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jueves, julio 29, 2021
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Los usurpadores

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Quien se apropia de algo que no le corresponde recibe la designación de usurpador, tanto si se trata de bienes, honores o cualquier otro derecho, y desde hace bastante tiempo, tanto como para desviar la atención del común integrante de lo que llamamos la gente o el pueblo, de manera que el más incauto puede caer involuntariamente, o a sabiendas  si se trata de la viveza criolla. Especialmente en política, bastantes cultores de esa profesión, para la que no se exige más que ser mayor de dieciocho años, o unos pocos más si se trata de ocupar un cargo representativo, independientemente de que se sepa o no emplear un vaso para escribir algo tan simple como una O.
En los albores de nuestra nacionalidad los partidarios de Justo José de Urquiza se definían como unitarios, entendido que el país era una unidad inseparable, mientras los partidarios de Juan Manuel de Rosas se caracterizaban como federales, a pesar de su organización monolítica encabezada por el “Restaurador de las leyes”,  como se definía el propio  Rosas, y sustentado su poder por la “Mazorca”, una banda de cuchilleros asesinos que degollaban a los opositores al son de “La refalosa”. Ya hacia fines del siglo XIX los conservadores constituían lo que hoy llamaríamos política de derechas, los radicales quizá serían los del centro, mientras que los socialistas representarían la izquierda, habida cuenta que abrevaban en el ideario de Marx y Engels; luego los más lanzados devenidos comunistas experimentarían el fracaso de la Rusia soviética, hasta que los anarquistas no admiten  ninguna forma de gobierno, así como los monárquicos creen en el gobierno de uno solo por descendencia familiar y de inspiración divina.
Llegamos al siglo XX con las consecuencias que se derivan de la 1ª guerra mundial, el gobierno de la Nación se ve influido por los radicales “personalistas y antipersonalistas”,  si bien se designan algunos como yrigoyenistas y otros como alvearistas, donde por vez primera el apellido marca determinada tendencia, hasta que aparecen los nacionalistas partidarios del corporativismo de inspiración nazi-fascista, hasta llegar al descalabro de la presidencia del Dr. Roberto M. Ortiz, seguida del derrocamiento de su vicepresidente Ramón S. Castillo por la revolución del 4 de junio de 1943, aprovechada por un coronel integrante del GOU (Grupo de Oficiales Unificado) quien venía imbuido de las ideas nazi fascistas luego de ser agregado militar a nuestras embajadas en Berlín y Roma,  Juan Domingo Perón. 
Es así como surge el peronismo, primera vez que el apellido del dirigente imprime su sello al movimiento que se aglutina en torno a él incluyendo aquella frase suya de que “para un peronista no hay mejor que otro peronista”.  Si bien nuestros vecinos continentales nos tienen por agrandados, los argentinos no somos fáciles de arrear, pero  bien sabía Perón que ocupando la Dirección Nacional del Trabajo, hasta entonces en manos de socialistas, obtenía una palanca de poder más que importante, para llegar a las más altas esferas del gobierno.
Si bien no le disgustaba la denominación del movimiento de su creación, trató de soslayar esa connotación, hasta que se presentó como conductor de un nuevo concepto  de sociedad de base obrera, y lo denominó justicialismo, por aquello de que la única solución era la justicia social, sin importar que la democracia, en la que evidentemente no creía, tuviese  mejores soluciones.
Oficialmente ese partido se sigue llamando justicialista, pero para quienes lo dirigen no es problema que se lo designe con lemas como “Frente para la victoria” o cualquier otro que aconsejaran las circunstancias, independientemente de que hasta los opositores le llamen “kirchnerismo”, dado que el líder ya no es Perón  y al ex presidente y diputado Néstor Kirchner le halaga seguramente (y a quién no), si pretende que sean gobierno hasta el 2020, quizá cifra su pálpito en la alternancia conyugal y porqué no en la descendencia filial que cuenta con su propia organización “La cámpora”, llamativamente palabra del vascuence que se traduce por “¡fuera!”.
Llamemos a las cosas por su nombre, a riesgo de que no lleguemos a entender ni lo más elemental. Totalitarismo, populismo, clientelismo, son denominaciones políticamente utilizadas. Lástima que estén tan de moda en la Argentina, pueblo que no es usurpador, sino al revés.
Miguel A. Bordoy.

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