La inundación de 1966: el desastre que quedó grabado en la historia de San Pedro
A seis décadas, se recuerda la histórica crecida del Paraná que anegó barrios costeros. El efecto de la creciente obligó a evacuaciones y dejó postales imborrables en la memoria colectiva. También hubo un medio que ilustró el fenómeno.
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El 3 de abril de 1966 quedó grabado como uno de los momentos más dramáticos en la historia de San Pedro. La crecida extraordinaria del río Paraná había llegado a su pico máximo. A las 10 de la mañana el hidrómetro del puerto local registró 5,08 metros, siendo esta por entonces, la marca máxima del Siglo XX (después superada por la de 1983).
Fue una inundación sin precedentes que afectó la zona ribereña, alterando la vida cotidiana de toda la comunidad, y también la depresión del bañado del río Arrecifes y el arroyo El Tala.
La reconstrucción de la época, que quedó plasmada en el recuerdo de todos, las fotos de familia y en la revista “Así”, de la editorial de Crónica, indica que el agua avanzó de manera sostenida hasta alcanzar niveles críticos.
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El balneario, aquella porción ilustre de la costa sampedrina de nuestro pasado sobre el otrora espejo de agua que fue la laguna, tenía un bar-confitería que funcionaba en el interior de un tinglado de grandes proporciones. Una de las fotos ilustró el nivel del río a pocos centímetros del techo y del caño superior que sostenía un juego de hamacas.
Barrios costeros quedaron bajo agua, obligando a cientos de familias a abandonar sus hogares y trasladarse a zonas más altas o centros de evacuados.
Pero hubo resistencia. Se recuerda que Agenor Almada se negó a salir de su casa. La Prefectura le había avisado en tres ocasiones para que se sumara a los casi 250 evacuados. En cambio, el “Yacaré del Paraná” se quedó, pero un día se despertó con el agua en su vivienda.
“La única forma de vencerlo a Agenor es por sorpresa y a traición, como le jugó el río”, fue uno de los testimonios de la época.
Es que a Agenor nada lo asustaba. Estaba acostumbrado a los grandes desafíos. Poco tiempo antes había tenido retos más notables, como uno de los intentos de unir a nado Rosario con Buenos Aires.
Otras voces reflejaron la angustia y la incertidumbre de aquellos días. “El Paraná no nos asusta, estamos acostumbrados a sus crecidas, pero esta vez fue distinto”, relataban los vecinos, sorprendidos por la magnitud del fenómeno. En muchos casos, el agua ingresó con rapidez, dejando escaso margen de reacción.
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Las crónicas también dan cuenta de historias personales que reflejan el impacto humano de la creciente: familias separadas momentáneamente, pérdidas materiales significativas y el esfuerzo colectivo por salir adelante en medio de la emergencia.
El operativo de evacuación se desplegó contrarreloj. Embarcaciones y vehículos fueron utilizados para rescatar a familias aisladas, mientras que instituciones locales se organizaron para brindar asistencia. Escuelas y clubes funcionaron como centros de contención para los damnificados.
A pesar del drama, la comunidad logró reorganizarse con el correr de los días, mostrando una fuerte solidaridad entre vecinos. La bajante del río trajo alivio, pero dejó al descubierto los daños y la necesidad de una reconstrucción.
El desborde del Arrecifes y El Tala llegó a cubrir los campos linderos, que también sufrieron graves consecuencias.
Una de las fotos ilustrativas de “Así” fue el tramo de la Ruta 9 en esta zona. No existía la autopista. Para evitar que el agua inunde la calzada, se construyeron taludes de tierra en lo que era un verdadero corredor en medio de la desolación, evidenciando la dimensión del desastre.
Algo similar ocurrió con el Ferrocarril Mitre. Las formaciones atravesaban los puentes lentamente y por las ventanillas se observaba la marejada que se forzaba por elevarse sobre las vías.
Hoy, a más de medio siglo, la inundación del 66 sigue siendo un punto de referencia obligado en la memoria local, solo superada por la máxima que se tiene registro por el momento, la de 1983.
Las imágenes y relatos de aquella época no solo documentan un fenómeno natural extremo, sino también la resiliencia de una comunidad que supo sobreponerse a uno de sus mayores desafíos.

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