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miércoles, septiembre 22, 2021
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Malvinas: El regreso a la caída, los puso de pie ante el pasado

Cuatro ex combatientes sampedrinos viajaron a Malvinas. Casi 28 años después de la Guerra. Los detalles del viaje, el reencuentro con la historia, los momentos más emotivos en el testimonio de uno de ellos.

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“Sólo le pido a Dios / que la guerra no me sea indiferente / es un monstruo grande y pisa fuerte / toda la pobre inocencia de la gente”.

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Seguramente para Javier Saucedo, Eduardo Alfonso, Miguel Tello y Domingo “Mingo” Novaro –los cuatro veteranos que juntos se abrazaron a esta experiencia– la indiferencia es una palabra ajena a su propia historia. Llegaron a las islas un lluvioso día pintado de gris.
“Está todo igual que hace 28 años atrás”, misteriosamente esa fue la descripción que Mingo Novaro usó para explicar en su relato cómo encontró las islas.
“Las trincheras están intactas, algunas fueron tapadas por la arenilla que vuela por el viento, pero hallamos una trinchera de Eduardo. Había cremas de afeitar y seguramente debajo de la arena habría mas cosas”, contó. Allí dejaron deslizar por sus mejillas frías, en los aires del sur, las primeras lágrimas: “Cuando hallamos ese lugar, no nos quedó otra que abrazarnos con los compañeros y nos largamos a llorar”.
Sin embargo, dos décadas después de aquel 2 de Abril, día del desembarco argentino, nada es igual, aunque la postal se parezca. Lo que ahí está sólo son los restos de una decisión política, la memoria de 649 argentinos que dejaron sus vidas en aquella batalla, el recuerdo de las noches más frías, las mañanas más dolorosas, las tardes más temerosas, los días más ruidosos.
Hay una gran distancia en la manera en que llegaron esta vez a Malvinas a la de aquel otoño de 1982: “Nos enteramos a las 12 de la noche, a esa hora estaba en el aeropuerto, llegue en el primer Hércules que aterrizó en Malvinas, eran las 6 y 20 de la mañana, vimos todo el movimiento que había, entraba y salía un avión. Yo tenía 18 años, no hubo tiempo para despedirme de mi familia, en Río Gallegos había un solo teléfono y no funcionaba. Ahora tengo 46 años”, así lo recuerda Javier Saucedo.
Los cuatro sampedrinos llegaron a Malvinas, cambiados, crecidos, muy distintos a aquella vez: desarmados, de civil, con canas, sin el peso de la incertidumbre del regreso pero con la curiosidad de saber cómo se sentirían cuando se enfrentaran a todo eso que de un rato al otro los convirtió de jóvenes con acné en combatientes defiendo la soberanía de su territorio.
Arribaron intentando saldar una deuda consigo mismos, buscando quién sabe qué entre las calles habitadas por los Kelpers, reconociéndose entre los lugares de las islas como protagonistas absolutos de una de las partes más desdichadas de la historia argentina: La Guerra de Malvinas.
“Buscábamos cerrar una etapa de nuestras vidas, en mi caso es así. Esa tarde, después que estuvimos en nuestras posiciones y lloramos mucho, llegamos al hotel y me senté… Estaba en paz, estaba muy tranquilo, esa es la sensación”, dijo con voz quebrada, Mingo Novaro, encontrando las palabras perfectas para describir los motivos para regresar a aquel frío lugar, que desde 1982 pertenece en los libros de geografía e historia de todo el mundo al Reino Unido.
Argentina continúa reclamando por la soberanía de las Islas, la Presidenta aseguró esta semana que “va a adoptar en el marco de su derecho nacional todas las disposiciones y todas las resoluciones que tiendan a reafirmar nuestra soberanía sobre los archipiélagos del Sur”, lo hizo durante su participación en la Cumbre de la Unidad América Latina y El Caribe y recibió el respaldo de sus pares latinoamericanos.

Kelpers y ex soldados: ciudadanos
En la recorrida, el contacto con los lugareños fue inevitable, y las reacciones de los mismos frente a los argentinos son absolutamente dispares: “Hay gente que nos ha invitado a comer a su casa y otros que son totalmente indiferentes”.
Llegaron a través de un vuelo hacia Río Gallegos y luego cruzaron con una línea chilena. Se contactaron con una mujer que hospeda a ex combatientes pero como no tenía lugar lo hicieron a través de una empresa de turismo.
En las islas hay reglas para cumplir, hay que adecuarse, el único impedimento al que se expusieron fue a filmar la inmensa base militar. Los horarios también difieren bastante de nuestras costumbres, a las 20.00 todas las ventanas se cierran. “Son muy estrictos en todo, no hay basura tirada en ninguna parte, los autos circulan a 40 (km/h) y cuando vas a cruzar, el auto frena y te deja pasar; el peatón tiene la prioridad”, relataron los sampedrinos.
En su estadía aprovecharon para visitar todos los lugares que los podían acercar a aquellos días, estuvieron en el Cementerio: “Hay placas de reconocidos soldados y otros tienen una que dice: “Sólo Dios sabe quien descansa aquí”.
El lugar es cuidado por un argentino casado con una isleña, la gobernación de la isla le paga un sueldo para el mantenimiento del lugar.
Antes de viajar, Javier Saucedo se entrevistó con la familia de Magliotti y junto a Mingo Novaro fueron a hablar con la hermana de Mateo Sbert. Ella hizo unan plaqueta y una carta que Saucedo dejó en el cementerio, ambos sampedrinos caídos en la guerra. “Fue algo simbólico, porque en estos momentos no dejan colocar placas, sólo dejan las que pusieron los familiares de caídos en Malvinas, la placa que nos dio la hermana va a ser colocada en un monumento que se construirá al lado del cementerio, ese fue otro de los momentos emotivos”, contaron.
También visitaron el lugar en donde falleció Mateo Sbert, un prado rodeado de montañas al lado de un río. “Mateo murió defendiendo a sus compañeros. Era un puesto de un cuidador de ovejas, por eso lo atacaron con cohetes y la destruyeron”, detallaron. Allí dejaron la carta: “Si algún día viene algún familiar lo encontrará como el lugar en donde falleció Mateo Sbert. Es una carta que está plastificada para evitar su deterioro”, describieron.
“La anécdota más increíble y emocionante que me ha tocado vivir en nuestra estadía en Malvinas fue cuando visitamos el martes Monte Harrier. Llegamos, nos abrazamos, lloramos los cuatro y empezamos a recorrer el lugar, entonces uno de los muchachos, Miguel Tello, tomo una esquirla que había en el suelo, la tiró por el aire, cae y pega en una piedra. Eduardo Alfonso va a recogerla y cuando se agacha encuentra una pistola que era mía y que había desarmado hace 28 años”, dijo Novaro y para reforzar ese destacado momento agregó: “El 12 de junio a la mañana, cuando nos dan la orden de rendirnos nos obligan a desarmar las armas y tirarlas por todos lados, e increíblemente ahora la hallé desarmada”.
Para cerrar el testimonio que comparte su vivencia, Novaro dijo: “Aún nos preguntamos cómo hicimos para sobrevivir, la conclusión es que sucedió porque éramos más jóvenes. El clima es imposible de tolerar, hemos tomado imágenes para mostrar eso porque es increíble. Creemos que sobrevivimos por la suerte y el destino”.
Muchos de ellos apenas dejaban sus guardapolvos cuando se despedían entre abrazos y lagrimas de sus padres, sus hermanos, sus novias, sus amigos, el calor del hogar y la inocencia de la pelota de fútbol.

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