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Edición 1424
Publicado el: Jueves, Julio 18, 2019 - 14:30
Editorial | Por Lilí Berardi

Las mafias de las que no hay que hablar

Un cúmulo de desaciertos judiciales puede hacer de un jardín de rosas un extraordinario polvorín. Los días pasan y la indignación aumenta al compás de los títulos que disparan todas las usinas interesadas en hacer de la desgracia una oportunidad.

Mientras la familia de Jonathan Bedetti pedía ayuda a los periodistas de este medio para dar a conocer un procedimiento policial irregular, el fiscal Marcelo Manso aguardaba la detención que debía dictar el juez de Garantías y hasta las mismísimas autoridades políticas clamaban en San Nicolás pidiendo a la fiscala General que actúe en la modalidad delictual más extendida y fructífera en la zona, la bala que por un centímetro y medio no terminó con la vida de Victoria Amatriain se encapsulaba para resguardar a la única testigo que le vio la cara a quien logró burlar y burlarse del poder judicial durante las últimas dos semanas. Bueno, un poco más: durante los últimos tres años.

Es que, créase o no, el joven delincuente que casi fue linchado por los vecinos por el robo de media docena de sillas, estuvo sentado cara a cara en la sede de una Fiscalía que no advirtió que el delincuente tenía que estar cumpliendo prisión domiciliaria por “Tentativa de Homicidio” perpetrada en septiembre de 2016.

Así, tal como se lee. El joven que ya venía con una estelar vinculación familiar en el ambiente de La Tosquera, donde los delitos vinculados al robo de ganado cotizan muy por encima de los robos de celulares, motos o electrodomésticos, gozaba del beneficio del arresto en el hogar donde negó haber protagonizado un enfrentamiento con la policía que lo fue a buscar, también sin ese dato de su prontuario y sólo tres días después de haberlo liberado.

Sin dar más vueltas: el sábado en que se lo detuvo por el hecho de las sillas debía haber quedado PRESO si en la Fiscalía que estaba en turno se hubiesen tomado la molestia de revisar el expediente en la que un Defensor oficial consiguió el beneficio para que Jonathan pudiera “quedarse en casa” a cumplir la condena por haber intentado ultimar a balazos a José Luis Cáceres, que se salvó de milagro en la terapia cada vez más intensiva del  Hospital hace casi tres años.

La policía también se llevó su cuota de humillación cuando el apresado la responsabilizó por los golpes y moretones con los que llegó a la dependencia tras la paliza que le dieron los vecinos que lo atraparon primero; aunque no fue suficiente, porque, como siempre, tuvo que trasladar en el patrullero al ladrón que minutos más tarde se iría “como Pancho” para su casa.

En la mañana del robo a los Alsogaray, los videos domiciliarios de cámaras de seguridad recorrieron todos los despachos y redacciones. Sólo el Jefe de la Policía Distrital apostó fuerte por su hipótesis cuando advirtió que las imágenes le recordaban el andar, los modos y la contextura física de Jonathan Bedetti. Juan Ramón Catalano quería que esa fuese la primera línea de investigación, pero la acción de la viralización de una foto de un exempleado de la familia demoró sus intenciones y sólo sirvió para que su principal sospechoso ganara en tiempo y en ideas para desdibujar sus huellas.

Da mucho miedo meterse con estas mafias, pero más miedo produce estar a merced de irresponsables que infectan el Poder Judicial con su torpeza. No son ni garantistas ni manoduras: son ineficaces u holgazanes. Y este es sólo un caso, que por su repercusión cruzó el límite de lo comprensible.

Durante el fin de semana, la familia de Jonathan Bedetti reportó otros problemas y otros presos víctimas de “malos procedimientos”. Son los mismos que hace un tiempo atrás fueron liberados con las buenas argucias que logran primero los abogados que les cobran cifras siderales que los obligan luego a delinquir nuevamente para pagarles.

Tras este papelón, que casi le cuesta la vida a una joven madre, poco queda por decir y mucho por exigir.
En el barrio La Tosquera no hay mansiones ni autos de alta gama. Hay corrales, barriales y hasta cría de gallos de riña. Hay fustas, rebenques, recados. Hay escuela, niños y madres que conviven con el mundo que mantiene aceitada la disciplina del silencio. Hay temor por hablar. Hay temor por callar.

