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    Me gustaría cambiarme de mundo

    11 de julio de 2012 | 09:47
    Me gustaría cambiarme  de mundo

    El llanto está en nosotros. Las mafias toman pertenencias y la factura de sus locuras las pagan los pobres, los de siempre, el mundo de los marginados. La cúspide dirigente está podrida. La cultura de la ilegalidad se sirve en bandeja a diario para desgracia de la belleza, que ya no existe, porque nos movemos en el terreno de la mentira permanente. Todo se compra con dinero: la justicia, los gobiernos, la libertad y hasta el mismísimo nombre. A lo que hemos llegado. Es el tiempo de los falsificadores, de la piratería, del mal gusto y de los planes de ajustes más injustos, de los escándalos y de los desórdenes, de la incertidumbre y del desconsuelo de los excluidos, de la anticultura que apuesta por la inhumanidad.
    Ya no se puede disfrutar de los campos y los valles, de las fuentes y de los ríos, de los largos paseos, de las luces del atardecer, ni del despertar del alba. En cualquier esquina te sorprende un crimen organizado, un secuestro de tu propia vida o una incautación de pensamientos. O un fuego de los que todo lo barren de humo. Hemos perdido, o nos la han hecho perder, la orientación de vida, el diálogo entre personas, la reflexión racional, la libertad de ser y de creencia. Hoy más que nunca, por consiguiente, es importante saber mirar la realidad que nos circunda, y no descuidar la autenticidad de las gestas. Hay que volver a las raíces, a la interiorización de la persona, al cultivo humano y a tomar conciencia de lo que somos.
    En nosotros está el llanto porque hemos perdido la esperanza. Cuando se pierde la ilusión todo se degenera. Los resultados están ahí. Vivimos alocadamente, sin humildad, ni norma ética alguna, sin promover el diálogo y la participación, sin crear armonía y sin tender nuestra mano al que la necesite. Cada gobierno mira para sí y los suyos. Cada país cuida de sus intereses. Cada pueblo levanta sus murallas. Cada ciudadano cierra su corazón y se encierra de egoísmos. Después de mí, el diluvio. El orgullo al poder. Y el poder con los poderosos. Que siguen gozando de total impunidad hasta en países que se dicen demócratas. Cuesta decirlo, pero hay que decirlo. Un mundo que es incapaz de prestar asistencia humanitaria y que niega alimentos, educación y atención médica a su misma especie, no merece despertar a la vida.
    Por eso, me gustaría cambiarme de mundo. O mejor de vida. Ésta es insostenible, excluyente a más no poder, insegura, insolidaria, intolerable, inhumana, insoportable… ¡Estoy horrorizado! La fortuna se la llevan los pudientes y la ruina los débiles. Es lo mismo de siempre, la misma piedra con la que tropezaron nuestros antepasados. Desde luego, tenemos que transformar los lenguajes y clarificar los nuevos horizontes de futuro, de grandeza y dignidad. Tenemos que generar otro mundo empeñado por el bien común, por el bien de todos y de cada uno. La humanidad no puede soportar por más tiempo estos contrastes entre vidas humanas, entre la pobreza y la riqueza, entre los golfos con poder y los sirvientes que aguantan. Este planeta, sin duda, tiene necesidad de líderes que se comprometan en acciones concretas, capaces de amortiguar la presencia de fuerzas contrapuestas. Siempre hay un norte y un sur, un centro y un extrarradio, una zona de lujo y otra de miseria. Todo ello, alimenta la hostilidad, los conflictos y las desgracias. Lo sabemos, pero hacemos nada por cambiar. Está visto, pues, que cuando crece la irresponsabilidad y las enormes desigualdades económico-sociales se enraízan en la vida, quizá no merezcamos tampoco vivir como especie pensante. ¡Qué dolor más hondo! ¡Y qué retroceso más grande!
    Víctor Corcoba Herrero

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