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    “La peluquería de hombres, es para hombres…”

    Empezó su oficio a los 14 años, y hasta hace dos, seguía cortando el pelo a nuevas generaciones. Fue el peluquero oficial de la Cámara de Diputados de La Plata, y trabajó en el barrio porteño de Flores. Pero dice que es “tan sampedrino” que tarde o temprano tuvo que volver. Ahora, con casi 80 años cumplidos, disfruta de su retiro aunque de vez en cuando tiene que empuñar nuevamente la navaja para satisfacer algún que otro pedido.

    19 de enero de 2006 | 00:00
    “La peluquería de hombres, es para hombres…”

    Los más amigos todavía lo llaman “Carlitos” y a pesar de que se retiró hace casi dos años, le piden de vez en cuando un cortecito de pelo.
    Es que Carlos Castronuovo jamás podrá dejar de ser para muchos sampedrinos, “su” peluquero, ese que los atendía en la peluquería montada hace más de tres décadas en la propia casa, en Almafuerte al 200.
    Allí atiende una tarde soleada a La Opinión para repasar su historia, y con su habitual simpatía pide disculpas porque sus casi 80 años cumplidos le impiden recordar con exactitud algunos detalles. “He perdido algo la memoria”, dice pero sin titubear confirma que es el más chico de cuatro hermanos y que comenzó el oficio a los 14 años con su hermano mayor, porque formaban parte de una familia de peluqueros varones.
    “Tenía dos hermanos y dos hermanas que ya fallecieron”, explica.
    Carlitos sigue siendo un verdadero ejemplo de trabajo y por eso recalca con orgullo y sin falsa modestia que era muy bueno haciendo su tarea. “Llegué a atender hasta 35 personas por día. Trabajaba de las 8 de la mañana a las 12, y desde las 3 de la tarde hasta las 9 de la noche. Y siempre había esperando de 8 a 9 personas, continuamente”.

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    En la legislatura
    La historia de Castronuovo incluye más de 60 años de peluquería ininterrumpidos y su paso por la Cámara de Diputados y Senadores de la Provincia de Buenos Aires que hoy le permite gozar de una jubilación aceptable.
    “Mi amigo Nolo Rocca me consiguió el puesto de peluquero y me fui para allá”; cuenta Carlitos. Fue cuando promediaba los 30 años y por eso conoció a varios de los legisladores que cumplían su mandato en esa época. “Después de cuatro años me volví a San Pedro y unos meses después, volví a Buenos Aires. Estuve siete años pero me cansé de allá porque soy muy sampedrino y me volví. Abrí esta peluquería y empecé a trabajar muchísimo, trabajaba tanto acá que había noches que me acostaba sin cenar porque estaba rendido y me levantaba de nuevo a las 12 de la noche para comer”, dice risueño. Castronuovo es separado pero tiene dos hijos; una mujer que lo hizo abuelo, y un varón que todavía vive con él. Pero ninguno de ellos continuó la tradición familiar de ser peluquero. “Yo le insistía a mi hijo pero nunca quiso”, dice.

    Peluquero de hombres
    En la casa de la calle Almafuerte, todavía la peluquería está montada con el viejo sillón forrado en cuero frente al espejo, pero quedan menos utensilios sobre el mobiliario. Los mosaicos del piso certifican en un gastado semicírculo, los incansables pasos de Carlos alrededor del sillón, que todavía a veces recorre.
    “Algún amigo íntimo viene a pedirme todavía que le corte el pelo”, dice pero asegura que no extraña el trabajo porque le gusta pasar las tardes en las veredas cuando hay sol o leyendo novelas de cowboy.
    Confirma que no confía en las peluquerías unisex, y que su corte preferido es a navaja. “Cortaba con tijera también, pero hoy son pocos los que saben usar la navaja. En la época en que yo trabajaba lo primero que se aprendía era a afeitar y por eso ya tenías práctica con la navaja para después aprender a cortar el pelo”, explica.
    Defiende la peluquería “sólo de hombres” y se resiste a aceptar que la belleza masculina incorpore permanentes y reflejos dorados. Reconoce que también atendía algunos clientes coquetos que escondían entre las paredes de su local, algunos secretitos. “Un cliente que era casado pero se había separado de la esposa, venía unos días por semana y traía un lápiz delineador de ojos de mujer para dibujarse las cejas y el bigote porque los tenía blancos. Si había gente no se quedaba, se iba para que no lo vieran”, recuerda.
    Los tiempos modernos no hicieron que Castronuovo sucumbiera ante raros peinados nuevos, y por eso asegura que cuando le pedían un corte que a él no le gustaba, lo mandaba con otro profesional. “Le decía que buscara otro lugar, porque yo no sabía hacer eso”, reafirma orgulloso este peluquero que siempre contó con la fidelidad de muchísimos sampedrinos que incluso llevaron a sus hijos, y luego a sus nietos.
    “Muchos me decían que era el mejor”, repite orgulloso, medio en chiste, medio en serio.

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