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    La quietud del lactante

    6 de enero de 2010 | 00:00
    La quietud del lactante

    Durante la mascarada finisecular del XX, se anunciaban la “globalización” y el “pensamiento único” como características rectoras del mundo conocido. El mundo des-conocido, era para el capitalismo un territorio de conquista para expandir el mercado de las plusvalías. Nada nuevo, en realidad. La caída del muro de Berlín, el desmembramiento de la Unión Soviética, la “muerte de las ideologías”, habían alegrado mucho al neoliberalismo rampante que se arrogaba ser el vehículo del progreso. Después de los fastos del fin de año del 2000, el olor a pólvora de los fuegos artificiales no se disipó, sino que se transformó en olor a dinamita, e inesperadamente cambiaron el sky line de Nueva York y la invulnerabilidad del Pentágono. Mientras tanto, en Argentina, tan peculiar ella, los bancos saqueadores huían hacia sus guaridas, mientras el pueblo se armaba de cacerolas para asustar el Presidente, que se fugó por el techo de la Casa Rosada. La “bancarización” del “gran pueblo argentino” había sido un timo, la compra-venta del obelisco, del buzón de una esquina cualquiera, de un juguete rabioso. No en vano el Che Gevara, en los sesenta, mientras miraba los edificios bancarios a través de la ventana de un hotel ginebrino, había dicho: “He ahí el corazón del monstruo”. No se equivocaba, porque “el monstruo”, como en las pesadillas infantiles, renace en la confusión de la penumbra con una nueva cabeza, tal cual sucede en nuestros días, ante el estupor de una sociedad que tiene horror al pasado.
    ¿Cómo será el futuro de Occidente con estas urdimbres? Uno piensa que Occidente se reconstruirá sobre las ruinas de la inteligencia, sobre los restos del mercado-basura, la televisión-basura, la prensa-basura, la política-basura, la sociedad-basura, en fin, una reconstrucción hecha con detritos. El mercado, la televisión, la prensa, la política, no son fenómenos espontáneos, deudores de Ananké, de la inevitabilidad, del “viste como es”, sino que surgen de la sociedad preexistente que no es inimputable, sino que, a modo de excrecencias, sitúa a los ineptos para la vida civil en las actividades rectoras. Explicar el por qué nos llevaría diecisiete noches y quinientos días, las páginas infinitas del libro de arena, más el espanto que nos une tanto. Es mejor intentar una síntesis, sobre todo en estas fechas señeras para el intestino perezoso, las cardiopatías, el amor familiar y otras intoxicaciones.
    Véase que la Política primigenia se creó precisamente como ciencia rectora para organizar la vida en la polis, así como la comunicación nació para transmitir sabiduría ante la experiencia intransferible. Sin embargo, el proceso colapsó como una aporía, e inició una regresión hacia el arte rupestre que hoy en día ha llegado hasta la sima de la penuria lingüística, tan propia del infantilismo, camino de la quietud del lactante que sólo llora y mama.
    Presa del estupor por hallarse postrada, la sociedad es incapaz de discernir. En esta tesitura, y a falta de una dirigencia decente, los medios de comunicación actúan como “punta de lanza” de la política, de esa política capitalista que mezcló progreso y liberalismo con un resultado letal. ¿Cómo explicar este desenlace? El discurso en vigor oculta el sentido de las palabras, precisamente porque lo obvio es lo más difícil de explicar. Era evidente, se diría que apriorístico, que la “burbuja financiera” iba estallar, que el modo de vida basado en el endeudamiento, en la “bancarización” del ciudadano, en el consumo salvaje, en el enriquecimiento rápido, no tenía más futuro que el colapso. Sin embargo, los dirigentes, los agentes sociales, los analistas, la opinión pública en general, se remitieron al bimilenario y festivo “al pueblo pan y circo”, desdeñando la razón, la historia, y la sabiduría, en pos del “tener” antes que el “ser”. Fue bueno para la clase dominante que muchos acumularan cosas para que unos pocos acumularan capital, consigna que se renovará con la misma estructura pero distinto lenguaje, para que algo cambie y todo siga igual al mejor estilo gatopardista. Ya no cabe duda de que el significante del dinero fulmina todos los significados, y que el psicoanálisis tenía razón, a falta de otra disciplina que ilumine las profundidades de la psique.
    El discurso, especialmente en Argentina, tan psicologizada, oculta el sentido de las palabras. Lo dicho a la mañana muere a cada ocaso, para reaparecer al otro día con un ligero matiz o licencia poética, en beneficio de una tautología neurótica de larguísima data. No en vano, por ejemplo, la sociedad argentina valora la versión más atormentada del cristianismo, que venera a un señor que va en trineo en pleno verano, o que mantiene la pobreza eterna para que la caridad sea sustitutiva de la justicia. El “valle de lágrimas”, el “rebaño” que obedece a su “pastor”, la Patria, representada por una señora oronda que debería llamarse Matria, abundan en la confusión propia del infantilismo. En el templo, o en el café a deshora, los diletantes subliman la frustración de lo que pudo haber sido y no fue, el deseo sin goce que sugiere el tango, la poetización de la ignorancia ante el saber que produce dolor, mientras que a esa hora, exactamente, “hay un niño en la calle”, como dice la canción.
    Si bien el pasado de Occidente es insoportable, y nada de ello le es ajeno a la Argentina, la banalización no resuelve la patología, y mucho menos la creencia ajena a la razón del “Dios proveerá” ante la adversidad. La quietud del lactante, digo, se parece en mi tierra cada vez más a la paz de los cementerios, a la lejanía de un objetivo digno, como bien podría ser un país donde los hombres decentes desearan vivir.
    Eduardo “Negro” Keudell.

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