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jueves, julio 29, 2021
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Los chicos que quieren cambiar el barrio Hermano Indio

Tienen entre 13 y 19 años, y hace tres meses se sumaron a un proyecto municipal para mejorar y cambiar el aspecto del barrio. Limpiaron las calles sacando la basura y escombros, y ahora construyen carteles para pedir la colaboración de los vecinos. También quieren instalar una plaza en la esquina de Gral. Pueyrredón y Cruz Roja. “Nuestro barrio estaba requemado, no entraban ni los remises”, dicen refiriéndose a la “mala fama” de Hermano Indio. Con La Opinión, hablaron de la promesa de volver a la escuela, pero también de los sueños y la discriminación que sufren diariamente.

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Todos esperan pacientes sentados alrededor de la mesa, para hacer la entrevista que les prometieron. Pero dicen, entre risas, que ellos siempre van a cualquier cita si les ofrecen un desayuno como el que les sirvieron esa mañana en la Casa de la Mujer, con té y rosquitas bañadas en azúcar.
Son los chicos del “pasillo” de Hermano Indio que desde hace tres meses, se decidieron a cambiar al menos el aspecto del barrio y aceptaron la oferta que les propuso el municipio, a través del área de Desarrollo Humano. El proyecto, era realizar una limpieza general para sacar la basura y escombros que muchos vecinos tiran en las calles, iniciando así una campaña de concientización entre todos los habitantes de la zona.
“Hay algunos que nos felicitan, y otros que no lo entienden”, dicen estos siete chicos sobre el efecto de los primeros trabajos que se hicieron. Para reforzarlo, ahora están elaborando carteles para colocar en las calles donde se les pide a los vecinos que colaboren tirando la basura en los lugares adecuados, y quieren construir cestos con medios tanques para que allí arrojen los residuos.
Entre risas, ensayan las frases que colocarán en los carteles con sugerencias pero también amenazas para los que todavía no valoran lo que están haciendo.
“Es que nuestro barrio está requemado”, dice Mario Quintero, el mayor del grupo porque tiene 19 años y futuro papá ya que confirma que su novia está embarazada de tres meses.
“Ni los remises querían entrar. Ni la ambulancia, cuando la pedís te dicen algo así como que “la ambulancia no está disponible” pero es mentira”, agrega Luciano Corvalán, que a los 16 años, es el que más habla del grupo y recibe las “cargadas” porque le dicen que debería ser abogado.
Milcíades Lencina y Rubén Sobrino, de 13 y 14 años, son los más callados pero asienten con su cabeza cuando sus compañeros hablan de los problemas del barrio y con orgullo, porque dicen que de a poco las cosas están cambiando y ahora, “algunos empezaron a entrar”. “Por ahí tenían razón porque los que entraban, salían sin nada”, afirman entre risas Luciano y Mauricio Mendoza, que tiene 17.
Los proyectos no terminan. Además de mantener la limpieza de las calles, los chicos quieren instalar una plaza en la media manzana de Gral. Pueyrredón y Cruz Roja, donde ya retiraron la basura y la maleza. “Había un aserradero en ese lugar”, dice Mario. Ellos mismos parquizarán el terreno y a futuro, sueñan con un espacio adecuado para hacer actividades deportivas.

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Vuelta a la escuela
Del grupo de siete chicos que están inmersos en el proyecto, está ausente para la entrevista sólo uno, Daniel Quintero que tiene 16 años y es hermano de Mario.
Todos confirman que el compromiso que asumieron, es volver a la escuela porque por diferentes motivos, abandonaron los estudios hace un tiempo. Algunos reconocen que “hace dos años” dejaron y otros menos tiempo pero casi todos concurrían a la Escuela Nº 3. Dicen que incluso, su propia familia los “sacó” porque “vivían suspendidos” y no pasaban de año. “Yo llegué hasta 7º bien, pero después empezó a irme mal. Había muchas mujeres y uno se pone loco”, dice Mario desatando las carcajadas de sus compañeros.
Con mejores y peores experiencias, los seis han trabajado en “changas” en general en tareas rurales. “Pero el campo te mata –dice con sabiduría Luciano-, porque te arruina mucho la salud. Aguantás hasta los 20 años, después tenés problemas con el cuerpo”. El sueño de Luciano, es entrar al ejército o a la Prefectura. Dice que su abuelo era policía, y por eso siempre le gustó vestir un uniforme pero es difícil porque se piden muchos requisitos. “Tenés que tener secundaria, por lo menos”.
En el caso de Mario, que logró a duras penas llegar al 8º año, quiere terminar por lo menos el 9º en la nocturna, y después seguir trabajando. “No me queda otra, porque voy a ser papá”, dice.
Milcíades y Rubén, son demasiado tímidos para opinar, pero reconocen como Mauricio, que piensan en cualquier trabajo “que no sea el campo” y saben que para eso, tienen que terminar la escuela. “Alguna fábrica te toma con 8º año como Prear, pero Papel Prensa te pide el secundario, y tener 18 años”.
El “gurrumín” del grupo es Fabián, no sólo por la edad sino porque es el más menudo. Pero con seriedad, cuenta que trabajó durante un tiempo como ayudante de albañil y que esa tarea le gustó. “Hay mucho trabajo de albañil, pero mucha gente no sabe nada”, explican confirmando que les interesaría entrar a la escuela de oficios, y que Daniel “terminó la escuela y ahora aprende herrería y carpintería”. “Yo hice un curso de electricidad que dictaron en el Club Independencia pero lo dejé porque me aburrí. Me enseñaban los neutrones, y no se que más, pero yo quería práctica, no estar escribiendo”, dice con sinceridad Luciano.

