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jueves, marzo 4, 2021

Mataron en Brasil al militar que “desapareció” al “Grillo” Ruggia

Paulo Malhaes fue emboscado por un grupo comando y asfixiado. Se presume que buscaban “callarlo”. Un mes antes, había sido el primer represor brasileño en 30 años en confesar torturas, asesinatos y ocultamiento de cadáveres. Organismos de derechos humanos e historiadores lo sindican como el responsable del operativo en el sur de Brasil en el que mataron al joven sampedrino en 1974. Su cuerpo nunca apareció.

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El coronel retirado Paulo Malhaes, represor confeso y posible verdugo de Enrique Ruggia, fue asesinado en su casa de Río de Janeiro el 25 de este mes.
El cuerpo presentaba signos de asfixia. Al momento de ser encontrado, estaba en el piso de su habitación, boca abajo, y con el rostro pegado a una almohada.
Un grupo comando de tres personas ingresó a la vivienda, ató y encerró a la mujer y asfixió al represor.
Malhaes, de 76 años, declaró ante la Comisión Nacional de la Verdad (CNV) 30 días antes de su muerte. En su testimonio ante el comité creado por la presidenta Dilma Rousseff reconoció su participación en los crímenes cometidos por la dictadura brasileña comprendida entre 1964 y 1985. Nadine Borges, miembro de la Comisión Estatal de la Verdad y responsable de tomar testimonio al ex represor, exigió una rápida investigación sobre el asesinato. “Esto no puede ser tratado como un delito común”, expresó.
Durante su confesión, el genocida relató cómo torturó, mató y ocultó cadáveres de presos políticos. Tras defender el recurso de la tortura ante los cuestionamientos del Ministro de Justicia, José Carlos Días, reveló cómo se borraban evidencias para hacer desaparecer los cuerpos: “En esa época no existía ADN. Las partes que podían identificar a una persona eran el arco alveolar y las huellas digitales”, recordó, y confirmó que rompía los dientes y amputaba los dedos de los cadáveres.
La historiadora Janaína Teles sostiene que la dictadura brasileña fue la impulsora del método de desaparición forzada de personas y propició el armado del Plan Cóndor.
Como ejemplo, citó el operativo coordinado por elementos represivos de Brasilia, Buenos Aires y Santiago que en 1974 secuestró a varios militantes, entre ellos el argentino Enrique Ruggia. La desaparición del “Grillo”, confirma la historiadora, fue comandada por Paulo Malhaes, alias Doctor Pablo.
El militar brasileño era tristemente célebre en su país por participar, en 1973 de interrogatorios a presos políticos en el Estadio Nacional de Chile.
“Fue Brasil el país que inventó la eliminación y la desaparición de opositores como método y política de estado: los primeros desaparecidos brasileños son de 1972” aseguró. “No hubiera habido Plan Cóndor si Brasil hubiera vetado la idea, por más que hasta hoy existe la falsa idea de que Brasil no tuvo nada que ver con ese sistema” agregó.

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El caso Ruggia
Ruggia dejó sus estudios de veterinaria a los 18 años, atraído por un grupo de combatientes de la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), de Brasil. Engañados por una operación de inteligencia, los jóvenes fueron emboscados en una reserva ecológica fronteriza con Argentina.
La búsqueda del cuerpo todavía no dio resultados, entre otros motivos, por la falta de cooperación, durante años, de las fuerzas armadas brasileñas.
Es el primero de los desaparecidos de nuestra ciudad, y su caso marca uno de los puntos centrales en la investigación sobre la Operación Cóndor en la Triple Frontera.
El libro “Los años del lobo (Operación Cóndor)” menciona la desaparición de Ruggia como parte de la primera etapa de ese operativo conjunto de las fuerzas represivas del cono sur. El informe de Stella Callón y Adolfo Pérez Esquivel señala que en Brasil tomaron contacto con un documento en el que se mencionaba “el buen trabajo de los brasileños” por la desaparición de varios argentinos. El primero de la lista, fechada en 1981 es Ruggia.
En 1996 Brasil reconoció la muerte del “Grillo” (aparentemente fusilado en el sur del estado de Paraná), aunque no precisó la ubicación exacta del cuerpo.
Según el diario “Estado de Sao Paulo”, la eventual apertura de investigación sobre la Operación Cóndor puede abrir espacio para que sea develado este episodio, considerado como uno de los “nebulosos” en la dictadura brasileña.
El crimen de los ocho guerrilleros, comandados por el sargento Onofre Pinto, capturados en julio de 1974 en la región de la Triple Frontera, en el Sur, con la colaboración del aparato represor argentino, sigue siendo objeto de análisis en Brasil.
El grupo estaba formado por siete brasileros y Ruggia. Ellos habrían sido atraídos desde la Argentina, donde estaban refugiados, hasta la frontera con Brasil. A partir de informaciones de la inteligencia argentina sobre su ruta, el grupo había sido capturado después de entrar en Brasil, y sus integrantes fusilados en una área forestal en Foz do Iguaçu.
Las Fuerzas Armadas de Brasil y de la Argentina siempre negaron el episodio, pero el Archivo Nacional de la Memoria guardó las fichas de Ruggia y de los brasileños Edmur Péricles Camargo, José Lavecchia, Gilberto Faría Lima y los hermanos Joel y Daniel de Roble. El octavo militante se llamaría Victor (el nombre puede ser ficticio) y su ficha no fue archivada. Faria Lima era dirigente de la VPR, así como Onofre. Los datos no esclarecen si el sargento murió con los demás o más tarde.

La búsqueda
El grupo brasileño había llegado a Argentina huyendo del golpe militar en Chile en 1973, donde estaba refugiado.
Pero en esos tiempos de represión, la paramilitar Alianza Anticomunista Argentina ya estaba actuando en la confección de fichas de disidentes políticos de izquierda y en secuestros, atentados y asesinatos.
Se presume que, como parte de un engaño, “alguien” los convenció de regresar clandestinamente a Brasil.
Lilian “Lili” Ruggia sostuvo que su hermano “era un joven muy sensible” y recordó que Enrique “sintió admiración por aquellos luchadores”. Sobre los momentos finales, agregó que “al parecer existió un plan en Brasil para tratar de atraer a los militantes y por eso mandaron a dos colaboradores (antes guerrilleros) a Argentina, entre ellos una mujer”.
El objetivo fundamental de los militares brasileños estaba dentro del grupo que integraba “El Grillo”: “Tenían muchas ganas de atrapar a Onofre Pinto, ex lugarteniente de Carlos Lamarca, con quien tenían un doble ensañamiento porque había sido suboficial del ejército. Enrique vino un día a decirme que se iba para realizar grandes cosas. Fue la última vez que lo vi”.
En 1992, tras 18 años de búsqueda, Lili conoció la verdad en Río Grande do Sul. Supo que el joven sampedrino murió en una trampa tendida por la dictadura brasileña, que llevó al grupo de muchachos hasta una finca donde los esperaba el ejército.

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