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    La Opinión cumple 20 años

    11 de abril de 2012 | 08:57
    La Opinión cumple 20 años

    Me duele la espalda y estoy cansada. Debo comprender el des-tiempo, esa palabra que acabo de inventar y la que define precisamente lo que le sucede a esta escriba con la autoestima baja como para atreverse a darse cuenta de los 20 años que lleva haciendo de la combinación de letras, las palabras; de las palabras, las frases; de las frases los artículos; y de los artículos un semanario que además requiere de una tapa.
    Es el des-tiempo el que me permite suponer que soy la misma mujer atrevida y aguerrida cuando tiene un grabador en la mano, pero frágil y dubitativa cuando lleva a sus hijos de la mano hasta la redacción para que padezcan y mamen la vorágine del cierre que llegará a las 5.00 de la mañana en 1992 o a las 20.00 del martes en 2012.
    El des-tiempo es el que no me permite medir en términos fácticos la suma de días, de semanas y de años que han pasado desde que soñamos con un periodismo mejor, con un lector actor y protagonista de aciertos y desaciertos.
    Siento que la vida se ha pasado sin conciencia, que los hijos han crecido más de la cuenta y que el ahora es la cuenta regresiva para la mutación del papel al ciberespacio.
    Me duele la sinceridad con la que se trazan las arrugas de mi cara o se profundizan las ojeras. Me excita arrugarme escribiendo y revolcarme en las letras que pondrán en grandes títulos los hechos que estimo imprescindibles para la agenda pública y el razonamiento cotidiano.
    Tengo la imperiosa necesidad de contarlo ahora, en esta tapa, en la 1045, en la de los 20 años. Quiero decirlo ahora, de manera urgente y honesta como me enseñó Enrique Gaido, ya que no todas las semanas habrá hechos relevantes y se tendrá que hurgar más de la cuenta para retirar el velo que cubre aquello que aún provocando heridas es necesario publicar y difundir.
    Su modelo sigue vigente pero ahora el modo es distinto. Los periodistas son comunicadores y los comunicadores militantes. No puedo adecuarme ni rellenar las arrugas para parecer lo que no soy ni seré.
    Debo confesar que como nunca me siento aprendiz de periodista, que no es el tiempo de mi tiempo y que nuevas manos llegan a los teclados para transformar esta profesión en un “algo” que será diferente al pacto que celebramos semana a semana con los lectores.
    Había escrito otra nota y ahora me encuentro revelando intimidades. Utilizando la autorreferencia para sentir que no los engaño, que soy leal a lo que pienso y siento y que cuando esa posibilidad termine me dedicaré a otra cosa.
    No es la resistencia al cambio ni la nostalgia por lo que fue, sino la claudicación frente a un modelo de comunicación que no comparto ni quiero.
    Aquí, en este lugar, hemos aprendido junto a decenas de colegas a contar la verdad y a sufrir por ello.
    Aquí se han investigado casos delicados, se ha apagado el fuego en las islas, se ha destapado el trabajo esclavo, se ha colaborado en el esclarecimiento de crímenes, se ha defendido la escuela pública, se ha profundizado la democracia, el consenso y el disenso. Aquí han nacido proyectos, críticas, sugerencias, calificativos humillantes.
    Quien esto escribe no se esconde. Marcha en las calles en 1981, se opone a la guerra de Malvinas en el 82’, participa en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos en el 83’, milita en la Juventud Radical y es parte de la multipartidaria, recibe amenazas por su participación radial junto a Enrique Gaido, cumple con su vigilia en Semana Santa del 87’ para defender a la Democracia, entrevista a intendentes, gobernadores y presidentes de todos los partidos políticos, denuncia la corrupción, repudia la censura impuesta por varios gobiernos para que sus funcionarios entreguen información, fustiga a las entidades intermedias cuando obedecen a intereses particulares y no del conjunto, publica los sueldos escandalosos que el pueblo paga a los funcionarios públicos, no se encandila con el Disney Mundo e investiga hasta los huesos a Sir. Max Higgins, se encadena a una casa si es necesario para llamar la atención de fiscales y jueces cuando una beba es violada para ser usada como mulita que lleva droga a la cárcel en su vagina, permanece junto a los chacareros durante 100 días en la ruta para ver y saber qué es lo que verdaderamente está sucediendo, defiende a la docena de sacerdotes que son echados sólo por trabajar y predicar entre los humildes, publica listado de planes sociales truchos o subsidios entregados a entidades inexistentes, controla padrones y doble afiliación en las internas, enfrenta guardias maratónicas en procura de un testimonio, ayuda a evitar saqueos y violencia entre vecinos y no es por ello una heroína sino una apasionada que tiene la suerte de trabajar de lo que más le gusta.
    ¿Por qué entonces hay que dar explicaciones a una generación de difamadores a sueldo? ¿Por qué soportar cuestionamientos de delincuentes con “buena imagen”? ¿Con qué necesidad traicionar a los lectores de siempre buscando el lugar donde el sol es más tibio?
    En estas páginas escriben todos, el derecho a réplica está presente, la responsabilidad es extrema y llega al punto de exponer bienes y prestigio a manos de un abusador de niños que pretende dinero para reparar su daño psicológico y no el de sus víctimas.
    A los 32 años, sentía lo mismo que hoy y es raro. A excepción del dolor de espaldas y las arrugas, con más o menos policiales, con más o menos dinero para pagar la presente edición, siento lo mismo frente al hecho, la noticia, el desafío, el amor propio y por sobre todas las cosas: la indignación. Ese motor que no falla nunca frente a la pobreza extrema, el delito, la corrupción o la mentira.
    No es una virtud, puedo asegurarlo sin temor a equivocarme. Es un estado que acumula adrenalina y, sin conciencia, batalla contra todo lo que irrita. Eso es La Opinión: una gran red de lectores que cobija la ilusión de una prensa que mejore su calidad ética cada día. Está para que la lean y para que la juzguen.
    Es mi generación una bisagra molesta para los que han prostituido el oficio a manos del mejor postor poniendo en duda no los hechos sino las personas que ejercen la profesión para comenzar a construir el modelo más autoritario y la mordaza que asfixia al ritmo del análisis del lenguaje como si fuese la cura mágica para una sociedad adormecida e indefensa frente al “relato”.
    Qué bueno. La espalda me duele menos, se nota que en este tiempo de des-tiempo necesitaba catarsis, sinceridad y un poco de sobrevuelo sobre los 1045 ejemplares para asumir que hemos llegado hasta aquí porque son más los que se atreven que los que callan.
    Por eso a todos, perdón y gracias por dejarnos soñar con “la versión original de los hechos”.

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    • Edición N° 1045
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