Lo que 2022 nos dejó: “Sin el pan bajo el brazo”
Para despedir el año que pasó y recibir el 2023, compartimos estas historias de vecinos e ideas que nos enorgullecen e inspiran. Cada una de ellas formó parte de las ediciones de La Guía Club, nuestra única publicación impresa luego de que La Opinión Semanario dejara de salir cada miércoles. Brindamos por los suscriptores que nos acompañaron este 2022.
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Hijo de inmigrantes e impulsor de una reconocida empresa familiar, Fernando Panciroli recordó sus inicios como comerciante, panadero y productor. En el año en que San Pedro celebra su 115° aniversario, La Guía Club se propuso contar la historia de aquellos vecinos que construyeron su propio capítulo y terminaron escribiendo una emocionante historia de vida.
Uno de ellos es Fernando Panciroli, cuyo relato comienza cuando sus abuelos llegaron a Argentina. Su abuela Ema, embarazada de su sexto hijo, sufre la muerte de su compañero apenas al arribar, y la recibe su hermana, casada con otro miembro de la familia Panciroli, quienes los esperaban ya instalados en el paraje Tablas. “Ahí crecieron todos y después se fueron desparramando”, precisó Fernando.
En Tablas la familia se dedicó primero a labores relacionadas a la agricultura, en chacras, haciendo changas, para sobrevivir: “Mi papá trabajaba en la recolección de maíz, lo que ahora hacen las cosechadoras. Las máquinas venían a las chacras, rompían el maíz y ahí embolsaba. Mi papá tenía una letra hermosa porque tenía que escribir ‘Acá tantas bolsas’, y de ahí le quedó una letra espectacular”. Pero pronto, un hecho fortuito cambió el rumbo de los Panciroli.
“Una tía mía se pone de novio con un muchacho de Buenos Aires, y era panadero. Justo se vendía la panadería de los González, entonces logran alquilarla y ahí van todos los Pancirolis”, relató Fernando y destacó en ese impulso a su tío Mario: “Viste cómo son los tanos, era muy visionario”. El novio de la tía les enseñó a hacer pan y comenzaron a producir.
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“Empezaron a andar por los campos, iban hasta La Bolsa, La Celina, Huincaló. La venta era a domicilio, y en carreta. Eran 6 hermanos. Tres mujeres y tres varones. Los carruajes eran de dos ruedas, pero como trabajaban tanto tuvieron que ponerle 4 ruedas, es decir, eran de dos ejes, y ahí llevaban entre 200 y 250 kilos”, graficó Panciroli.
En esas recorridas para vender pan, su papá conoció a su mamá —”¡Se enamoró del panadero!”—, y aparecen Fernando y su hermana Beatriz en la historia. Sus tíos también se casaron y tuvieron hijos. La familia se agrandaba y el negocio era próspero. Pero pronto la vida les daría un duro golpe.
Fernando tenía 7 años y su hermana 5 cuando perdieron a su mamá, su abuela y su abuelo en el transcurso de apenas 13 meses. Recordar ese momento significa no poder contener las lágrimas: “Mi mamá fue lo más triste de todo. Quedó mi papá y nosotros dos, y vino mi abuela a criarnos, la que quedó viuda”.
Con la llegada de trabajadores para la cosecha de guinea o en los montes de durazno, el trabajo aumentaba. Llegaban a entregar hasta 30 kilos de pan a productores para alimentar a sus empleados. Eso se sumaba a las entregas de pan y galletas que hacían en los parajes para decenas de familias que esperaban el pan dos veces por semana. A veces, salían a buscarlo. Otras, se dejaba colgado en la tranquera.
La empresa de los Panciroli crecía. La carreta era ahora una camioneta cuya posesión alternaba cada domingo para un hermano distinto. Luego, lograron comprar la panadería de Crisanto Polimanti en La Buena Moza, un reconocido panadero que por entonces se fue a San Pedro.
Mientras, Fernando completaba la escuela primaria en la escuela del paraje, la número 24, acompañado de dos maestros que recuerda con cariño: Zulma Trepat y Antonio Chediak. Este último lo impulsó a seguir estudiando en la escuela Normal. Tras una entrevista en secretaría, consultaron si era posible que estudiara de forma libre, porque que era imposible para su padre llevarlo a la escuela cada día. “Me dieron 7 u 8 manuales, pero no la tenía clara yo. Era muy difícil solo. Así que terminé panadero”, concluyó Fernando.
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Tenía 13 años cuando entró en la panadería a aprender el oficio y pronto encontró su lugar: le tocaba ser amasador. La amasadora y la sobadora eran las únicas máquinas, que funcionaban con un motor a combustible porque no había electricidad. “Hacíamos el pan a mano, y aprendí porque mi papá sabía hacer pan. Hacíamos el pan y la galleta. Nada más. A diferencia de las panaderías ahora, lo cocinábamos a las 10 u 11 de la mañana, porque el repartidor lo cargaba a la nochecita y lo entregaba a la mañana siguiente”, precisó.
“Hubo buenas épocas y malas como todo. El panadero se levanta a las 3.00 de la mañana, todos los días. En el campo el domingo no se trabajaba, pero cuando vinimos a San Pedro empezó a ser todos los días”, explicó Fernando para referirse a la vieja idea que asocia a los panaderos con el dinero. “Nosotros trabajamos muy bien, y la gente nos quería”, agregó.
La demanda de pan mermó cuando en el campo empezaron a irse, poco a poco, las familias. Para entonces, el negocio de los Panciroli estaba establecido. Su tío Mario se fue a Gobernador Castro, donde consiguió alquilar la única panadería del pueblo: “Hacía una barbaridad de pan, hasta 17 bolsas por día”. Su tío José se fue para San Pedro. El horno de la panadería de Tablas se rompió. Y tiempo después, su padre le ofreció hacerse cargo de su negocio. “Había una trayectoria, lo que importaba era hacer buen pan”, dijo Fernando y aceptó.
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Junto a su compañera Guillermina crio a sus tres hijos: María Fernanda, Aldana y Damián. Con ella estaba de novio cuando le tocó hacer el servicio militar. “Volví una sola vez a San Pedro”, contó Fernando, que tiene fotos de esos años en la nieve, porque lo habían destinado a Covunco Centro, en Zapala.
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La vida siempre descubre a cada persona sus diferentes facetas. Al ritmo que amasaban pan, Panciroli no se privó de intentar otra de sus aspiraciones. Quiso ser productor, compró 10 hectáreas y sembró monte. Terminaba la década del 80, y el proyecto no fue bien. “Me agarró la pedrada, las heladas, todo”, contó y concluyó: “Con todo el gran sacrificio que hicimos, si estábamos con problemas, lo logramos superar. Hice las dos cosas que me gustaban: fui panadero y fui frutero. En una me fue mal. Pero bueno, vendí el campo y me pude comprar la casa”.
La historia de los Panciroli es otra más de las que hicieron crecer a esta ciudad: una empresa forjada desde cero, en unión familiar. Al calor de los saludos y los mensajes de cariño, Fernando repasó ese camino de trabajo y esfuerzo al aire del programa Sin Galera y agradeció: “Estoy contento”.
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