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jueves, junio 17, 2021
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Mauro López y la historia detrás de uno de los fallecidos con COVID-19 más jóvenes en San Pedro

Tenía 40 años y era padre de ocho hijos. Empleado portuario, fue a trabajar con síntomas y al tercer día lo mandaron a hisopar. Casi dos semanas después, falleció en el Hospital tras estar internado, antes, en la clínica San Pedro. Su esposa, Verónica Giménez, que también se contagió, contó su historia de vida en Sin Galera.

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El viernes, la Municipalidad informó el fallecimiento de Mauro Valenzuela, víctima del coronavirus COVID-19. El parte decía que tenía 41 años, que en realidad tenía 40. No era una persona conocida públicamente. Era un vecino sampedrino de esos cuyos apellidos para algunos no son más números, acaso números y ni siquiera apellidos. Pero como todos, tenía una historia, una familia, amigos que lo querían, compañeros de trabajo, allegados que lo lloraron ese día y que lo van a extrañar siempre.

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Con su historia comenzó Sin Galera el sábado. Su esposa, Verónica Giménez, accedió a contarla en medio del dolor de perder al padre de sus hijos, al hombre que amaba, al compañero de toda la vida.

Mauro y Verónica se conocieron en la adolescencia. Estuvieron juntos 24 años, hasta que los separó el coronavirus. Ella tenía 17 cuando quedó embarazada y decidieron convivir, formar una familia juntos, a pesar de las adversidades.

Alguno años después, en 2006, se casaron. Tuvieron ocho hijos, cuatro nietos y un quinto en camino que él no llegará a conocer. El hogar de la pareja está en Hermano Indio al 2000. Desde allí, cada mañana Mauro caminaba hasta la otra punta del pueblo para trabajar en Terminal Puerto San Pedro.

“Él trabajaba siempre para que no nos faltara nada, en donde sea, porque no le gustaba que pasáramos necesidades”, contó Verónica. En Terminal Puerto San Pedro “trabajaba en plataforma” y “hacía muchas tareas”.

Cobraba por semana. Cuando le informaron el positivo le recetaron medicamentos que no pudo comprar hasta varios días después porque no le habían pagado.

Mauro López acusó síntomas el domingo 25 de abril. No se sentía bien y Verónica le pidió que no vaya a trabajar el lunes. Él decidió concurrir, por las dudas. “Tengo que ir. Si no, cómo hacemos”, le dijo a su esposa. El martes también fue. El miércoles se dieron cuenta que no estaba bien y lo hisoparon. Dio positivo.

“Se cuidaba mucho, nos cuidaba mucho. Nosotros nos estábamos cuidandonos mucho”, dijo Verónica, que está convencida de que Mauro se contagió en su lugar de trabajo.

“Salía a trabajar y venía a su casa a estar con sus hijos. No salía, no era una persona que se iba a jugar a la pelota, nada”, aseguró.

“Me lo mandan caminando para mi casa. Estaba con mucha fiebre, mucha tos, le dolía mucho el cuerpo”, contó Verónica. sobre el día del hisopado. Mauro López caminó hasta su domicilio “con la única pastilla que le dieron, esas que se toman 6 juntas”, dijo su esposa. Se refería a la Ivermectina, cuya indicación es recurrente en San Pedro.

A Verónica le recomendaron que se aislara en otro lugar. Pero a los pocos días regresó a la casa matrimonial. “No aguanté más y me vine a cuidarlo, porque estaba mal. Abrí la puerta, me metí con él acá para cuidarlo, porque no lo quería dejar solo. Y me contagio yo también”, relató.

Eso fue el jueves 29. El sábado pasado, 1 de mayo, Mauro estaba muy agitado y Verónica tampoco se sentía bien. Le informaron la situación al médico Joel Scorcelli, que les hacía seguimiento, quien envió una ambulancia a la casa de la pareja. Ese día, López fue internado en la clínica San Pedro.

