. Pinta todo aquello que no puede ver, y más. Por eso elegimos creer en su imaginación, porque es una forma de construir –crear– una sociedad mejor. ¿Y qué tal si en vez de pensar tanto damos curso a nuestros más sensibles sentimientos? ¿Y qué si imaginamos la parábola del destino con los ojos del corazón? ¿Por qué no cerrar los párpados y adivinarnos en un futuro más solidario y de mayor peso colectivo? ¿Y por qué no nos hundimos, aunque sea un ratito, en la inconfundible sensación de un abrazo cálido, una palabra justa, un gesto emancipador? ¿Será que nos falta imaginación?
El fútbol puede parecer sórdido, circo brutal para millones de fanáticos que nos perdemos en su pasión. Pero también puede ser posibilidad, puede ser sueños y esperanzas, no por el logro pequeño, individual, sino por el grande, el colectivo. En la vida cómo en el fútbol, en la política como en el fútbol, sólo se trata de imaginarnos mundos y creer fervientemente en ellos, de adueñarnos de sus posibilidades y hacer que sucedan. Lindo partido para jugar ¿no? ¿Y qué tal si empezamos a soñar? ¿Te imaginás en nuestro equipo?
Ignacio Garavaglia

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