Austeridad, honestidad, transparencia, conducta, convicciones.
Las malas palabras de la grieta parecen las piedras de una catapulta que se abate y se esparce siempre sobre los hombros de la población.
No se puede decir que gastan mal, que dilapidan mejor y mucho menos que ofrezcan explicaciones a los ciudadanos puesto que ahí están todos, en el escenario que dejó el kirchnerismo, ya parados sobre las cenizas, cual predicadores de privilegio. Proclaman que son distintos, proceden igual o peor, porque aún no sienten rigor sobre las consecuencias.
Yo los veo, no sé ustedes.
Los veo nombrando ñoquis, amigos, palmeándose la espalda, manejando los autos y patrulleros nuevos, los flamantes, los que compramos con la plata que “se dejó de robar” y ahora podemos despilfarrar porque nadie dirá nada.
Los veo con cara de hormigón armado justificando sus cargos nuevos. Los veo.
Los descubro cada día detrás de los pañuelos verdes que identifican al gobierno de Cambiemos para que “sigamos” gastando lo que manda María Eugenia y Mauricio, nada de gobernadora y presidente. Veo que ahora se habla así: Mario, Cecilio, Sergio, Martín, Silvio, Johny, Iván, Patricia, aunque sus apellidos alberguen conspicuos pasados en partidos políticos que en otros tiempos parecían tener razón de ser.
Los veo simulando simpatía, corrección y agradecimiento. Los veo porque ya los he visto antes, en otra situación, con una mueca de horror señalando soluciones, caminos y sanciones sobre actos de los que ellos mismos han sido responsables.
Los veo como mutantes en las formas y malabaristas en las sombras para simular familias ordenadas. Los veo ensoberbecidos, embriagados, empalagados con los elogios y augurios de nuevos triunfos electorales.
Los he visto antes golpearse el pecho para que “se termine con el saqueo y los negocios paralelos”; los veo quedarse con los vueltos de manera organizada, con tácticas elaboradas con inteligencia empresaria para justificar que “mientras sea legal” no hay por qué cumplir con las normas de gobierno abierto e información pública.
Los veo justificar la llegada de helicópteros para reuniones partidarias que tienen apariencias de visitas oficiales. Los he visto enojados, y los veo más enojados cuando alguien los delata.
Los he visto discutir, pelearse, operar renuncias, manipular y cooptar periodistas o medios de comunicación. Los veo siempre rodeados de prensa oficial y dependiente del bolsillo generoso.
Los ví en la década del 80, cuando los funcionarios tomaban licencia para hacer campaña; en los 90, cuando para hacer campaña había que presentar obras; en los 2000 empezar a disfrazarse de revolucionarios o mano dura para hacer la campaña con todos los pobres que acumularon en tres décadas. Los vi también dividirse, ir juntos, ir separados, ir con algunos, ir con todos. Los veo en el discurso con la epopeya ética y buscando de qué modo aceitar la nueva rapiña de la máquina electoral. Los veo confiados, seguros, decididos y dispuestos a comprar hasta lo que no se vende.
Veo casi con los ojos cerrados el momento en que se burlan de los que piensan y cuando piensan se burlan de los demás.
Los veo, los estoy viendo cuando la campera reemplaza el traje y el equipo deportivo a la campera.
Veo todo lo que ahora se está haciendo con nuestro dinero, veo las obras que no se veían, veo que están trabajando y “haciendo lo que hay que hacer”. Veo que nos merecemos saber lo que están haciendo porque no queremos que hagan sin que expliquen cómo, con quién, cuándo, para qué, con qué y dónde. Veo que es necesario que así sea y que alguien se anime a decirlo.
Lo que vi y vuelvo a ver es lo que veo. Cuando voy y cuando no, los veo. Percibo siempre a los farsantes, incluso a aquellos que siempre denunciaron a los farsantes y hoy también son farsantes. Los veo claudicar, entregarse, sumirse, acatar, obedecer. Los veo peligrosamente adiestrados, domesticados, necesitados de permanencia. Los vi cuando empezaron. Los vi llegar y ahora los veo ocupados en permanecer.
Los veo en campaña todo el tiempo, con sueldos más altos, aumentos encubiertos y anunciados, descontrolados, dilapidando el recurso más importante: la confianza.

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