En el barrio La Tosquera conocen a quienes mandan a robar vacas, toros y caballos para su traslado o faena. Conocen a quienes compran para vender fuera y dentro del partido. Conocen también muy bien el interior de los viveros, porque los observan mansamente y a caballo cada vez que llueve para llevarse los animales y cada vez que seca para ir con la camioneta por las plantas de rosas, cítricos u ornamentales según sea la época.

En ese mismo barrio donde la política suele encarnizarse por su prolífico aporte de votos, suele colarse algún policía demasiado amigo de las distracciones y muy complicado con sus exigencias rurales.

En el barrio La Tosquera no han visto nunca al abogado al que le hacen llegar el dinero contante y sonante con el que se dignará interponer con anticipación los pedidos de eximición de prisión que cuando la plata no alcanza tramitan los defensores oficiales para “ir ganando tiempo” y con datos precisos.

Esas cosas que pasan en el barrio La Tosquera se parecen y mucho a las mafias a las que no se sabe por dónde se las puede desarticular porque todos los que saben algo prefieren callar por MIEDO a que no pase nada. Por el terror que produce imaginar que uno de estos desesperados asesinos con tan poco que perder se meta a vejar a cualquier familia al amparo del garantismo, en el mejor de los casos, y la inoperancia, que es aún más dañina.

Corren horas decisivas para saber si esta vez alguien se mete con las mafias para combatirlas y con los torpes para erradicarlos de las filas del Poder Judicial. 

La batalla que comienza

Este fin de semana ardió el debate entre la gobernadora Vidal y el Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia. Tras una jornada de la Red de Jueces Penales Bonaerenses en la que se instaló la queja por la posible existencia de causas armadas que incluyen actos de espionaje, testigos protegidos, escuchas y persecuciones en la Justicia Federal, la mandataria los interpeló públicamente para que denuncien y colaboren para no transformarse en “cómplices”. El Procurador General fue más lejos y ordenó una investigación para que se invite a Eduardo de Lazzari, como responsable de formular esas apreciaciones, a formalizarlas para determinar si tienen asidero.

Es una disputa que recién empieza pero que en las dependencias judiciales del interior tiene una versión más sencilla y menos ajustada a la conveniencia electoral o a la campaña sucia. San Nicolás, San Pedro o Baradero tienen decenas de expedientes endebles y contaminados por la realidad que viven los juzgados, fiscalías y defensorías en las que se mezclan todo tipo de intereses. Desde la desaparición de expedientes a la falta de lugares seguros para el resguardo de pruebas forman parte del devenir cotidiano. Ni hablar de la mixtura de personal que procede de concursos y méritos que está sometido a compartir despachos con acomodados de la política que fueron quedando dentro de esas dependencias edilicias en las que parece mentira que en plena era digital haya que pedirle al Municipio que cambie una lamparita o arregle una canilla porque el inmueble es alquilado por la comuna. Hacer nombres es absurdo, porque somos pocos y nos conocemos mucho.

Valga como muestra el zafarrancho del robo perpetrado en el mes de abril durante la tarde de un sábado, en pleno centro de la ciudad, en el mismísimo edificio de la Fiscalía donde la fiscala a cargo en vez de proporcionar datos y explicaciones sobre el móvil, los autores y el botín, prefirió asestarle un portazo a las preguntas de la prensa. No hay que dejarse llevar por la pequeñez.

El que habla pierde

El 16 de febrero de 2015, dos chicos que llegaron a pescar a un bañado en la zona de Río Tala divisaron un cadáver. Horas más tarde se sabría que ese cuerpo era el del joven Nicolás Castillo, que estaba perfectamente amarrado, estaqueado a la perfección y con lo que quedaba de su ropa tras haber sido asesinado salvajemente e incluso con restos de parte de su ropa y piel incineradas. Quien o quienes lo hicieron desaparecer conocían el territorio a la perfección y fueron muy prolijos; aunque se dice “baqueano”. Tenía 20 años y era bastante propenso a abrir la boca sobre hechos y personajes a los que conocía. Fue un mensaje aleccionador para cualquiera y para que quede claro que a la boca hay que cerrarla.

EDICION IMPRESA #1449
Jueves 16 Enero 2020

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