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    La frutilla del postre

    Desde hace 57 años Miguel Bonetti disfruta de una tarea a la que no muchos se atreven a desafiar. Hoy le enseña a sus hijos los principales secretos de la pastelería artesanal, un arte que pese a la insistente condena a muerte por parte de las maquinarias, perdurará gracias a que el paladar humano no confunde.

    15 de octubre de 2008 | 00:00
    La frutilla del postre

    Conoció el oficio como pocos. Desde los trece años sus manos y su amor por la pastelería lo fueron transformando en uno de los confiteros más exitosos de toda la región.
    Rubén Bonetti dio sus primeros pasos en la panadería de la familia Rotundo, casi por casualidad, y como ayudante de confitero durante ocho años.
    En la confitería faltaba un “pibe” y allí lo llamaron por intermedio de un familiar para trabajar a prueba. Mientras su mentor le explicaba que, para la tarea, necesitaba indumentaria blanca para cumplir con los requisitos de higiene comenzó a soñar con aprender un trabajo. No lo dudó, aunque sus padres no estaban de acuerdo ya que “tenía toda una vida por delante” para ganarse el pan.
    “Fue un Martes del año ’51. Concurrí entusiasmado con la ropa blanca, pero al llegar el maestro me dijo que me había apresurado con la compra de la indumentaria, tenían que transcurrir quince días para la palabra final”.
    Vivía junto a su familia en el campo y la necesidad económica hizo que en aquella época recorriera cinco kilómetros diarios en bicicleta o caminando durante las primeras horas de la madrugada.
    “Me moría por trabajar”, comenzó contando el pastelero. “Tenía un miedo terrible. Cuando me decían ¡Mirá que si las latas no quedan bien llamamos a otro chico!. Yo me quedaba noches enteras sin dormir pensando que las latas tenían que estar limpias”.
    Al mes de prestar tareas, su curiosidad lo llevó por un camino que marcaría el resto de su vida. Construyó un horno de barro en la casa de campo donde vivía junto a sus padres y hermanos. “En aquella época eran días largos, andaba en bicicleta y me levantaba a las 6 de la mañana porque entraba a las 7:30 horas. Si no había bicicleta tenía que venir a pie. Fue una época muy linda que me trae muchos recuerdos”, dice emocionado Bonetti.
    “Me acuerdo que Rotundo me esperaba con el café con leche caliente, para empezar a trabajar”
    “Era todo un sacrifico y mi infancia transcurrió jugando con las masas y los delantales, además no dejaban de resonar las recomendaciones de mis padres, por seguridad nomás”.
    Con respecto a los consejos, Bonetti contó una anécdota que le tocó vivir y justamente por desoír a sus padres. “Una vez dos hombres en un coche Falcon, del Ministerio de Trabajo me dijeron “vení pibe que te alcanzo, somos de acá del pueblo”. Me llevaron hasta la curva de la muerte, yo me quería tirar!! Me decían, yo no tengo chicos, te vamos a criar. No le hice caso a mi viejo… el auto me quedó grabado para siempre. Allí entonces comprendí la preocupación de mis padres en esa situación límite”.

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    De Rotundo al mallorquín
    Después de ocho años el destino lo embarcó en un proyecto más pretencioso, un confitero mallorquín lo aguardaba en la vieja Confitería La Perla, que se encontraba en la esquina de Mitre y Saavedra. En ese momento la ensaimada pasaba desapercibida, su elaboración se asemejaba más a una factura. De todos modos los recuerdos sobre su abuela amasando lo ayudaron para insertarse en la actividad.
    “Entre otras cosas, me acuerdo que mi primera torta de casamiento, me llevó más de seis horas de elaboración, era lógico nunca lo había hecho”, contó con orgullo.
    “Esa primera torta de casamiento la moldeé a mano, no tenía todos los elementos y así fuimos marcando la diferencia. El modelado a cuchillo durante estos veintinueve años de historia también es una marca registrada de la confitería”.
    “Permanecí varios años en La Perla hasta que decidí emprender el negocio en mi casa, con mucho sacrificio. Los Martes eran feriados para mí, entonces viajaba a Baradero para hacer una changuita y juntar algunas monedas para poder llevar a cabo mi sueño propio”, relató con justeza.
    “Ya tenía la casa, entonces volqué todas las energías y el entusiasmo en la realización del horno a leña como para hacer alguna torta, como para ir empezando”. “Mediante un crédito bancario y la ayuda de un empleador como garante, pude adquirir la batidora, aunque esta persona estaba convencida que la inversión se trataba de un televisor a color”, dijo riéndose.
    Era muy arriesgado abrir una confitería en un barrio alejado de la zona céntrica, sin embargo el amor por el oficio logró vencer cualquier obstáculo. “La confitería comenzó a funcionar en el living, y mi esposa Margarita, mi compañera incondicional, realizaba los pedidos mientras yo continuaba con las otras cosas. Por la noche me dedicaba a la elaboración en el horno a leña que nosotros mismos habíamos construido”, subrayó Bonetti.
    “Con el paso de los años pudimos cumplir el sueño a pleno; edificar un local exclusivo en Riobamba 630 y ser la confitería donde la especialidad es la ensaimada, además de masas finas, facturas y tortas hojaldradas, hoy registrada como Confitería Nuevo Horizonte”.
    Actualmente, Rubén Bonetti, se ha transformado en un pastelero de lujo en el comercio que ahora encabezan sus hijos, quizás imitando aquellos comienzos donde sólo se dedicaba a jugar con la masa.
    Rubén Bonetti, preserva los secretos de lo artesanal como valor agregado y garantía para el paladar. Los sampedrinos, saben que cuando acuden al confiterio se llevan la sabrosa ensaimada que desvive a los turistas.
    En la semana de la Fiesta de las Colectividades, desafía a todos con su calidad artesanal, porque sabe que su premio está en la fidelidad de sus clientes.

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