“Lo llevaron porque él estaba agitado, con fiebre, para darle un poco de oxígeno. Me decía que iba a volver para casa, que solo le faltaba eso, que estaba mejor”, contó la esposa. “Yo le dije bueno, curate y volvé para casa. Y me dice ‘sí, me voy a curar y voy a volver’. Tuvimos dos días más para hablar porque nos comunicábamos por mensaje”, agregó.

El domingo, Mauro López le informó a su esposa que los médicos estaban buscando un lugar para trasladarlo porque necesitaba asistencia respiratoria mecánica. El lunes lo llevaron a la terapia intensiva del Hospital, donde lo intubaron.

El viernes, a las 8.05 de la mañana, le avisaron a Verónica que Mauro había fallecido.

En la cuadrilla de Terminal Puerto San Pedro en la que trabajaba se contagiaron otros compañeros. “Tengo el amigo de él, el compañero, que está pendiente de mí y de mis hijos, mandándome mensajes, esperando que le den el alta para venir a abrazar a los chicos”, contó la mujer.

Mauro López era el único sostén de la casa, en la que convivía con Verónica y siete de sus hijos, puesto que la mayor vive con su pareja. Mientras estuvieron transitando la COVID, como no trabajaba, no tenían dinero. Familiares les llevaron cosas y se contactaron con Desarrollo Humano para que les acerquen mercadería. Él ya estaba internado cuando llegó la asistencia.

De su trabajo, el encargado apareció recién el sábado, después de que Verónica habló en Sin Galera.

Javier Burnes, el encargado, se comunicó con La Opinión para aclarar esa situación: “El está pasado por la ART, le llevé el sueldo, la empresa cubre todo, la oficina enseguida se comunicó e hizo los trámites que corresponden, todo. Esperaban el certificado de defunción para lo que sigue”.

Señaló que fue recién el sábado porque él también estaba contagiado y explicó que “Mauro fue hisopado en Terminal”, en la propia empresa, junto a un grupo de compañeros. “Ese miércoles, automáticamente, comencé a comunicarme con ellos, continuamente. No podía salir de la casa porque estaba aislado”, aseguró.

“Tengo mensajes del día que cayó Mauro, yo tuve COVID antes que él. Más allá de ser un compañero de trabajo, es un amigo de toda la vida, fuimos juntos al colegio, íbamos a pescar”, dijo.

Burnes aseguró que mantuvo contacto permanente vía WhatsApp tanto con Mauro como con la esposa. “Esto nos golpeó a todos, yo iba a pescar con él, tenemos fotos juntos. La cuñada dice que hubo abandono y eso duele, porque esto es una enfermedad que golpea muy fuerte”, señaló.

Desde que se enfermó y hasta el día de su muerte, contó Verónica, no le habían pagado un peso. “El cobraba todos los fines de semana”, dijo y señaló que “tenía recibo de sueldo”.

El viernes por la noche, tras la muerte de Mauro, la llamaron de la Municipalidad. Le mandaron “carne, mercadería, fruta, verduras” para que los chicos “tuvieran este fin de semana”. Le dijeron que el lunes se iban a poner en contacto “para ver lo del Cementerio”.

A Mauro López, su esposa, sus hijos, sus padres —que ya perdieron a otro hijo, Leonardo, en un asesinato que quedó impune— lo despidieron de lejos, porque no se permite ver el cuerpo ante la pandemia. Cuando lo estaban por derivar de la clínica al Hospital, tuvo miedo:

“Gorda, tengo 40 grados de fiebre. Si me llevan para allá, no salgo más”, le dijo a Verónica.

“Esas palabras no se me borran. Él quería venir a casa con sus hijos. Quería estar acá. Se terminó yendo él”, contó ella.

“Hay que tomar conciencia. Si salís a buscar el pan de cada día corrés el riesgo ese. Hay gente que no se cuida y no saben lo feo que es perder a alguien que uno ama, dejar una familia”, analizó la mujer.

Hay que ser conscientes, porque nosotros nos cuidábamos de todo. Pero es terrible”, reflexionó Verónica Giménez, la viuda de Mauro López, que falleció a los 40 años y es una de las víctimas más jóvenes de las 112 que registra San Pedro desde que comenzó la pandemia.

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