La cultura del alcohol para divertirse dejó a varios chicos internados
El fin de semana hubo intensa actividad en la Guardia del Hospital y las clínicas privadas. Además de una cantidad importante de adultos en estado de ebriedad, atendieron a varios menores de entre 14 y 16 años que llegaron con “intoxicación aguda” producto de la ingesta de alcohol. Los boliches que no cumplen la ley. Las fiestas privadas en casas de familia. El rol de los patovicas. La falta de inspección municipal y provincial.
El consumo de alcohol entre los más jóvenes volvió a ser tema de debate luego de que durante el fin de semana pasado el sistema público de Salud y las clínicas privadas tuvieran que atender a una gran cantidad de menores de edad que llegaron intoxicados, algunos desde los boliches y otros provenientes de fiestas privadas en alguna vivienda.
El Jefe del Servicio de Guardia del Hosptial, Gustavo Alarcón, manifestó desde el domingo su preocupación al respecto y estuvo prácticamente de gira por todos los medios de comunicación para relatar lo sucedido el sábado a la noche.
Es que además de las habituales asistencias a jóvenes heridos por protagonizar peleas a la salida de los locales nocturnos y los alcoholizados mayores de edad que suelen aparecer, el sábado atendieron a tres mujeres de 14, 15 y 16 años “con intoxicación alcohólica aguda, sin llegar al coma, pero cerca”, según detalló el médico, quien consideró a la situación como “alarmante”.
Cada una de las adolescentes tuvo la posterior presencia de sus padres, “asombrados e indignados”, según Alarcón. Además, hubo al menos otros dos casos en una clínica privada. Si bien todos recibieron el alta médica sin mayores problemas, el debate quedó instalado una vez más.
Nadie controla
La laxitud en los controles es evidente en la nocturnidad sampedrina. Menores de edad en boliches a los que se puede ingresar después de las 2.00 de la mañana a consumir alcohol es una posta de cada fin de semana, aunque todo ello esté expresamente prohibido por ley.
El Secretario General del Sutcapra (patovicas) Sandro Chirino llevó a la clínica San Pedro él mismo a un adolescente de 14 años al que dos amigos arrastraban desde un boliche, al borde de la pérdida de conocimiento.
“En la clínica me dijeron que era el segundo que llegaba en las mismas condiciones”, aseguró el sindicalista y manifestó su preocupación: “Me duele la situación por la que está pasando la minoridad en San Pedro con la excesiva venta y consumo de alcohol”.
Sus representados son el último eslabón del cumplimiento de la ley, puesto que son quienes están en la puerta ejerciendo los controles. Consultado al respecto, Chirino disparó: “Para cumplir lo que corresponde, no podemos dejar entrar a menores; pero llaman por teléfono a los dueños y los dejan pasar. El trabajador cumple con la normativa, el dueño, el titular del establecimiento, dice otra cosa”.
“Esto daña
el cerebro”
Lo aseguró el Dr. Ricardo Alegri, Jefe de Neurología Cognitiva del Instituto Fleni, cuando dialogó con La Opinión antes de dictar una charla sobre el tema en la ciudad.
“Someter a cantidades excesivas de alcohol genera daños. En una etapa madurativa como la adolescencia no debería someterse al cerebro al alcohol”, sostuvo.
Para el médico, “si los padres y la sociedad no toman conciencia de esto, el daño que se le está generando a los chicos es muy grande”. El especialista señaló que se trata de un problema “de moda” y que “el adolescente no toma por gusto sino por desinhibición”.
Para Allegri debe haber un fuerte planteo desde los padres, la salud pública y la sociedad en su conjunto. “Hay que ir en contra de una moda y de algo que hacen todos, por lo que es difícil”, analizó.
Por su parte, el doctor Germán Fernánez, Jefe de Emergentología del Hospital Fernández de Capital Federal, quien dicta charlas en todo el país, sostiene que “el marketing logró igualar el alcohol con la diversión”, por lo que se trata no sólo de una disputa en el terreno social sino además en el plano más complicado de las prácticas culturales.
En este caso, se trata de una práctica extendida, cuya aceptación es cada vez mayor. “¿Quién no se tomó una birrita siendo pibe, no?”, dirán algunos. El fenómeno planteado implica tener en cuenta que se trata de un negocio millonario para unos pocos a costa de nada menos que la salud de quienes, después de todo y para la ley, son los desprotegidos por los que el Estado debe velar.

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