“Si usás gorrita, sos sospechoso”
En sus ratos de ocio, lo que más les gusta es jugar al fútbol o salir a cazar. Dicen que no toman más que cerveza “de vez en cuando” y en general, los fines de semana. “Si hay algún asado, pescado o un carpincho, ahí estamos”.
Y que van a bailar al club Independencia, porque en otros locales no pueden ingresar. “Por qué son menores y no los dejan entrar?”, es la pregunta ingenua del periodista que ellos niegan a coro. “No, porque te dicen de una: vos sos negro y no entrás. O te miran de arriba abajo, y como no estás vestido como un cheto, no te dejan pasar. Igual no se entiende porque los del centro andan con zapatillas rotas y sucias, todos despeinados, pero claro son chetos”, reconocen con humor y entre risas, todos.
Luciano lo explica mejor aún. “Si sos negro como nosotros, y de barrios pobres, no te dejan entrar aunque vayas vestido con saco y corbata”.
Absolutamente resignados a esa discriminación, dicen con naturalidad que les pasa lo mismo con la policía. “Si usás gorrita, te llevan”. “A mí me agarraron a la vuelta de mi casa”, agrega por única vez Milcíades, que recibe el apoyo de sus pares porque los demás confirman que los agentes “le pegaron”.
“Siempre te dicen que es por averiguación de procedencia. A mí me averiguaron como 20 mil veces, la procedencia”, agrega con el mismo desparpajo Luciano, desatando las risas de los demás.
Está vivo en ellos, el recuerdo de la llegada de Infantería de San Nicolás que realizó una “razzia” hace unos dos años. “Eran todos unos monos grandes, un montón. Se metían adentro de las casas y sacaban a la gente a la calle”.
Reconocen que la mala fama de Hermano Indio, tiene su razón porque en el barrio ocurrían muchas peleas, pero dicen que ahora está más tranquilo. Las causas, a veces no tienen demasiado argumento. “Y alguno empieza a decir que yo soy más pulenta que vos, y en general el tema es entre barrios, porque vienen de otro lado. Si te pegan, vos tenés que ir con tu familia a pegarles a ellos. Gana el que tiene más hermanos”, confirman sin dejar de reír con los remates, pero sin perder la seriedad del tema.
“Ahora que cortamos los pastos, y se puede ver un poco más en el barrio, cambió bastante”, sintetizan orgullosos para recalcar que ellos quieren cambiar, para que Hermano Indio sea un barrio como tantos otros.

El Programa
El proyecto en el que están incluidos los chicos de Hermano Indio, forma parte de un programa que puso en marcha la UCEFF y arrancó el año pasado, enfocado a adolescentes en vulnerabilidad social, desde 15 a 21 años. En principio, se trabajaba con chicos en forma puntual, pero este año, surgió la posibilidad de formar un grupo como el de Hermano Indio. El requisito, remarcan las profesionales que lo coordinan, es la vuelta a la escuela. Por eso los chicos, entre risas, dicen que van a retomar los estudios que dejaron truncos, algunos casi a punto de recibirse y otros con mucho más atraso, a los que suman en ciertos casos problemas de conducta. “El eje de este programa es la educación, porque es lo que posibilitará la inclusión social de estos chicos”, dicen desde la Uceff. Para que se inserten en estas nuevas tareas, la Municipalidad les ofrece una beca mínima en dinero que los motiva pero también les permitió a algunos dejar su trabajo en el campo o incluso en la isla que les impedía ir a la escuela. “Pero el dinero se les entrega a los padres, porque son menores de edad y porque de esta manera incluimos a la familia en el compromiso”, explican. En el proyecto colaboran un asistente social y un abogado especializado en minoridad, que coordinan y apoyan la tarea de los chicos.

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